El futuro es hoy

Según los datos facilitados por el director general de la Policía, de los 133 detenidos en los disturbios en Barcelona, 85 son menores y un 32 % extranjeros. Y es un secreto a voces la importante presencia de jóvenes de origen magrebí.

Cuando en 1973 el escritor francés Jean Raspail publicó su novela «El campamento de los santos», también conocida como «El desembarco», pocos entendieron su sentido premonitorio. Describe cómo una gran expedición humana procedente de la India se dirige hacia las costas de Francia. Son gentes desesperadas, que malviven en la pobreza más extrema y que buscan en Europa una vida mejor.

Raspail no elaboró una narración en la que se analizaban las causas, pero sí las consecuencias para los receptores de un enorme desembarco de seres humanos a quienes no se ha llamado, ni se necesita, ni se quiere. Es desde este prisma que se ve la expedición como una amenaza para la existencia misma de Francia y de la civilización occidental.

A medida que la flota avanza y la amenaza se convierte en un hecho, vemos a la sociedad dividirse en dos bloques diferenciados: el de quienes quieren acoger, como parte de una obligación moral, a los recién llegados, y el de quienes temen la consecuencia desestabilizadora que supone una irrupción masiva, que acabará cambiando su mundo de una manera irreversible. Es en ese contexto donde surgen toda una serie de preguntas que nacen de la moral, de la cotidianeidad, de la política y del deseo de toda cultura por sobrevivir.

¿Es obligatoria la solidaridad? ¿Se ha de priorizar a unos desconocidos por encima de las necesidades nunca cubiertas de muchos de tus conciudadanos? ¿Es lícito respetar al intolerante que, amparándose en una lectura restrictiva de su religión, esclaviza, violenta y agrede? ¿Qué debemos hacer con nuestros dirigentes cuando son incapaces de defender los intereses propios de las sociedades y países que gobiernan?

El libro nos habla de una sociedad cuyos dirigentes, sin fe, han perdido la confianza en su propia civilización. Temerosos y dubitativos, rehúyen tomar decisiones que les hagan enfrentarse a los problemas reales de sus conciudadanos. Solo viven de ganar tiempo, contentando a quienes todavía compran sus palabras vacías.

La novela de Jean Raspail es una distopía premonitoria, que pone el foco en el conflicto real entre la inmigración y las políticas de identidad nacional y cultural, el humanitarismo irreflexivo y la supervivencia de la comunidad.

Cuarenta y dos años después, Michel Houellebecq publicó «Sumisión», una novela de trasfondo político, distópica, satírica y pesimista. El protagonista es un profesor universitario, culto y apático a partes iguales, ausente del mundo que le rodea y en constante búsqueda de la satisfacción personal.

En lo colectivo, Francia, su país, vive inmersa en una delicada situación social y política, una crisis de fe en el futuro. Es en esta situación la que, fruto de los equilibrios políticos, triunfa y llega al poder, mediante pactos con otras fuerzas, un partido político musulmán. De inmediato todo empieza a cambiar en las instituciones, en la educación, en los hábitos sociales. La característica más visible es que la religión, antes relegada por partidos laicos y republicanos al ámbito privado, ahora adquiere una inusitada importancia.

El islam sin imposición, pero con firmeza, se convierte en una fuente de poder y privilegia la relación social de quien se le acerca, recompensando la aclimatación del converso. El protagonista, como observador pasivo y egoísta, acabará plegándose en silencio al nuevo orden.

El libro nos plantea que los grandes cambios sociales no se producen desde afuera, con una invasión militar o migratoria, sino cuando los individuos aceptan una transformación profunda de la sociedad en que viven, la marginalización de su religión, la pérdida o sustitución de valores fundamentales, cuando se resignan a no luchar porque deciden que adaptarse es más conveniente.

«Sumisión» apareció en Francia el mismo día del atentado contra la revista Charlie Hebdo, en el que doce personas fueron asesinadas por publicar caricaturas sobre Mahoma.

