Las fronteras elásticas de Marruecos

De los cuatro Estados contra los que Marruecos ha dirigido su expansionismo, solo uno de ellos, que es España, ha cedido una y otra vez a los actos de violencia de Marruecos.

Cuando se mencionan los «estados canallas», junto a los nombres habituales, pueden incluirse también otros países aparentemente respetables, cuyos líderes son recibidos en las capitales occidentales y hasta consiguen que sus ciudades o playas sean escenarios de superproducciones de Hollywood y destino turístico de los sensibles miembros de ONG dedicados a la lucrativa defensa de los derechos humanos. Uno de estos es Marruecos.

Entre los fundamentos del derecho internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial se encuentra la intangibilidad de las fronteras, aunque previamente las potencias vencedoras, sobre todo la URSS, se hubieran anexionado regiones de los países vencidos y hasta de los supuestamente vencedores, como le ocurrió a Polonia.

La primera crisis internacional que debatió el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en enero de 1946, antes que la «cuestión española», fue la «cuestión de Irán», causada por el intento de Stalin de provocar la secesión de las regiones iraníes comprendidas entre el mar Caspio y Turquía con intención de anexionárselas, a pesar de que los acuerdos de ocupación del país por el Reino Unido y la URSS en 1941 se comprometían a mantener su integridad territorial. La crisis se resolvió solo gracias a que EE. UU. se puso de parte de Teherán.

Marruecos, que recuperó su soberanía plena al retirarse el protectorado de España y de Francia en 1956 y se incorporó ese año a la ONU, nunca ha aceptado el principio de intangibilidad de las fronteras y desde entonces pretende expandirse a costa de sus vecinos.

El partido nacionalista e islamista Istiqlal (introducido en la Internacional de Centro en 2004 por el PP español) enunció en el mismo 1956 la ideología del Gran Marruecos, extendido desde Tánger, en el norte, hasta San Luis de Senegal en el sur, y desde la costa atlántica a amplias zonas de Argelia y Malí, incluido Tombuctú. El sultán Mohamed V, abuelo del actual monarca, se adhirió a este plan imperialista.

Y así, la dinastía alauita y su «majzén» (la oligarquía que prospera en torno al trono) han chocado con todos sus vecinos. En 1957 y 1958, partidas armadas marroquíes atacaron territorios bajo soberanía española y francesa en Ifni y el Sáhara; en 1963-1964, Marruecos libró una guerra con Argelia por límites; Rabat no reconoció a la república de Mauritania, a la que Francia concedió la independencia en 1960, hasta 1969; en 1975 lanzó la Marcha Verde para impedir la independencia del Sáhara Español; y después libró la larga guerra contra los saharauis.

En la Constitución de 1962, el artículo 19 declaraba que el rey «garantiza la independencia de la Nación y la integridad territorial del Reino dentro de sus fronteras auténticas». Esta era la única referencia, ambigua por lo demás, a los límites de Marruecos.

El fin de la Guerra Fría no ha calmado la bulimia marroquí. La Constitución de 2011 (otra carta otorgada por la monarquía a sus súbditos, como la anterior) mantiene ese anhelo de manera poco disimulada. A diferencia de otras constituciones, la del Reino de Marruecos no describe el territorio nacional. De nuevo, la única mención aparece en un solo artículo, el 42.2, que presenta al rey como «garante de la Independencia del país y de la integridad territorial del Reino dentro de sus fronteras auténticas».

En la versión francesa, publicada en el Bulletin Officiel del Royaume du Maroc (30-VII-2011), la redacción exacta es: «(Le Roi) est le Garant de l’indépendance du pays et de l’intégrité territoriale du Royaume dans ses frontières authentiques».

¿Cuáles son las «fronteras auténticas» de Marruecos? Para conocerlas, nos remitimos al mapa del Gran Marruecos, cuya condición de guía de la política exterior de Rabat confirman las declaraciones recientes de varios ministros de Mohamed VI, que consideran a Ceuta y Melilla territorios «ocupados».

Por tanto, las fronteras marroquíes, en vez de estables, son elásticas, y su amplitud depende de la situación interna y de los equilibrios internacionales. Si buscásemos paralelismos con otros regímenes, los marroquíes se comportan con sus vecinos, a los que no consideran nunca aliados o iguales, sino subordinados, contra los que pueden emplearse la mentira, el chantaje y la violencia, de una manera similar a la del Tercer Reich alemán.

Ni siquiera el Atlántico y el Mediterráneo detienen sus delirios imperialistas. Entre esos objetivos aparecen las islas Chafarinas y la isla de Alborán y el monte Tropic. Sin embargo, desde la entrega del Sáhara Occidental por parte de España en febrero de 1976, Rabat nunca ha planteado en las Naciones Unidas la inclusión de las ciudades españolas en el norte de África en la lista de territorios colonizados. Porque sabe que no dispone de argumentos.

De los cuatro Estados contra los que Marruecos ha dirigido su expansionismo, solo uno de ellos, que es España, ha cedido una y otra vez a los actos de violencia de Marruecos. Los otros, Argelia (con relaciones diplomáticas y económicas rotas desde 2021), Mauritania y la República Árabe Saharaui Democrática, se oponen a él, si es necesario recurriendo a la fuerza armada.

El expansionismo marroquí contra España responde no sólo a la docilidad de esta, alentada por el lobby promarroquí existente en nuestro país desde los años 70 del siglo XX, sino también a un hecho, en mi opinión, fundamental, ocurrido en marzo de 2022: el reconocimiento por parte del presidente del Gobierno Pedro Sánchez de la anexión del Sáhara y del plan de autonomía propuesto por Rabat, sin que los españoles sepamos todavía por qué y a cambio de qué.

Sánchez, en apariencia tan sensible a la legalidad internacional en Ucrania, en Gaza y en Irán, se puso de parte del ocupante marroquí, definido como tal por la ONU. Más en detalle, aceptó la vulneración del principio de integridad de las fronteras. ¿Y cómo se lo ha pagado Marruecos? Violando otra frontera, la de Ceuta, que nunca ha reconocido.

Solo un presidente de Gobierno español se enfrentó al expansionismo marroquí, José María Aznar, en la crisis del islote de Perejil. Y ante su respuesta, Mohamed VI retrocedió. Entonces, España contaba con el apoyo de Estados Unidos y, más importante, con la voluntad política de defender su soberanía y sus fronteras. Por el contrario, hoy España carece tanto de aliados como de esa voluntad.

Sánchez ha empeorado la tradicional sumisión española ante Rabat al aceptar que Marruecos no está vinculado ni por el derecho internacional ni por las fronteras. Encima, en estas semanas él y su Gobierno, por razones exclusivamente partidistas y de supervivencia política, han arremetido contra Estados Unidos, Rusia, Israel, Italia y una fantasmal «Internacional Reaccionaria», mientras que tratan a Marruecos como un país fiable, colaborador desinteresado y buen vecino, manipulado por mafias y poderes ocultos. Es decir, cada vez estamos más aislados en una zona geopolítica donde la tensión crece.

Los actos tienen consecuencias, sobre todo en política internacional.

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