Prioridad nacional: cómo poner orden sobre la escasez

La escasez obliga a elegir y a priorizar. La vivienda protegida y las ayudas sociales son recursos limitados cuya distribución revela las prioridades del gobierno. Frente a un modelo que favorece el desarraigo, la prioridad nacional recupera el sentido común, devolviendo al primer lugar a quienes sostienen con su esfuerzo y sus vínculos la comunidad política.
Grupo de mujeres con pañuelos en la cabeza reunidas en un espacio público

Todos tenemos experiencia de que las cosas se agotan. El último sorbo de una cerveza helada, la nevera tiritando a final de mes o la llegada inexorable de septiembre. Son microhitos que se van repitiendo y que nos permiten ubicar en tiempo y forma la escasez; y una referencia que orienta el pensar y el obrar cotidiano de las familias, regateando imprevistos, estirando presupuestos y dando segundas y terceras vidas a la ropa de los hijos mayores. Ningún hogar, por afortunado que sea en abundancia material, vive al margen de la limitación. Incluso en la ficción de una familia que lo tuviese todo, en ese mismo instante, tendría la certeza de no poder tener nada más. 

Sin embargo, lo que resulta evidente en lo próximo y concreto se complica a medida que ascendemos en la escalera de la abstracción. De lo micro a lo macro hay un salto de incomprensión. Las grandes magnitudes económicas, en ocasiones, parecen desentenderse de la vulgaridad de la contención. Uno de los ejemplos más notables de esta discontinuidad es la deuda pública, alumbrada modernamente como vehículo intergeneracional de seguridad: pase lo que pase, la deuda siempre está ahí, más vigorosa que ayer. Mientras que en las economías domésticas una deuda es una losa que se hace notar con renuncias tan tangibles como el piso un poco más grande que no puedes alquilar o una salida de fin de semana que no te queda más remedio que posponer indefinidamente, a nivel macroeconómico adquiere una naturaleza distinta, un tanto etérea. El sociólogo alemán Wolfgang Streeck sostiene que los gobiernos han utilizado el endeudamiento público como mecanismo para aplazar conflictos distributivos que eran incapaces de resolver a corto plazo, salvando contradicciones económicas y políticas. Es decir, comprar tiempo a cambio de no decidir cómo y a quién repartir. La eventual solución discursiva a este entuerto ha venido siendo un lamento algo impostado hacia adelante, como negando con la cabeza y con los ojos apuntando al suelo por la condena que imponemos a los que nos sucederán. Esa es la única hipoteca a la que generaciones enteras de españoles van a poder acceder: su futuro.

Volviendo a los fundamentales –y a la realidad–: la escasez es un principio básico de la economía, producto inevitable de la finitud de los recursos disponibles y de las ilimitadas necesidades y deseos. Un emparejamiento siempre insatisfactorio para el hombre contemporáneo, peleado con los límites. El filósofo chileno Juan Antonio Widow, al respecto de la dependencia mutua de los miembros de toda sociedad en cuanto al uso de los bienes escasos, afirma que, dado que dichos bienes son necesarios para la vida humana, es preciso que su uso sea ordenado y debidamente distribuido. Y sobre esta premisa se derivan dos cuestiones que conviene tener en cuenta: puesto que no es posible satisfacer todas las necesidades de todo el mundo al mismo tiempo, hay que elegir; y cuando se elige una cosa, se renuncia a otras, es el coste de oportunidad. 

Llegados entonces al punto en que no casan los objetos deseados con la cantidad de deseos y de sujetos deseantes, elegir es obligatorio. Intuitivamente, sabemos que los lazos de solidaridad familiares, nacionales y humanos con los que estamos obligados tienen prelación de proximidad; cuanto más cercano, más obliga. Y esto no hace falta teorizarlo de forma muy sesuda, lo saben nuestros padres y abuelos en sus casas y tus vecinos en las suyas. Primero, los de casa. Este es el verdadero sentido de la jerarquía de instancias de socialización y de lealtad: de la familia al barrio, del barrio a la ciudad, de la ciudad a la región, de la región a la nación; y así subsidiariamente. Por eso, la solidaridad con el desconocido sin la previa caridad con el vecino tiene un valor cercano a cero. 

Pongamos ahora que hablamos de casas, ayudas o becas comedor. Y anulemos el comodín del crédito ampliable ad aeternum. Imaginemos también que la forma de acceder a las mismas premiase la distancia sobre la proximidad, el desarraigo sobre el arraigo, la informalidad sobre la formalidad, en definitiva, el recién llegado sobre el de siempre. Ahora dejad de imaginar. No hay nada que imaginar. Es la prioridad extranjera como principio rector de nuestro parque público de vivienda y de servicios sociales. Equivale a poner en hibernación proyectos familiares de los de aquí para dar respuesta a los de más allá. Y a negarles un sustento a los que contribuyen día a día con su trabajo y esfuerzo para dárselo a aquellos que viven de nuestro estado de bienestar. Es como si tu madre, tu hermano, tu compañero de pupitre o tu vecino de toda la vida empezara perdiendo el partido con una diferencia de cuatro goles.

España se ha convertido en una lista interminable de nombres que empieza a ser reconocible muy al final; con apellidos que pertenecen a españoles como tú o como yo, con muchas ganas de que sus necesidades y anhelos sean la prioridad de los que nos gobiernan; de darle la vuelta a la forma de hacer las cosas. Resulta que la solidaridad universal tiene víctimas de carne y hueso. Y sobre esta exclusión se abre una fractura, que retrata David Goodhart: entre los que entienden la apertura como oportunidad y los que la experimentan como privación, entre la devoción a la movilidad y la fluidez y el sentido de pertenencia, entre los anywheres y los somewheres. Entre los ganadores y los perdedores de la actual política inmigratoria, de las puertas abiertas de par en par.

Por eso, la gente de a pie entiende tan bien la prioridad nacional, y por eso otros la entienden tan poco.

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