El Gobierno de Pedro Sánchez ha sido el Gobierno de las catástrofes y la corrupción sin límites.
Lo último ha sido el accidente de Urda (Toledo), con decenas de muertos. Es el segundo gran accidente de trenes de alta velocidad en menos de diez meses. No tuvieron bastante con la tragedia de Adamuz del pasado 18 de enero, con 46 víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Tras la tragedia de Adamuz, el ministro Puente, al que algunos llaman «Carnicero de Adamuz», no asumió responsabilidades y tampoco lo hicieron otros responsables. No solo eso, sino que también se alteraron pruebas de cara a la investigación judicial y se atacó verbalmente a todos los que pedían su dimisión. Hoy en día no sabemos bien qué ocurrió.
Quienes viajamos en tren sabemos muy bien cuáles son las causas: el abandono y la desidia de un Gobierno y un ministro que han desatendido sus responsabilidades, los transportes, todo porque su prioridad es Twitter y la bronca «matonista». Un ministro que ha continuado su gestión infame, consistente en dejar deteriorar trenes, vías e infraestructuras, carreteras y demás redes de transporte en España. Puente ha dedicado buena parte de su gestión ministerial a la propaganda, porque tal vez se debió sentir un Joseph Goebbels de pacotilla: uno socialista y otro nacionalsocialista, ambos totalitarios por igual en sus formas y maneras. Sin duda, Joseph era bastante más listo.
«El alarde, la desfachatez y la chabacanería del ministro manifiestan su insensibilidad, su burla hacia las víctimas y su frívola crueldad»
Hace poco, el ministro llegó al punto de bromear en televisión, en el programa Cara al show de Marc Giró, donde simulaba subir en medio de un ambiente descocado y festivo cuando sufrían un parón por avería. Entonces, el ministro bromeaba sobre retrasos, fallos del sistema y problemas en los trenes: «Vaya por Dios -dijo-. Como si no tuviéramos bastante con Renfe» y lo acompañaba en su cuenta de X con un «si sobrevivo a esto».
Él sí ha sobrevivido, pero no muchos de los viajeros de Adamuz, ni quienes iban en los trenes que chocaron a la altura de Urda el 28 de octubre de 2026. El alarde, la desfachatez y la chabacanería del ministro manifiestan su insensibilidad, su burla hacia las víctimas y su frívola crueldad. Una humillación más hacia los españoles.
El Gobierno de Sánchez no solo es corrupto e (in)político. Esto último responde a un comportamiento gravemente inmoral en lo público y lo político. Es, además, violento.
«Necesitamos salir de la corrupción desmedida (hay 17 procesos abiertos contra el entorno del Gobierno y el presidente por más de 23 delitos graves)»
¡Basta ya! O, dicho de otra forma, ¡nunca más! Si no queremos quedarnos encerrados en la desesperación del afligido joven protagonista del poema narrativo de Edgar Allan Poe «El cuervo», donde, si recuerdan, tras la pérdida de su amada Leonora en una fría noche de diciembre, es visitado por un misterioso cuervo negro que se posa sobre el busto de Palas Atenea que hay en el dintel de su puerta, y ante las interpelaciones del desconsolado joven, el cuervo nefasto exclama: «¡Nunca más!» (¡Nevermore!).
El cuervo negro le anuncia fatídicamente al joven atrapado en el duelo y la desesperación: «Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!».
El 29 de noviembre tenemos la posibilidad de decir un «¡nunca más!» distinto. Estamos necesitados de una profunda y amplia regeneración que nos saque de la desesperación en la que vivimos por la gestión de Pedro Sánchez. Necesitamos salir de la corrupción desmedida (hay 17 procesos abiertos contra el entorno del Gobierno y el presidente por más de 23 delitos graves). Necesitamos salir de la humillación a la que nos vemos sometidos: la invasión de Ceuta fue una dura humillación que aún padecen los habitantes de la ciudad. También es una humillación que los ultraizquierdistas ocupen las plazas centrales de nuestras ciudades con total impunidad, que los agitadores extremistas de izquierdas se entreguen a la violencia y al saqueo en Bilbao o Barcelona y, ya veremos, dónde más. Necesitamos superar esta violencia arrogante que se cobra víctimas reales y no subjetivas. Salir de la tensión y del forzamiento violento de las instituciones democráticas es cada día más urgente.
«Hoy vemos una España atrapada en un gobierno corrupto apoyado por minorías radicales que fuerzan los resortes de las instituciones y el Estado de derecho»
El deterioro de la democracia española es muy grave y la impunidad y la irresponsabilidad política son apabullantes.
Hoy, en nuestra ciudad (polis), en nuestra república tardomoderna, podemos lamentarnos con el mismo ímpetu que Cicerón sobre la decadencia de la vida pública.
¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres! (¡O tempora, o mores!).
Ese lamento ciceroniano ante el declive de la República romana recupera hoy toda su vigencia y puede repetirse, con plena justicia, ante nuestro presente político. Este clamor con el que inicia el segundo párrafo de su Oración contra Catilina se dirige a un Senado romano laxo y tolerante que, a pesar de conocer las tropelías de Catilina, le permite estar ahí. Ese infame conspirador que había buscado la perdición de la República entra en el Senado como si tal cosa. «¿Hasta dónde vamos a llegar?», «¿Qué tiempos estamos viviendo?», «¿En qué ciudad o en qué república moramos?», «¿A qué nos hemos acostumbrado?».
Hoy vemos una España atrapada en un gobierno corrupto apoyado por minorías radicales que fuerzan los resortes de las instituciones y el Estado de derecho. El «¡O mores!» de Cicerón mantiene la misma actualidad que en la antigüedad.
Es el momento de decir: ¡Basta! ¡Nunca más!