Cuando Emmanuel Macron alcanzó la presidencia de la República Francesa en 2017, gracias a millones de anticapitalistas que entregaron su voto a un antiguo asalariado de la Banca Rothschild para «detener al fascismo», los medios de propaganda del globalismo le presentaron como el hombre que iba a poner en marcha a Francia, a sacar del estancamiento a la Unión Europea y a detener la rugiente ola populista. En uno de sus múltiples pronósticos fallidos, The Economist recibió al millonario de Amiens con una portada en que caminaba sobre las aguas.
A solo unos meses de terminar su segundo mandato, el balance de Macron es, más que lamentable, espeluznante. Se retira dejando tras de sí un enorme déficit público, el empobrecimiento general, una deuda pública impagable, una probable victoria del candidato de Agrupación Nacional y, como remate, la pérdida completa del control del territorio. Al menos, dirán los convencidos de la autodeterminación individual, ha introducido en la Constitución el aborto como derecho.
«El malestar general y el odio entre grupos sociales y étnicos y de todos ellos contra el régimen político se revelan en manifestaciones»
Las oleadas de inmigrantes africanos fomentadas desde los años 60 por los gobiernos gaullistas por exigencia de las patronales han provocado la división racial en Francia. Y a ello se le une el hecho de que «la miseria masiva sigue extendiéndose insoslayablemente año tras año» (Michel Houellebecq). El malestar general y el odio entre grupos sociales y étnicos y de todos ellos contra el régimen político se revelan en manifestaciones, huelgas y revueltas cada vez más frecuentes y violentas.
Las actuales tienen su origen a mediados de septiembre en cientos de institutos (liceos) por parte de estudiantes y profesores sindicalizados para pedir mejores condiciones en un sector innegablemente deteriorado, a pesar de que el gasto público del Estado francés es el 57 % del PIB nacional. A esas manifestaciones, a las que en seguida se adhirió el partido de La Francia Insumisa, ya que la próxima primavera habrá elecciones presidenciales, se unieron otras protestas por la inflación y el encarecimiento de los combustibles, los alimentos y la vivienda.
«Los bárbaros atacaron varios ayuntamientos (incendiaron el de Limoges) y comisarías, y saquearon tiendas de lujo, como las Galerías Lafayette de París»
Los descontentos se unieron el 17 de octubre en manifestaciones en numerosas ciudades. A ellas acudieron los vándalos de las banlieues, que, como hacen en Nochevieja o en los partidos de fútbol del PSG y los Mundiales, aprovechan cualquier ocasión para incendiar, destruir y robar. Los bárbaros atacaron varios ayuntamientos (incendiaron el de Limoges) y comisarías, y saquearon tiendas de lujo, como las Galerías Lafayette de París. Una prueba de que ya no existen fosos que protejan a los beneficiarios de la globalización, que se sentían intocables por su estatus o por el urbanismo ordenado.
Una de las evidencias de los disturbios permanentes en Francia, de las no-go zones en Suecia y Bélgica, de la invasión de Ceuta, o de la implantación de mafias basadas en clanes (de sirios, afganos, pakistaníes o africanos) es la relación entre las sociedades multiculturales y la violencia. Esta nace, por un lado, de grupos de población diferentes en todos los sentidos, que no encajan en el país, condenados, además, a vivir de los subsidios y de la delincuencia. En España ya sabemos de peleas a machetes entre bandas del mismo origen nacional y de nacionalidades diferentes. Y, por otro lado, la promueven los partidos de izquierdas, decididos a alistar a los inasimilados en sus filas para usarlos como tropas de choque callejero y reservas de voto.
«Los jefes de los bárbaros también tienen sus planes, que no coinciden con los de los jerarcas de La Francia Insumisa, aunque por ahora todos ellos desfilen juntos bajo la bandera palestina»
Sin embargo, a diferencia del «lumpemproletariado» descrito por Karl Marx, la nueva racaille no es una «putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad». No se va a vender a las «capas más reaccionarias de la sociedad». Los jefes de los bárbaros también tienen sus planes, que no coinciden con los de los jerarcas de La Francia Insumisa, aunque por ahora todos ellos desfilen juntos bajo la bandera palestina.
