El entusiasmo que ha provocado la selección española de fútbol en este Mundial en el que ha conseguido su segunda estrella viene a confirmar algo que hace tiempo que muchos sospechamos: España existe.
España existe; es una realidad por mucho que el discurso oficial se empeñe en negarla desde hace décadas. Esos jóvenes que han tomado las calles luciendo orgullosos sus camisetas de España… y también esos jóvenes que la defendieron en el estadio MetLife de Nueva Jersey, han sido en gran medida adoctrinados durante su etapa escolar en el negacionismo más puro y duro: no, España no es una nación, es un accidente, un entramado administrativo, un concepto geográfico… lo que sea con tal de no reconocer la realidad.
«Una marea inesperada inundó las calles de Barcelona para defender lo obvio, lo que los grandes estrategas habían pasado por alto: España existe»
Que España existe, aunque quede oculta muchas veces bajo innumerables capas de mentiras, parasitada por estructuras que le chupan la sangre al tiempo que la niegan, lo venimos viendo con claridad desde hace tiempo. Sin ir más lejos, durante el procés separatista que tuvo lugar en Cataluña, donde eso que llaman aparato del Estado no ahorró esfuerzos para fracturar España. El Estado en Cataluña desplegó todos sus recursos, gestionados por la Generalitat, para acabar con España, mientras el Estado gestionado por el gobierno nacional desplegaba también ingentes esfuerzos para no mover ni un dedo.
Un observador únicamente atento al ámbito institucional hubiera concluido, sin duda alguna, que la intentona separatista iba a tener éxito. Y, sin embargo, tras una pequeña mecha encendida por unos cuantos jóvenes catalanes que no estaban dispuestos a dejar que los separatistas se enseñorearan de sus calles, una marea inesperada inundó las calles de Barcelona para defender lo obvio, lo que los grandes estrategas habían pasado por alto: España existe, Cataluña es parte constitutiva de España y la mayoría de los catalanes, como siempre ha sido a lo largo de la historia, estamos encantados de ser españoles.
«Los niveles de audiencia televisiva en Cataluña, superiores a la media española, ya vaticinaban lo que sucedió el día de la final»
Algo similar ha sucedido estos días. Una vez más el mundo de la política oficial ha sido pillado a contrapié. No se lo olían. Incluso se permitían bromitas patéticas, como la del concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona vaticinando la temprana eliminación de España como excusa para no instalar esas pantallas en las que ver a la selección que tantos le reclamaban y que intentaba negar para cumplir con el pacto con ERC que dio la alcaldía de Barcelona al PSC. El Periódico, atónito, titulaba: «Colas y furor por obtener una camiseta de la Roja en Barcelona»: «Es imposible encontrar nada ni en el top manta ni en la tienda oficial».
Y añadía: «se confirma la locura para tratar de hacerse con una de las elásticas, ya sea la roja o la blanca». Y desde El Debate titulaba Joan López: «El independentismo y el PSC, desconcertados por la ola de apoyo a la selección». Los niveles de audiencia televisiva en Cataluña, superiores a la media española, ya vaticinaban lo que sucedió el día de la final: una marea nunca vista desbordó las calles con cientos de miles de catalanes, en su mayoría jóvenes, envueltos en banderas de España y dando rienda suelta a su alegría y orgullo de ser los nuevos campeones del mundo.
«El nacionalismo separatista es algo artificial, ajeno a la tradición catalana, y por ello necesita constantemente ser inoculado en dosis constantes»
Algo similar a la ola de entusiasmo que recorrió España entera, pero que en Cataluña tuvo dos rasgos particulares.
Por un lado, la magnitud del número de personas que se echó a la calle, jóvenes en su mayoría, de esos que han sido adoctrinados en el «hecho diferencial», en que «nosotros no somos España, estamos en ella circunstancialmente», en el desapego afectivo a todo lo que sonara a español. Son ellos los que no se sacan la camiseta de España ni para dormir, los que exhiben con entusiasmo la bandera rojigualda, los que han sumido en las más profundas dudas existenciales a quienes han sido sus docentes y que ahora se torturan preguntándose: ¿qué hicimos mal? ¿Cómo pueden vibrar con la selección de España?
Quizás harían bien en reflexionar sobre lo siguiente: el nacionalismo separatista es algo artificial, ajeno a la tradición catalana, y por ello necesita constantemente ser inoculado en dosis constantes. En cuanto se deja de suministrar la pastilla azul al paciente, este toma conciencia de la realidad y da la espalda a las monsergas nacionalistas que en realidad niegan su propia experiencia. Es aquello tan certero que dijo Josep Pla en aquel maravilloso programa A fondo con Joaquín Soler Serrano: «El catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo un español 100 % y le han dicho que tiene que ser otra cosa». Un mes de Mundial ha bastado para que tantísimos jóvenes abrieran sus ojos a la realidad: España existe, ellos son españoles y podemos estar orgullosos y celebrar nuestros triunfos en la calle.
«En el País Vasco sucedió algo similar; allí, […] mostraron con nitidez la gran mentira de quienes quieren convencernos de que ETA acabó y allí se vive ahora en un remanso de paz, concordia y tolerancia.»
