La Unión Europea (UE) parecía haber dado con la solución ante el inminente chantaje energético de Rusia… Hasta que llegó Francia.

A Europa le cuesta una barbaridad maridar las palabras con los actos. Entre tanta declaración solemne en Bruselas y las capitales nacionales sobre la “independencia energética”, ¿cuánto está dispuesto a invertir el continente para emanciparse de una vez por todas del gas ruso? La cantidad sin duda subiría cada día que avanza la guerra en Ucrania. El problema, sin embargo, es que esa cantidad no existe. A pesar de la amenaza del frío y los apagones este invierno, Europa no es —como lo apuntaba Nixon— un único teléfono al que llamar, aún menos cuando se trata de energía. El Ministerio de Ecología francés parece decidido a sabotear el proyecto MidCat, un gasoducto a medio construir que conectaría a Alemania y otras economías vecinas dependientes de Rusia con el suministro argelino, a través de la península ibérica. Enfurecidas al respecto están la clase política y empresarial de España, el principal beneficiario de MidCat.

Existen actualmente dos gasoductos que conectan a España con Francia. Con tan sólo 8.000 millones de metros cúbicos de capacidad diaria, conjuntamente no pueden sustituir la totalidad del gas ruso que consume Alemania. De NordStream2, aquel otro proyecto descartado a raíz de la guerra, se esperaban unos 55.000 millones. España también importa Gas Natural Licuado (GNL) y lo re-gasifica en 7 plantas distribuidas por toda la península. Con las importaciones de gas argelino y de GNL alcanzando récords históricos, los dos gasoductos vascos no dan abasto. Según se va enquistando la guerra y los apagones y el frío en invierno se hacen más probables, Alemania está buscando a la desesperada alternativas al gas ruso. El proyecto MidCat, cuya construcción se emprendió a mediados de los 2000, fue vetado por los reguladores españoles y franceses en 2019 por razones ecológicas y económicas. De ser revivido, los 226 kilómetros de gasoducto transpirenaico que restan por construir reducirían, según nuestro Ministerio de Defensa, la dependencia europea del gas ruso en un 10%.

La idea ganó adeptos camino a la cumbre del Consejo de la UE en Versalles del pasado mes de marzo, donde Pedro Sánchez instó a sus homólogos a apoyar el proyecto como parte de un plan de choque europeo que incluiría compras conjuntas de gas. Los esfuerzos del presidente dieron frutos cuando Ursula von der Leyen anunció que la Comisión Europea estaba dispuesta a, como pedía España, financiar el coste del proyecto, estimado en €500 millones, a través del programa RePower y del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (RRF por sus siglas en inglés) pactado en verano del 2020. Incluso Olaf Scholz se mostró enfáticamente a favor de resucitar el MidCat el 11 de agosto. El canciller socialdemócrata alemán alegó que el proyecto contribuiría “masivamente” a reducir la dependencia europea del gas ruso. Siendo Portugal otro aliado, sólo quedó Francia en el campo adverso.

El gobierno de Emmanuel Macron se opone al MidCat por tres razones conexas. Además de calificar los €500 millones de coste “excesivo”, Francia se enfrenta a costes adicionales (por olorizar el gas, por ejemplo) en caso de construir su tramo correspondiente del otro lado de los Pirineos, costes que considera no se están teniendo lo suficiente en cuenta en las estimaciones oficiales. Pero Macron ni siquiera ha solicitado fondos europeos para cubrir esos gastos adicionales, lo cual apunta a otros motivos. Francia alega que el proyecto “no responde apropiadamente a los problemas energéticos de Europa”, porque finalizarlo tardaría demasiado y desviaría la atención del objetivo marcado por la UE de reducir las emisiones netas del bloque a cero antes del 2050. Mientras que España estima que MidCat se finalizaría en 9 meses, Francia dice que no menos de 2 años, lo cual daría tiempo a que el conflicto acabe y emerja un nuevo contexto internacional.

Los tres argumentos son espurios. Cada día que pasa, Europa gasta entre €400 y €500 millones en importar gas de un país que amenaza con cortar o reducir los suministros. Invertir esa misma cantidad en finalizar MidCat contribuiría, quizás no del todo, pero sí de manera significativa, a potenciar la independencia energética de Europa en menos de un año. Además, renunciar a subirse al tren del gas natural por cuestiones climatológicas equivale a rechazar un forro polar ligero en el Polo Norte porque no abriga lo suficiente. MidCat no es la panacea, pero es mejor que nada. En realidad, el proyecto cubriría entre 2.5% y 10% de las necesidades energéticas de la UE, más que las alternativas que se están barajando. Una vez más, Europa tiene que elegir entre suscribir objetivos demasiado ambiciosos con planes inciertos para alcanzarlos, o secundar una alternativa realista para sobrevivir al invierno. Y eso no es todo, MidCat podrá, por un coste adicional mínimo, transportar hidrógeno verde, una fuente de energía en la que España ha invertido 1.600 millones de sus fondos NextGeneration EU.

Como ocurre a menudo con las políticas energéticas, hay una diferencia entre lo que alega Francia y la verdad. Los galos tienen 4 plantas de regasificación, usadas al 41% de su capacidad, y preferirían competir con España e Italia para convertirse en hub gasístico europeo para la importación de GNL, a dejar que España se lucre con la ruta argelina, que no requiere licuefacción. Italia está bien posicionada en esa competición, pero consume una parte demasiado grande del gas que importa para convertirse en exportador neto. Macron ha propuesto que se destinen fondos europeos a perfeccionar sus plantas de regasificación y terminales de importación. Francia, de modo general, quiere seguir siendo un exportador importante al este de electricidad a base de energía nuclear a través de la red europea, de modo que reequilibrar el consumo de la UE aumentando el peso del gas sería contrario a sus intereses. En la siguiente cumbre europea de octubre en Frankfurt, Sánchez probablemente haga el último intento de revivir MidCat, pero lo más seguro es que Macron no haya cambiado de opinión incluso si se agravan las consecuencias de la guerra.

Esto debería servir al mundo de lección que incluso en la UE, los intereses primarios de un estado pueden sobreponerse a toda la incesante retórica sobre la “independencia energética” y la “autonomía estratégica” del continente.

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