El progresismo, en el que incluyo a las izquierdas socialistas y ecologistas, junto con las supuestas derechas como las de Angela Merkel y Friedrich Merz o el social-liberal Macron, presentó la inmigración como el remedio económico a la baja natalidad europea y el salvavidas de las pensiones. También como la herramienta para establecer en la Unión Europea el primer espacio diverso, libre de identidades, de creencias divisorias y de CO2. Todos unidos, sin importar el origen, la religión (quienes tuvieran esa chifladura), el color de piel o las costumbres, con el objetivo de caminar hacia la felicidad y la paz eternas, expresadas en viajes sin fin por el mundo, en emparejamientos continuos y en un mimoso Estado del bienestar. En política nacional, la propuesta del humanismo ateo laico se reduce a un ridículo «vivir juntos», cada vez más aguado.
«Ese nihilismo oficial emergió como un Leviatán en los Juegos Olímpicos de París»
En realidad, el proyecto de las élites ha consistido en inculcar el nihilismo en sus naciones. Gran parte de la población, sobre todo la de mayor edad, parece aún cómoda en ese ambiente degradado, quizás porque dispone de una memoria del pasado que la sostiene, un patrimonio que le permite escapar de la precariedad (empleos en la Administración, vivienda en propiedad o pensión alta) y una pasmosa capacidad de negación de la realidad. Son la misma generación que está convencida de que los franceses, guiados por el general De Gaulle o el partido comunista, contribuyeron a aplastar el III Reich y de que Francia encarna la civilización. Como dijo un francés capaz de reírse de él mismo y de sus compatriotas, Jean-François Revel, «si Francia es la luz del mundo, sorprende que la humanidad no haya muerto de una insolación».
Ese nihilismo oficial emergió como un Leviatán en los Juegos Olímpicos de París. La ceremonia de inauguración consistió en una parodia de la Última Cena cristiana y la burla de la reina María Antonieta, jugando con su cabeza cortada. Una de las características del ciudadano engendrado a partir de 1789, sea francés, español o italiano, es la lealtad a la república, la constitución o la democracia. ¿Pero qué lealtad puede exigir un régimen que excluye, mediante el desprecio, a los cristianos y que se ríe de las matanzas de inocentes? Para el maestro Nicolás Gómez Dávila, el nihilista «no es el que no cree en nada, sino el que no cree en lo que es».
«Hay que estar dispuestos a los sacrificios, desde criar hijos a reconocer las equivocaciones de toda una vida»
Aquí Macron solo es un títere de fuerzas intangibles que le empujan. Una idea a caballo, como dijo Hegel, de Napoleón o, en su caso, en Renault Rafale. Aunque el genocida corso cayó vencido en Waterloo, su obra de destrucción fructificó. Lo mismo puede ocurrir con la oligarquía de la V República, que puede seguir ganando batallas después de su derrota, si no se extirpan los cimientos, por mucho que se arranquen los aerogeneradores.
A la pregunta de si existen remedios, contestamos de manera afirmativa, pero añadimos que, si de verdad se desea su aplicación, hay que estar dispuestos a los sacrificios, desde criar hijos a reconocer las equivocaciones de toda una vida. También a cambiar, de una vez, el voto, una de las conductas más exasperantes de la cabezonería de ese tercio de privilegiados que hay en todas las sociedades europeas.
«Macron no vaciló en enviar a la policía, los jueces y hasta los servicios de información contra los chalecos amarillos y los católicos de La Manif pour Tous»
Un Estado dispone de un poder inmenso y puede usarlo para cerrar sus fronteras, deportar a los inmigrantes irregulares y desarmar a las bandas, aunque semejantes medidas acarrearán nuevas protestas y titulares de periódico lacrimógenos. Sin embargo, Macron no vaciló en enviar a la policía, los jueces y hasta los servicios de información contra los chalecos amarillos y los católicos de La Manif pour Tous, porque esas represiones eran políticamente correctas.
La primera batalla de las naciones europeas se encuentra en sus ciudades y costas, en sus colegios y sus universidades. Es decir, en su interior, antes que en Ucrania. Por una casualidad, los motines que nos han llevado a escribir estas líneas ocurrieron el 17 de octubre. El domingo 18 fue el aniversario del edicto de Fontainebleau (1685), por el que Luis XIV abrogó el edicto de Nantes y la tolerancia a sus súbditos protestantes. Aunque a estos el soberano les prohibió la emigración, en los años siguientes más de 200 000 de ellos rechazaron la integración en la Francia católica y marcharon a otros países, desde Prusia a África del Sur. Los hugonotes prefirieron huir de su país natal, pero donde la vida se les había hecho incómoda, a lugares donde carecían de arraigo o familia.