Máximo exponente del «blockbuster de autor», Christopher Nolan (Londres, 1970) es un cineasta capaz de combinar grandes presupuestos con tramas complejas, montajes elípticos y realismo físico. El éxito en taquilla avala sus, a veces, peregrinas ocurrencias, desde el thriller amnésico Memento (2000) hasta el oscarizado drama atómico Oppenheimer (2025).
Pero, a la hora de hacer La Odisea, su película más larga y cara (250 millones de dólares, nada menos), Nolan cometió un craso error: basarse en una traducción de la clasicista woke Emily Wilson, que entre otras cosas elimina del texto los «sesgos machistas». Esto —y quizá imperativos de producción— explica el derroche de diversidad, equidad e inclusión que hay en la película.
«Tenemos al actor transexual Elliot Page dando vida a Sinón […]. En los textos clásicos, Sinón es descrito como un varón de complexión guerrera»
El caso es que, nada más empezar La Odisea, vemos al rapero negro Travis Scott —que interpreta al poeta Demódoco— con pelos de rastafari, berreando con marcado acento texano: «¡Un rostro, una flota, una guerra, un hombre!». Esta lacónica forma de cantar la epopeya de Odiseo queda aguada por la anacrónica estampa del rapero: ni siquiera se molestaron en maquillarle los tatuajes del pescuezo.
Para seguir, tenemos al actor transexual Elliot Page —que, cuando era actriz, atendía por Ellen— dando vida a Sinón, el soldado que convenció a los troyanos de meter al caballo en su ciudad. En los textos clásicos, Sinón es descrito como un varón de complexión guerrera, no con las formas contrahechas y los toscos andares de Page. Nolan dice que lo/la escogió «para alejarse de los cánones físicos tradicionales». Misión cumplida: más que Sinón, parece Quasimodo.
«La actriz mulata Zendaya interpreta a Atenea, una diosa vilmente humanizada por Nolan, que le otorga el aspecto de una troyana que murió a manos de los hombres de Odiseo»
Pero el error de casting más sonado ha sido el de poner a una actriz negra tan poco agraciada como Lupita Nyong’o a hacer de Helena de Troya, descrita en los relatos homéricos como una beldad «de blancos brazos y hermosos cabellos». Nolan asegura que la escogió por su «fortaleza y aplomo». Tal vez por eso, vuelve a traicionar a Homero y la convierte en mujer maltratada.
Continuamos para bingo. La actriz mulata Zendaya interpreta a Atenea, una diosa vilmente humanizada por Nolan, que le otorga el aspecto de una troyana que murió a manos de los hombres de Odiseo. Mientras en la obra de Homero Atenea es patrona, guía y consejera del héroe, aquí no es más que la personificación de su sentimiento de culpa. Y es que esa es otra: Nolan le da a su Odiseo el cuerpo de Matt Damon, y se diría que también su alma. En Homero, es un guerrero implacable que mata, esclaviza, saquea ciudades y ejecuta venganzas sin inmutarse. En Nolan, parece un gris veterano perseguido por los fantasmas de la guerra.
Tampoco acierta Nolan con Calipso, el personaje interpretado por Charlize Theron, que Homero pinta como una ninfa de belleza deslumbrante que se vale de sus encantos para entretener a Odiseo durante años. Pues en la cinta de Nolan es una señora de 50 años desfigurada por la cirugía plástica que habla como una coach de autoayuda.
«Su Odiseo navega en un barco vikingo, los cascos de sus hombres recuerdan a los romanos, y la armadura de Agamenón parece el traje de Batman»
Nolan no contrató ni a un solo actor griego. Pero por su película desfilan negros, indios, asiáticos y un buen puñado de estrellas de Hollywood. Entre los que más frases tienen, un despistado Tom «Spider-Man» Holland como Telémaco y una Anne Hataway que no convence como Penélope, debido a sus excesos con el bótox.
Luego están los gazapos históricos. Por desgracia, la película no la dirige Mel Gibson y no cabía esperar demasiado rigor, pero es que Nolan se pasa tres pueblos. Por ejemplo, su Odiseo navega en un barco vikingo, los cascos de sus hombres recuerdan a los romanos, y la armadura de Agamenón parece el traje de Batman. En cuanto a los Lestrigones, que en Homero eran una tribu de gigantes antropófagos, aquí se asemejan a robots de Star Wars. Todo rodado con una fotografía fría, oscura, muy poco mediterránea.
«En los poemas griegos, los hombres son marionetas en manos de los dioses, pero, nihilista empedernido, Nolan es incapaz de aceptarlo»
Pero, sin duda, la mayor barrabasada de Nolan es la supresión o ninguneo de los dioses, que en Homero controlan cada instante y aquí no son más que fenómenos psíquicos o naturales. En los poemas griegos, los hombres son marionetas en manos de los dioses, pero, nihilista empedernido, Nolan es incapaz de aceptarlo. «Nadie puede interponerse entre mi hogar y yo. Ni siquiera los dioses», afirma su impío Odiseo arriesgándose a ser fulminado.
Sin embargo, hay que reconocer que la película también tiene escenas potables, como la invasión de Troya, el canto de las sirenas, el paso del barco entre el monstruo y el remolino, la transformación de los guerreros en cerdos o el episodio del cíclope, claramente inspirado en Saturno devora a su hijo, una de las pinturas más perturbadoras de Goya.
En algunos instantes, Nolan exalta los valores paganos de heroísmo, honor, lealtad, voluntad y búsqueda de la sabiduría. Los protagonistas son conscientes de la decadencia de su civilización, pero también de su grandeza. Y, en un momento de lucidez, Nolan recupera una gran frase de Homero: «No hay nada tan dulce como la patria y los padres propios».
«Dominique Venner aconsejaba recitar La Odisea en voz baja, como una oración, para que resuene su música»
Además, La Odisea es la película más violenta y viril de Nolan, y por momentos nos recuerda a cintas épicas como El hombre del norte de Robert Eggers o Gladiator de Ridley Scott. En cualquier caso, el carísimo espectáculo de Nolan no supera a otras recreaciones de La Odisea, más baratas, pero más respetuosas con el alma homérica, como Ulises (Mario Camerini, 1954) o La Odisea (Andréi Konchalovski, 1997). Pero, más allá de las adaptaciones, brilla el texto original.
Dominique Venner, el samurái de Occidente, aconsejaba recitar La Odisea en voz baja, como una oración, para que resuene su música. A falta de una «religión identitaria», Homero sería el cofre de los valores europeos. Su obra exalta la esencia divina del hombre. Y Nolan se la salta a la torera. Debería saber que, a diferencia de Cristo, los dioses del Olimpo no perdonan las blasfemias.