Que la ola woke que ha barrido Occidente, con su epicentro en los Estados Unidos, era un disparate y se daba de bruces, cada vez con mayor frecuencia, con la realidad, es algo que ya perciben incluso los «intelectuales orgánicos». Como también ven que una plataforma electoral que haga del wokismo su bandera tiene plomo en las alas y unas probabilidades de victoria electoral ínfimas. De ahí que, tras la última victoria de Trump, en la que el rechazo a lo woke jugó un papel significativo (no fue casualidad que una de las primeras medidas del nuevo presidente fuera la salvaguarda del deporte femenino de competidores varones que se autoidentificaban como mujeres), la izquierda norteamericana haya decidido soltar lastre y distanciarse de lo woke. Eso sí, al estilo de la izquierda: sin retractarse de sus perniciosas ideas, sin pedir perdón a sus víctimas, banalizando lo ocurrido y, por supuesto, reciclándose para intentar colocar su mercancía averiada bajo otros ropajes.
El momento a partir del cual se puede decir abiertamente que lo woke fue un disparate dañino sin que te acusen de ultraderechista se puede fijar en el pasado 8 de agosto. Fue ese fin de semana cuando la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez apareció en el programa «This Week with Jonathan Karl» de la cadena ABC. Durante la entrevista, Karl le preguntó por los comentarios de la candidata demócrata a gobernadora de Wisconsin, Francesca Hong, que ahora han salido a la luz y en los que afirmaba que se debería cancelar el Día de Acción de Gracias. Tras eludir inicialmente la pregunta, Ocasio-Cortez disculpó a Hong, afirmando que ya no pensaba esas cosas. A continuación, en un momento que se hizo viral, Ocasio-Cortez añadió entre risitas: «Tengo un concejal local que suele decir: “Woke One era una locura”». Se refería al concejal de Nueva York Chi Ossé, quien en mayo de 2026 reaccionó a un viejo tuit suyo de 2021 diciendo que «Woke 1 was crazyyyy», para así desmarcarse de lo que sostenía cinco años antes.
«Algunas de las banderas wokistas que más fuerza tuvieron en los Estados Unidos fueron el apoyo a las fronteras abiertas, la supresión de la financiación a la policía, la censura de libros o la apertura del deporte femenino a los hombres»
Los comentarios de la congresista sonaron entre risitas, como si mutilar a miles de jóvenes no hubiera sido más que una travesura tonta, sin reconocer en ningún momento la gravedad del wokismo y sacándose de la manga un nuevo concepto: «Woke One». Claro está que si hay un «Woke One» tiene que haber un «Woke Two», y lo que Ocasio-Cortez nos está diciendo, implícitamente, es que la izquierda woke se ha hecho mayor, deja atrás sus locuras adolescentes y nos sigue marcando el camino recto, ese «Woke Two» que hay que aplaudir si no quieres que te llamen facha. ¿Pero en qué consiste ese renovado «Woke Two»?
Lo woke (¿o habrá que decir, mejor, el viejo «Woke One»?) siempre fue algo de contornos imprecisos, en el que cabía casi cualquier cosa siempre y cuando denunciara opresiones ocultas y deconstruyera el legado de la civilización occidental. Con raíces lejanas, el wokismo sacudió la década de 2010 y llegó a su culmen en 2020, entre teorías cada vez más arcanas y desconectadas de la realidad y las turbas woke en redes sociales dando caza a los herejes y presionando a las empresas para que despidieran a quienes no estaban alineados con el nuevo credo. Algunas de las banderas wokistas que más fuerza tuvieron en los Estados Unidos fueron el apoyo a las fronteras abiertas, la supresión de la financiación a la policía (Defund the police), las iniciativas para pagar reparaciones por la esclavitud, la censura de libros, la cancelación de profesores universitarios, la apertura del deporte femenino a los hombres, la destrucción de estatuas de personajes que no encajan con la retórica woke (entre ellos tipos tan peligrosos como San Junípero Serra), la prohibición de términos considerados poco respetuosos de la diversidad o la promoción de todo tipo de discriminaciones «positivas» en base a la raza.
«Pero igual que hizo la izquierda cuando, tras verse obligada a abandonar las tesis comunistas en 1989, sacó de la chistera nuevas opresiones para dar origen a lo que con el tiempo fue el wokismo»
Pero lo que se calificó como «Gran Awokening» (en un juego de palabras con los grandes «awakenings», momentos de entusiasmo religioso protestante que sacudieron los Estados Unidos en el pasado) se agotó a medida que se iba imponiendo. Fueron cada vez más los que contemplaban con desagrado las imposiciones woke, percibidas como agresiones al sentido común y a la propia identidad, mientras la inflación y el coste de la vida no dejaban de subir. La campaña de Trump en 2024 aprovechó este hartazgo para atacar a una Kamala Harris que se limitaba a repetir los mantras woke más desgastados.
Los estrategas demócratas tomaron nota y, aunque les ha costado un poco, los demócratas son ahora conscientes de que si quieren volver al poder tienen que soltar lastre y abandonar, o al menos disimular, un wokismo que rechazan tantos norteamericanos. Pero igual que hizo la izquierda cuando, tras verse obligada a abandonar las tesis comunistas en 1989, sacó de la chistera nuevas opresiones para dar origen a lo que con el tiempo fue el wokismo, ahora los demócratas estadounidenses apuestan por una nueva metamorfosis, el «Woke Two».
