Notas mundialistas

El Mundial convertido en el escenario mediático y político perfecto para una concatenación de discursos de aquellos que los nutren de odio y de violencia.

En el comportamiento de algunos jugadores argentinos, durante y después del partido, se aprecian los efectos psicológicos de la motosierra.

Se estudiará en antropología política, en el imaginario progresista mundial se considera el triunfo de la selección española de fútbol como la victoria de España, en nombre de todos, contra el imperialismo ultraderechista que representa Trump y los EEUU.

Miles de personas en Euskadi y Catalunya animan a la Selección española simplemente porque está llena de vascos y catalanes y porque (aún) no pueden animar a la selección vasca y catalana.

Selecciones que no llegarán sin suficiente apoyo popular. 

Y eternamente cabreados e insultándoles, señalándoles o menospreciándoles no parece la mejor manera de llegar a ese apoyo popular.

Para ganar un país hay que entender y aceptar la diversidad ese país.

A no ser que quieras ser una tribu y no un país, claro.

El primer gorjeo se debe a Enric Juliana, a quien se atribuye el editorial conjunto «La dignidad de Cataluña», publicado el 24 de noviembre de 2009 en el que se afirmaba que el nuevo Estatuto de Cataluña era una muestra «de la madurez democrática de una España plural» al tiempo que se lanzaban veladas amenazas si no se aceptaba su literalidad, esa con la que se comprometió el hoy investigado ZP.

El autor del segundo es Javier Aroca, rostro habitual de las tertulias televisivas que se presenta como «Licenciado en Derecho, Antropología y Árabe. Republicano, federalista y mistolobo cimarrón. Išbili».

El tercero salió de los dedos del pícaro mayor del reino, Gabriel Rufián, que se postula como gran esperanza de una izquierda a la izquierda del PSOE. Una izquierda plurinacional, es decir, llena de asimetrías, cuyos objetivos casan tanto con las ideas de Juliana como con las de Aroca, ardorosos combatientes de una España en blanco y negro, por emplear un tópico habitual en las televisiones en color.

Que el fútbol profesional, máxime si va referido a un Mundial de selecciones, tiene un inequívoco sesgo político es algo evidente. Himnos, banderas y la propia configuración de los equipos por nacionalidades achican, por con Valdano, el espacio ocupado por la mera práctica deportiva. Ese fútbol trasciende, con mucho, simplificaciones como la que sostiene que lo que se ofrece en las pantallas son «veintidós tíos en calzoncillos detrás de un balón». Los desahogos de los tres tuiteros lo demuestran, pues en ellos de lo que menos se habla es de balompié.

En el caso de Juliana, su comentario es un dardo contra el presidente argentino, Javier Milei y la motosierra que blande como símbolo de recorte de lo que considera gastos superfluos. Según el periodista de La Vanguardia, El Peluca habría contagiado a los jugadores de la albiceleste hasta el punto de convertirlos en leñeros, en marrulleros. Sin embargo, todo aquel que conozca mínimamente la historia del fútbol argentino sabe que sus jugadores son correosos, cancheros según su propia denominación.

De hecho, antes de la final, el segundo entrenador de Argentina apeló al fútbol de barrio, que no es precisamente un juego exquisito. No cabe, por lo tanto, atribuir a Milei el llamado juego subterráneo exhibido por los de Messi, pues en tiempos premotosierraicos la selección argentina contó con jugadores como Diego Pablo Simeone, que en su día dejó su impronta en forma de taco clavado en el muslo de Julen Guerrero.

Si Juliana percibe el fantasma de Milei moviéndose por el vestuario argentino, Aroca vio en la final del Mundial una victoria sobre el imperialismo ultraderechista trumpiano. El tertuliano no desarrolló su tesis pero puede columbrarse que según sus entendederas la victoria en el campo habría dado continuidad a la postura seguida por Sánchez en relación a la cuestión palestina de la que volvió a hacer causa el extremo izquierdo de la selección, un joven coranizado que para celebrar su mayoría de edad contrató a unos enanos.

En cuanto a Rufián, miembro de la secesionista ERC que se postula como mascarón de proa, es decir, aspirante a renovar su escaño en esos madriles tan diferentes a su Santako natal, de un frente izquierdista federalista, le faltó tiempo para repetir uno de los mantras preferidos por los secesionistas cuando se habla de deporte: que vascos y catalanes animan a la selección por el hecho de que en ella hay vascos y catalanes.

La interpretación de Rufián hace aguas en el momento en el que la inmensa mayoría de los aficionados de esas regiones llevan banderas españolas. De ser cierto lo que dice don Gabriel esos hinchas llevarían tan sólo las de sus comunidades autónomas. Y aún así, no se trataría más que de un acto de voluntarismo, pues los jugadores representan a España en calidad de españoles, no a su adscripción a región alguna por más aspiraciones nacionales y dinero público que se destine a políticas que dan como fruto subproductos como Rufián.

No puede cerrarte este regate corto sin aludir a otro de los elementos de polémica aparejados a la campeona del mundo. Lamine Yamal y Nicolás Williams, hombres racializados en jerga políticamente correcta, representarían a la cacareada España plural. Los corifeos sanchistas han subrayado hasta la náusea su porcentaje de melanina y sus rasgos. Su raza, en definitiva. Ellos, sostienen, son el antídoto contra la ultraderecha.

Ocurre, sin embargo, que estos jugadores no son los primeros deportistas representantes de España que han atesorado esa particularidad. En pleno mundial se produjo el fallecimiento de José Legrá, boxeador cubano de origen que presumía de su negritud y que no ocultaba su admiración por Franco. Legrá obtuvo la nacionalidad española en 1966 y dio a España numerosos triunfos obtenidos bajo la bandera del águila de san Juan, razón por la cual no hay para él memoria. Ni histórica ni democrática.

En el preconstitucional año de 1977, el baloncestista Chicho Sibilio, nacido en la República Dominicana, se nacionalizó español. Sibilio jugó 87 partidos con la selección nacional y fue medalla de plata en el Eurobasket de 1983.

Ni Williams ni Yamal suponen novedad alguna en lo futbolístico. Por poner tres ejemplos, Donato Gama da Silva debutó con España hace más de 30 años y Marcos Senna fue campeón de Europa con Luis Aragonés, entrenador que empleaba -recordemos su arenga a José Antonio Reyes comentando el color de piel de Henry- el término «negro» con total naturalidad. Estos precedentes, a los que podríamos sumar otros, demuestran hasta qué punto, un punto literalmente racista, se ha instrumentalizado a Williams y a Yamal tratando de usar sus figuras con fines puramente políticos.

Con el foco de la atención mediática puesto sobre el pantone cutáneo, las agresiones cometidas por terroristas callejeros en algunas ciudades vascas se ha diluido. Al cabo, son individuos pertenecientes al mundo de EHBildu, principal puntal de un Sánchez del que tantos dependen. De un PSOE configurador de la ideología que profesan muchos españoles a los que les tranquiliza leer titulares en los que a estos facciosos se les llama «radicales».

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