Pedro Sánchez le prometió a Zelensky la luna, pero le ha acabado dando bien poco.

Dicen que la verdadera amistad es la que sobrevive a tiempos difíciles. Según Ucrania va manteniendo la enemistad de medio mundo fijada en Rusia, a pesar de las consecuencias inflacionarias de la guerra, uno de sus aliados supuestamente más fieles va poco a poco rompiendo filas al no enviar las armas que prometió. España, quien incumple sus compromisos para con la OTAN, cómodamente alejada del peligro, parece haber perfeccionado el arte de la diplomacia de farol: ser generoso prometiendo y rancio ejecutando. Con aliados como estos, ¿quién necesita enemigos?

El diario El Mundo no escatimó en palabras el martes cuando calificó la solidaridad del gobierno de Pedro Sánchez de “fraude”, un ataque que, viniendo del segundo periódico español, destaca por su virulencia. A principios de abril, Zelensky logró captar la simpatía de nuestra élite política con un discurso en las Cortes que evocó un paralelo entre la invasión rusa en curso desde febrero y el bombardeo en 1937 de Guernica por la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria a petición del bando nacional, inmortalizado ese año por Pablo Picasso en su célebre cuadro. Dicho paralelo, de dudosa verosimilitud histórica, fue sin duda calibrado para complacer a los socios de gobierno de Sánchez. A la cúpula de Podemos, quien apoya una desescalada militar en Ucrania en pro de una paz negociada supuestamente al alcance, había que ganársela ensalzando al bando republicano de nuestra Guerra Civil. De visita en Kiev unos días más tarde, Sánchez prometió ayudar a Ucrania “en la medida de nuestras posibilidades”. Cuatro meses más tarde, Zelensky sólo ha recibido de España algo de artillería ligera y defensiva, una ambulancia blindada y unas 200 toneladas de munición antitanques.

El ejército ucraniano siente al respecto una decepción irónica, según las fuentes de El Mundo. A finales de abril, cuando España envió por mar 40 tanques vía Polonia, los mandos que viajaron a recibir la ayuda creyeron tenerla delante de sus narices. Pero los tanques descargaron la munición y volvieron a sus barcos. Eso no fue lo peor. En junio, España estuvo a punto de ser el primer aliado de Ucrania en donar tanques de fabricación occidental para enfrentarse a los de Rusia cuando anunció que enviaría 40 Leopardos 2 A4 al frente, comprometiéndose incluso a entrenar al personal ucraniano que los utilizaría. Aunque los tanques estaban supuestamente en buena condición, su envío requería el visto bueno de su fabricante, Alemania. Olaf Scholz hubiera sin duda opuesto alguna reserva, pero es que España ni siquiera solicitó su permiso. La oferta de Sánchez se redujo entonces a 10 tanques. Y dos meses más tarde, la ministra de Defensa Margarita Robles finalmente la retiró de la mesa. El estado “deplorable” de los tanques, advirtió, habría puesto en peligro la seguridad de sus usuarios. Su ministerio había dicho previamente que los tanques estaban meramente hibernando.

Por ende, nuestra credibilidad ante Ucrania se ha desmoronado. La semana pasada, el gobierno de Zelensky anunció que esperaba 20 M113s blindados. Por primera vez, la noticia no fue recibida con la gratitud a la que acostumbra el pueblo ucraniano estas ocasiones. Los M113s son un vehículo de los años 1970; España cuenta con unos 1.000, la mitad de los cuales se jubilarán inminentemente según fuentes internas. “Algo pasará y se retractarán”, comentaba en el canal Telegram de Oleksiy Arestovich un alto cargo ucraniano anónimo para quien incluso la posibilidad de que España donara 20 tanques defectuosos era demasiado de esperar de Sánchez a estas alturas. Otro cargo fue aún menos compasivo con el honor español: “hasta Portugal, que es más pequeño, es más generoso”. Algunos reportes de prensa han atribuido la escasez y lentitud de los envíos de España al peso en el gobierno de Podemos, quien apoya a Ucrania, pero se opone a la ayuda militar que dice nutrir una escalada armamentística que enquiste el conflicto. Los ucranianos son menos ingenuos. “Maniobras dilatorias” es de lo que acusó un cargo ucraniano a Sánchez; es decir, ganarse a la opinión en España, mayoritariamente filo-ucraniana, sin sufragar el coste de la ayuda prometida. Dicho de otra forma, mentir si es necesario con tal de llevarse la palma.

Ésa es la lección que deben extraer otros países del método sanchista de sobre-prometer e infra-acometer. Cuando una costosa guerra extranjera se conjuga con un sesgo pro-ucraniano en la opinión pública, los políticos —sobre todo los de izquierda— volverán a demostrarnos que están hechos de la misma pasta que el resto de los mortales. Surfearán en la ola del rechazo a la agresión rusa, pero, a la hora de la verdad, puede que carezcan de incentivos para ejecutar lo prometido. Recordémoslo bien la próxima vez que Sánchez prometa algo.

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