El segundo rasgo particular es la extensión del fenómeno. Barcelona, ya se sabe, sigue siendo una ciudad española. No es la primera ni la última vez que las calles de la ciudad condal se tiñen de rojo y gualda. Pero lo sorprendente, lo que pilló desprevenido incluso a los activistas antiseparatistas más acérrimos, fueron los chavales que reproducían las escenas vividas en Barcelona no en Hospitalet, no en Badalona, ni siquiera en Lérida (y eso que también la locura se desató en esos lugares), sino en el Vallés, en Berga, ¡en Ripoll! Mal día para la antimusulmana, pero, sobre todo, hispanófoba (su odio a España es obsesivo) Sílvia Orriols, que tuvo que contemplar las calles de su pueblo henchidas de alegría y de banderas de España, enarboladas por chavales cuyos bisabuelos eran naturales del lugar.
En el País Vasco sucedió algo similar; allí, por desgracia, empañado por las hordas abertzales que, con sus intentos de amedrentar a quienes estaban sencillamente disfrutando de la final del Mundial, mostraron con nitidez la gran mentira de quienes quieren convencernos de que ETA acabó y allí se vive ahora en un remanso de paz, concordia y tolerancia. Oyarzabal, Unai Simón y Zubimendi mostraron que también los vascos son españoles (y los navarros Merino y Nico Williams hicieron otro tanto por si alguien tenía la peregrina idea de dudar de la españolidad de Navarra), que no hay incompatibilidad alguna y que lo otro, buscar siempre desgajar una identidad de la otra, es el camino más seguro a la infelicidad y la irrelevancia.
¿A qué se debe esta explosión de entusiasmo español, previsible en muchos lugares, pero que ha puesto patas arriba también aquellos otros en los que se suponía que la población era más desafecta a España?
«El fútbol apasiona porque es mucho más que fútbol. Se convierte en un poderoso catalizador de sentimientos e ideales»
El fútbol ha jugado su papel. Recordaba Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz que «el fútbol apasiona porque es mucho más que fútbol. Se convierte en un poderoso catalizador de sentimientos e ideales». También ha ayudado el talante del seleccionador y de los jugadores que han representado a España: gente cabal, generosa, sin ínfulas, respetuosa y bien educada, con cara de buenas personas y dignos de admiración por su esfuerzo y actitud, tanto personales como colectivos.
Gente como nosotros (se rasgaron las vestiduras, pero todos, en el fondo, saben que, esta vez sí, Rajoy tenía razón), españoles con los que es fácil conectar, orgullosos de defender a nuestra patria en un Mundial y, en muchos casos, sin complejos a la hora de hablar de su fe y dar gracias a Dios. Gente con la que es fácil imaginar que estaríamos a gusto. O como le decía una chica a otra durante la final (y que yo, presente en aquella plaza, tuve la suerte de oír) en referencia a uno de los jugadores de la selección: «este sí que sería un buen padre para mis hijos».
Pero probablemente la clave está en lo que confesaba Esperanza Ruiz en La Gaceta: «Yo también he disfrutado del único patriotismo que se nos permite en nuestra época». Formamos parte de una comunidad política que no pasa por sus mejores momentos, pero que existe y es la nuestra. Nos repiten que es odiosa, que no hay nada de lo que enorgullecerse, que nuestro pasado es un pozo negro, o en el mejor de los casos, que España es algo problemático, complicado, susceptible de generar polémica y que lo mejor que podemos hacer es disimular, pasar de puntillas, no hacer demasiado ruido, no vaya a ser que alguien se moleste.
«Y de pronto la oportunidad de ser español, de alegrarse con los nuestros, de mostrar orgullo, de explotar de alegría y gozo, de abrazarse con el de al lado, sea quien sea. España existe y merece ser celebrada.»
Comentaba también Esperanza Ruíz que los de siempre llevan tiempo intentando colarnos lo de la selección «multicultural». Son los que soñaban con un gol de Lamine… y se encontraron con el gol de un chaval que proclama su fe, es hijo del electricista municipal de su pueblo y no duda en lucir una gorra roja con la adaptación hispánica del lema trumpista: «Make Spain Great Again». Algunos, inasequibles al desaliento, como el pobre Jordi Évole, intentaron colarnos, en palabras de Ruíz, «supuestos mestizajes autonómicos». De pronto descubrieron que España era mestiza porque juegan catalanes, vascos, extremeños, andaluces, madrileños… ¡lo nunca visto! ¡La España plural! No como antes, cuando en la selección sólo jugaban madrileños. Menudos linces, que ahora se dan cuenta de que catalanes, vascos, extremeños, andaluces, madrileños… ¡son españoles!
Si algo ha demostrado la explosión de entusiasmo por el Mundial es que, más allá de tanta mercancía averiada, los españoles, especialmente los más jóvenes, y especialmente en los lugares donde se les adoctrina en el desapego a España, han perdido el miedo a mostrar lo que son sin complejos. Queda mucho trecho hacer realidad el deseo expresado en la gorra de Ferran Torres, pero esta segunda estrella nos ha mostrado que aún somos capaces de vibrar al unísono. España existe, se pongan como se pongan.