La novela de Houellebecq va mucho más allá de una crítica al islam, ya que pone el foco en la crisis de las élites políticas y en sus estrategias para alcanzar y conservar el poder. Son nuestra propia inanidad y cobardía las que ponen en tela de juicio la convicción en la defensa de todo aquello que debería ser irrenunciable.

Y, por último, está el vacío espiritual que devasta a las sociedades opulentas y avanzadas, que hace de sus habitantes seres desorientados e incapaces de afrontar la dificultad o de reordenar su conducta.

Escribo esto después de que mi ciudad, Barcelona, haya vivido episodios de violencia por parte de unos 500 jóvenes (des)controlados. Treinta y tres incendios, veintitrés comercios saqueados de forma selectiva: joyerías, tiendas de moda y ropa deportiva e informática. Quince agentes heridos, cuatro de ellos graves.

La convocatoria fue realizada a través de redes sociales, fundamentalmente TikTok. Varios de los saqueadores salieron en redes exhibiendo su botín y jactándose de que al ser menores no serían detenidos ni molestados. Según los datos facilitados por el director general de la Policía, de los 133 detenidos, 85 son menores y un 32 % extranjeros. Y es un secreto a voces la importante presencia de jóvenes de origen magrebí.

La policía sabía desde días antes que esto se iba a desarrollar. No era un secreto para nadie. Barcelona tiene una plantilla de 3600 guardias urbanos y 1875 Mossos d’Esquadra. La plaza Sant Jaume, el centro político neurálgico de la ciudad, está a escasos centenares de metros de la zona devastada. ¿No pudieron desplazar efectivos suficientes para proteger a comerciantes, propiedades, mobiliario urbano y viandantes?

No fue una revuelta casual ni espontánea. Más de una veintena de perfiles en internet trabajaron reclutando a jóvenes los días anteriores, sin que nadie interviniera, con el objetivo de replicar los hechos producidos en Francia. Hay indicadores sólidos de participación e inducción extranjera en los disturbios.

Estos hechos se repetirán, ya que Barcelona es la capital europea de los okupas, de los antisistema, de los delincuentes con patente de impunidad. Un excelente campo de pruebas y entrenamiento para la guerrilla.

¿Quién va a defender a los barceloneses el próximo fin de semana? ¿O a los comerciantes y trabajadores que no se sumen a la huelga general del 11 de noviembre, auspiciada y bendecida por el PSOE y los sindicatos?

De momento, Núria Parlon, consejera de Interior de la Generalitat, en un alarde de audacia, ha encargado un estudio de redes y movimientos sociales, para averiguar quién está detrás de los desmanes. No debe tener internet o vive en una torre de marfil. Quienes la conocen hablan de su carácter autoritario, casi despótico. Pero según ella, ha dado con la clave para acabar con la violencia y aumentar exponencialmente nuestra seguridad: la feminización de la policía autonómica.

El nombramiento de Silvia Catà como máxima autoridad operativa en los Mossos d’Esquadra y el aumento exponencial de las mujeres dentro de la policía, cercano a un 40 %, no sé si aumentará nuestra seguridad, pero queda francamente bien, coherente con el momento que vivimos. Eso es lo que hay.

Tenemos un fenómeno de contagio europeo, o la evidencia de la correlación entre inmigración y delincuencia. Porque si es verdad que la mayoría de los emigrantes no son delincuentes, también es difícilmente rebatible que la mayoría de los delincuentes son emigrantes.

Visto este panorama, es muy posible que nos enfrentemos a fenómenos cada vez más repetitivos de disturbios o guerrilla urbana. Una forma de guerra híbrida, como también lo son los hechos de Ceuta. Un paso más en la colaboración islamoizquierdista.

Cuando vayamos a votar el próximo 29 de noviembre, hagámoslo por encima de todo pensando en nuestros hijos.

El futuro es hoy.

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