Es hablar de esclavitud y venirnos a la mente una plantación del sur de los Estados Unidos, donde unos pobres negros traídos de África, los pocos supervivientes de una travesía atroz, son explotados y tratados como objetos por sus amos blancos. Un terrible fenómeno que merece la más absoluta condena y que justifica que a los descendientes de aquellos esclavos se les compense con indemnizaciones económicas y privilegios en forma de cuotas, que les den más facilidades para acceder a universidades, empresas o la administración.

A nadie se le ocurre al oír la palabra “esclavitud” pensar en pobres cautivos blancos europeos, cristianos esclavizados en condiciones infrahumanas por sus amos musulmanes. Pero la visión de la esclavitud no estaría completa sin esta otra realidad, que el historiador Robert Davies ha estudiado profusamente (su libro Christian Slaves, Muslims Masters recoge gran parte de estos estudios) y que José Antonio Crespo-Francés recoge en su obra Los esclavos blancos, publicada por Editorial Actas.

Y es que la captura de cristianos fue práctica común y generalizada en el Mediterráneo por parte de berberiscos, de los señores de Túnez, Argelia, Trípoli o el sultanato de Marruecos, vasallos inicialmente del Imperio otomano, pero, a partir de mediados del XVII, prácticamente independientes. Las razias musulmanas en busca de cristianos a los que capturar y esclavizar llegaron, en 1627, a lugares tan lejanos como Irlanda o incluso Islandia (el máximo esplendor de este fenómeno tiene lugar entre el siglo XVI y mediados del XVIII). De hecho, entre los siglos XVI y XVII fueron capturados más esclavos europeos que esclavos negros fueron conducidos a América (la cifra aceptada es de 800.000 africanos llevados como esclavos a los Estados Unidos).

El resultado fue que el litoral mediterráneo entre Málaga y Venecia quedó devastado (de aquellos tiempos proviene el dicho popular de que no hay “moros en la costa” para señalar que no hay peligro): se abandonaron asentamientos, estableciéndose la población en territorios alejados de la costa, produciendo una despoblación que tuvo efectos económicos atroces. Emplazamientos pequeños, como Ibiza, hubieron de ser repoblado varias veces.

Solo desde esta realidad se entiende la aparición de órdenes religiosas, como los mercedarios, fundados por San Pedro Nolasco a principios del siglo XIII y o los trinitarios instituidos por Inocencio III en 1198, que se dedicaban a la liberación de esclavos. Una labor heroica que, no obstante, Robert Davies calcula que no conseguía rescatar a más del 4% de los esclavos cada año. Estos esclavos eran utilizados principalmente como galeotes, en trabajos agrícolas y también eran explotados sexualmente. Cuando eran liberados y regresaban a sus países (entre ellos Cervantes, que tras pasar cinco años cautivo en Argel fue rescatado por los trinitarios de Alcalá de Henares cuando ya estaba a punto para partir en una galera rumbo a Estambul) era costumbre que procesionaran por las calles.

Se calcula que 1,25 millones de cristianos europeos fueron sometidos a esclavitud entre 1530 y 1780 por parte de Túnez, Argel y Trípoli. Pero no solo fue un fenómeno mediterráneo: en el mar Negro, entre 1450 y 1700, fueron esclavizadas 2,5 millones de personas, capturados por los tártaros y enviados a Estambul. En el Mediterráneo occidental esta penosa situación no acabaría del todo hasta la intervención de la Marina norteamericana en 1800 y luego con la conquista francesa de Argelia a partir de 1830 y, más tarde, en 1881, cuando Francia ocupa Túnez.

Los herederos de aquellos que esclavizaron a millones de cristianos europeos están bien identificados: ¿para cuándo se van a reclamar indemnizaciones por los atroces daños infligidos a vuestros antepasados? ¿A qué espera la ONU para aprobar una resolución en este sentido?

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