El 4 de agosto de 1526, Juan Sebastián Elcano falleció en plena travesía del océano Pacífico. En 1522, el marino guipuzcoano había convertido la expedición de Magallanes a las islas de la Especiería en uno de los viajes más épicos de la historia: la primera circunnavegación del mundo o, como él mismo escribió, el primero en descubrir «toda su redondeza».
Tras completar aquella hazaña, Elcano se ofreció de nuevo al emperador Carlos V para regresar a aquel remoto archipiélago. Fue en ese viaje hacia las Molucas, situadas en la parte oriental de Indonesia, donde el natural de Guetaria encontró la muerte a los treinta y nueve años. La expedición estuvo capitaneada por frey García Jofré de Loaysa y contó con unos 450 hombres, entre los que se encontraba un joven Andrés de Urdaneta, que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes marinos y cosmógrafos de la historia tras descubrir el tornaviaje en 1565.
Tras la muerte de Elcano, y al igual que había ocurrido con Loaysa, cada uno de sus compañeros de viaje rezó un padrenuestro y un avemaría por su alma antes de arrojar su cuerpo al mar. De este modo, el océano Pacífico se convirtió en la sepultura más apropiada posible para tan excepcional marino, la de quien había demostrado por primera vez que el mundo podía rodearse navegando.
En el V Centenario del fallecimiento de Juan Sebastián Elcano, la Fundación Disenso publica una nueva Nota. En ella, Tomás Mazón, historiador, investigador y autor de Elcano, viaje a la historia (Encuentro, 2020), analiza la última expedición del célebre marino y las circunstancias en las que encontró la muerte.