La mañana del 7 de julio de 2005, cuatro bombas estallaron en Londres en hora punta. Cuatro terroristas suicidas afiliados a Al Qaeda detonaron tres mochilas bomba en tres vagones de metro y una cuarta en un autobús turístico de dos pisos. El atentado causó 52 víctimas mortales y dejó más de 700 heridos.
Los cuatro terroristas, tres de ellos descendientes de pakistaníes y un inmigrante jamaicano, eran residentes de la ciudad inglesa de Leeds. De forma siniestra, los puntos sobre los que planificaron el atentado dibujaban una cruz en el mapa, señal inequívoca de su fanática guerra religiosa contra la tradición cristiana de Europa.
La oleada de atentados de Al Qaeda en Occidente, entre los que se podían contar los cometidos en Londres en 2005, ponían sobre la mesa una nueva generación de terroristas islámicos, radicalizados al amparo de conceptos erróneos afincados en las sociedades desarrolladas, tales como integración, empatía e inclusividad.
El llamado «lobo solitario»
Dichos yihadistas forman parte de un nuevo perfil que no levanta sospechas y su radicalización puede tener lugar a través de internet o en determinadas mezquitas. De hecho, han dado lugar al fenómeno terrorista habitual en nuestros días, el llamado «lobo solitario», al que le basta un arma automática, un cuchillo o un vehículo para causar un inmenso daño.
En el 20 aniversario de los atentados terroristas de Londres, la Fundación Disenso presenta una nueva Nota. En ella, el profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCM, Rubén Herrero de Castro, analiza tan trágico suceso y los ecos que ha tenido en Europa, los cuales se extienden hasta la actualidad.