«Ahora, “Woke Two” eleva al podio la lucha anticolonial, con la causa palestina como principal factor de movilización, desplazando sobre todo a una «revolución trans» que arrastra demasiadas víctimas»
El universo woke está poblado por víctimas oprimidas, cuyas banderas supuestamente levantan los justicieros woke. Pero no todas las víctimas son iguales: existe una jerarquía, unos agravios más o menos importantes, unas víctimas con prioridad sobre otras. Así, el podio victimista de «Woke One» era ocupado por tres supuestas opresiones: trans, género y raza. Ahora, «Woke Two» eleva al podio la lucha anticolonial, con la causa palestina como principal factor de movilización, desplazando sobre todo a una «revolución trans» que arrastra demasiadas víctimas y, en el fondo, afecta directamente a pocos votantes.
El anticolonialismo, en cambio, presenta indudables ventajas. Por un lado, al abrazar la causa palestina asegura el voto de la creciente población musulmana en los Estados Unidos y aprovecha del extendido rechazo a Israel y un antisemitismo que no deja de crecer entre los jóvenes norteamericanos. Además, al oponerse a la guerra «colonialista» contra Irán, «Woke Two» toca la cuestión económica, acusando a los republicanos de provocar el aumento del precio de los combustibles, el repunte de la inflación y la erosión del nivel de vida de los estadounidenses. De este modo, la izquierda recupera la bandera de la defensa de los trabajadores, algo que había abandonado desde hace mucho, y hace mella en el que probablemente sea el más grande fracaso de la administración Trump: tras prometer contención de precios y una recuperación del poder adquisitivo de los estadounidenses, la subida del precio del petróleo provocada por la guerra en Irán ha lastrado los esfuerzos por mejorar el nivel de vida de la población. Por último, este giro anticolonial permite continuar la crítica radical a nuestra civilización, que, por supuesto es perversa por definición, y, además, por el momento, no genera víctimas visibles que puedan desmontar el discurso, como las «detrans» con sus cuerpos mutilados y hormonados.
«Este “Woke Two” combina socialismo e islam y no se limita a los Estados Unidos»
El cambio en la jerarquía victimista ya es una realidad. Un ejemplo reciente lo muestra con claridad: el congresista Hakeem Sekou Jeffries es demócrata y negro, pero también se posiciona a favor de Israel. Así que la periodista Rula Jebreal ha calificado al presidente de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes como un «AIPAC monkey», un «mono del AIPAC», en referencia al Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos (American Israel Public Affairs Committee), una de las organizaciones proisraelíes más influyentes de la política estadounidense. Siendo Jeffries negro, el uso de la palabra «monkey» se supone que tendría que haber provocado un escándalo seguido de la cancelación automática de Jebreal… pero nada de esto ha sucedido: Rula Jebreal es palestina y ahora ocupa el podio de la jerarquía victimista, por encima incluso de los negros.
La victoria electoral del demócrata Zohran Mamdani en Nueva York o la reciente victoria en las primarias demócratas al Senado en Michigan del musulmán Abdul El-Sayed se enmarcan en este «Woke Two» que combina socialismo e islam y que no se limita a los Estados Unidos. Es también la apuesta del líder de la izquierda francesa, Mélenchon, que en 2010 se opuso al uso del velo islámico en lugares públicos argumentando que el velo era el reflejo de una dominación arcaica, símbolo de sumisión patriarcal. Ahora ha pedido disculpas públicamente, afirmando haber cometido un «terrible error», que le hizo sumarse a la «estigmatización de los musulmanes». Mélenchon sabe que la base electoral tradicional de la izquierda le ha dado la espalda y que la única oportunidad de llegar al poder es construyendo una coalición heterogénea que aúne a progresistas urbanos con las crecientes masas musulmanas surgidas de la inmigración.
«“Woke Two” mantiene el discurso, un relato en el que nuestra civilización es siempre culpable y merece ser castigada»
En cualquier caso, y más allá de la sinceridad de su distanciamiento de eso que llama «Woke One», las palabras de Ocasio-Cortez reflejan un giro en la postura de muchos demócratas, que ven como un lastre electoral lo que ahora se considera como claros excesos de aquella época. Por cierto, se trata de la misma Ocasio-Cortez que se opuso en 2020 a que San Damián de Molokai fuera una de las dos figuras representando a Hawái en el Salón Nacional de las Estatuas del Capitolio de Washington con el peregrino argumento de que «¡Esto es patriarcado y supremacía blanca!». El problema es que no basta con reírse, quitarle hierro al asunto y desentenderse del mismo. El problema es que «Woke One» tuvo consecuencias graves y ahora no puede pasarse página sin rechazar precisamente aquello por lo que fue tan loco y perjudicial. Porque, a fin de cuentas, «Woke Two» también es woke. Sí, un woke que pretende no caer en los excesos más groseros de «Woke One», pero que mantiene intacta la cosmovisión woke. Una cosmovisión en la que cualquier disparidad (desde el mundo académico al empresarial pasando por la tasa de criminalidad o por cualquier otro ámbito social) es vista, por definición, como el resultado de una injusta y oculta opresión (o de un injusto y oculto privilegio en el caso de que te vayan bien las cosas). De ahí que cualquier problema tenga que ser interpretado a partir de la raza, el género, la identidad y, ahora, el colonialismo. Puede cambiar el acento, puede variar la composición del podio victimista, pero «Woke Two» mantiene el discurso, un relato en el que nuestra civilización es siempre culpable y merece ser castigada. El problema es que «Woke One» no fue sólo una locura, fue destructivo y «Woke Two» no será mejor.