La bola negra: los Javis al desnudo

España manda a los Oscar la nueva película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, un festival de homoerotismo cursi y guerracivilismo frivolón.

«Una peli de guerra de maricones»: así han definido los Javis a La bola negra. Y quizá sea un buen resumen. Pero hay más tela que cortar en un largometraje que, por presupuesto y repercusión, es el estreno de la temporada: ha costado 15 millones de euros, de los cuales 1.600.000 proceden de las arcas públicas.

Antes de meternos en harina, conviene repasar la sobrevaloradísima carrera de Javier Ambrossi y Javier Calvo, en la que hasta ahora solo había una película —La llamada (2017), donde unas chicas se escapan de un campamento de monjas para ir a un concierto de reguetón— y tres series: Paquita Salas (2016), con una representante de actores interpretada por un transformista, La Veneno (2020), biopic descafeinado del travesti descubierto por Pepe Navarro, y La mesías (2023), caricatura de un grupo de pop cristiano inspirado en Flos Mariae.

Paralelamente, los —cada vez más desfigurados— rostros de los Javis se han ido haciendo famosos por su participación en programas como Operación Triunfo o Mask Singer, y sus cuentas corrientes han engordado gracias a los éxitos de su productora, que también está detrás de series ajenas como Cardo o Superestar.

En diez años, los Javis dominaron los códigos de las plataformas y los mecanismos de la industria. Ahora, España se les queda pequeña y quieren conquistar el mundo. Con esa intención está diseñada La bola negra, una película que cambia la cultura pop por fuentes más respetables: una obra de teatro de Federico García Lorca y otra de Alberto Conejero.

En La bola negra, los Javis cuentan las vidas cruzadas de tres homosexuales: Carlos (Milo Quifes), un chico de buena familia al que en 1932 le niegan el ingreso en el casino de Granada por ser gay; el amante de Lorca y teniente republicano Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), que en 1937 es capturado e ingresado en un hospital donde el soldado nacional Sebastián (Guitarricadelafuente) se enamora de él; y Alberto (Carlos González), un historiador obeso que en 2017 recibe en herencia un sobre que conecta su vida con las historias de Carlos y Rafael. 

Aunque los Javis siempre han presumido de antifascistas, su película tiene menos sesgo que disparates como Tierra y libertad o Libertarias. Más bien, ellos tratan de emular al Berlanga de La vaquilla (1985), donde soldados de ambos bandos se bañan en un riachuelo y, al verse sin uniformes, se dan cuenta de que no son tan diferentes. Los Javis reinventan la escena en clave gay, recreándose en los culos de los soldados, y aciertan en subrayar el hecho de que, en la guerra civil, no siempre podías elegir bando: cuando alguien le pregunta su facción a Sebastián, él contesta que «no sé, a mí solo me dieron un fusil».

Sin embargo, hay en La bola negra una de cal y otra de arena. Según los Javis, «la incomunicación lleva a la violencia, tenemos que encontrar puntos en común en los que poder dialogar». Pero luego empiezan su película con una escena digna de David Uclés, en la que los habitantes de un pueblo español se preparan para aclamar a los voluntarios italianos por haberlos liberado del yugo rojo y, por error, son ametrallados por la aviación de Mussolini. 

Los cineastas tampoco cierran las heridas de la «represión fascista» que las personas LGTBIQ+ sufrieron en el pasado. No en vano, la película acaba con un verso que dice «nos acechan todavía» cuando, por aquel entonces, también anarquistas y comunistas condenaban la homosexualidad. Por eso Lorca prefería los ambientes bohemios a los republicanos. 

Como creen que «separar al poeta de su homosexualidad es homofobia», los Javis pintan a Lorca (Alberto Cortés) con una pluma extrema, y le dan un papelillo a la progre de Glenn Close para que subraye que se le mató solo por ser gay. La realidad es que en el destino del poeta también influyeron rencillas familiares y una serie de fatídicas casualidades, muy a pesar de la ayuda del falangista Luis Rosales.

Un último ejemplo: tras una bochornosa actuación musical, la cupletista René Romero (Penélope Cruz) recuerda con nostalgia la libertad de los transexuales en la Segunda República y asegura que «en Madrid vivíamos felices en el pecado mortal». Pero quien haya leído la novela Madrid de corte a checa (Agustín de Foxá, 1937) sabrá que el Madrid republicano fue un infierno de ejecuciones gratuitas y persecuciones religiosas. 

Por lo demás, en la película hay escenas logradas, como las monjas buscando soldados vivos en una pila de cuerpos o las simbólicas bolas cayendo escaleras abajo. Pero abundan momentos tan cursis como garbanceros, con frases que parecen salidas de la pluma del peor Almodóvar: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos».

Siendo una película tan discutible, resulta inquietante que con La bola negra haya unanimidad a la búlgara. Ni Boyero se ha atrevido a criticarla. En el Festival de Cannes recibió un premio y una larga ovación, y hasta Pedro Sánchez les dedicó un tuit, elogiando su «talento, valentía y compromiso con la memoria, la libertad y la diversidad». Por no hablar de la monumental campaña publicitaria que ha llenado los cines: 700 000 espectadores en su fin de semana de estreno. Para colmo, la mandan a representar a España en los Óscar.

Como en el cuento El traje nuevo del emperador, alguien tiene que decir que los Javis están desnudos. Que La bola negra no es más que un largo telefilme, resultón en ciertos momentos, obsceno en otros, pero hueco y pretencioso todo el rato. Porque después de los fuegos artificiales, no hay más que humo.

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