El 21 de julio de 1825 nació en la vieja Rioja, entre campos de cereal y sierras, Práxedes Mateo Sagasta. Fue en el pequeño pueblo de Torrecilla en Cameros, a orillas del río Iregua, donde surgió una de las voces más persistentes del liberalismo español y que fue una pieza fundamental en la estabilización y evolución del Estado liberal español durante la Restauración. Sagasta, no era noble, ni militar, ni hijo de las élites de sangre. Era hijo del esfuerzo y de la incipiente movilidad social, de una nueva clase dirigente que emergió entonces en España.
Desde joven se trasladó a Madrid para estudiar en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Pero el ingeniero, pronto se convirtió en periodista, y el periodista, en tribuno. Fundó y dirigió La Iberia, uno de los diarios más influyentes del progresismo, desde el que arremetió contra la reina Isabel II, la corrupción ministerial y el absolutismo latente bajo la fachada constitucional. Fue, junto al abogado Cánovas del Castillo, uno de los más duraderos, sólidos y visibles rostros civiles en una política que aún arrastraba la sombra del militarismo decimonónico.
“Su liberalismo no quería encender revoluciones, sino edificar el país desde la ley”
Sagasta fue ministro de Gobernación, Estado y Fomento y presidente del Consejo de Ministros en siete ocasiones. Durante sus mandatos impulsó reformas que, aunque moderadas en apariencia, marcaron el horizonte de la modernización del Estado liberal: aprobó el sufragio universal masculino, ampliando el cuerpo electoral a millones de españoles; reforzó las libertades públicas; favoreció la secularización del estado; reorganizó los códigos legales; apostó por la meritocracia en la administración y promovió obras públicas que vertebraran el territorio. Su liberalismo no quería encender revoluciones, sino edificar el país desde la ley.
En el bicentenario de su nacimiento, la Fundación Disenso presenta una nueva Nota. En ella, el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo, Carlos Gregorio Hernández, desgrana la figura de uno de los personajes clave de la política española durante la Restauración, resaltando su semblante liberal y su brillante oratoria.