Es innegable que el escenario político actual, marcado por la captura del narcotirano Nicolás Maduro y el colapso del andamiaje criminal del régimen chavista, no habría sido posible sin la persistencia de una mujer que ha sabido alinear la voluntad de la principal potencia del mundo con el anhelo de justicia de su propio pueblo. Sin embargo, resulta asombroso -y profundamente revelador- observar cómo ciertos sectores que sin ningún atisbo de vergüenza y atentando contra los límites más altos del cinismo, se han apresurado a decir que ha “perdido su dignidad”. Estos mismos jueces de la moralidad política que dicen estar del lado correcto de la historia son, en su gran mayoría, los que durante veintisiete largos años permanecieron pasivos ante las atrocidades del chavismo o los que han convivido con ello. Que hoy se escandalicen por un gesto de grandeza frente a Donald Trump, cuando no se inmutaron durante décadas de sanguinarias atrocidades, es también la cima de la hipocresía.
La política de altos vuelos, esa que define el destino de las naciones y pone fin a las tiranías, la política real, rara vez es comprendida por quienes observan desde la barrera del purismo y la superioridad moral.
El acto de grandeza y fina conciencia histórica mediante el que la laureada se despoja del símbolo material del reconocimiento para entregárselo a Trump -en nombre y agradecimiento del pueblo venezolano- es un movimiento magistral de una estratega que entiende que la liberación de Venezuela está por encima de cualquier trofeo personal, uno que algún otro hubiera colgado en el salón de casa. Además, con este acto, María Corina valida y premia la vigencia de la ‘paz a través de la fuerza’; que posiciona la causa venezolana bajo el amparo de la única política exterior que ha demostrado ser capaz de doblegar a las tiranías modernas.
Con la entrega de 196 gramos de oro, de uno de los objetos físicos que la acreditan para siempre como recipiente de un Nobel, María Corina sella un compromiso político irreversible, demostrando una vez más -ya no son pocas las veces- que su única raison d’ être es el regreso de la democracia de Venezuela y no el estrellato.
La dignidad no reside en guardar una medalla en un cajón mientras tu país se desangra y muere de hambre. María Corina ha tenido el valor de utilizar cada oportunidad para asegurar que la tiranía no regrese jamás. Ha sido la protagonista de la batalla más digna, en la que ha puesto alma, familia y vida para lograr lo que sus críticos jamás lograrían.
La verdadera pérdida de dignidad está en haber permitido que Venezuela se hundiera durante tres décadas sin levantar un dedo y mediante críticas, hoy, alimentar a un régimen que sí está humillado, sometido, es servil y va a desaparecer.
Al final del día, a los críticos de sofá, la historia no los recordará.
En la historia ya ha quedado inscrito el nombre de la mujer que fue capaz de canjear la medalla del más noble reconocimiento internacional por la garantía de un país libre. La historia si recordará a la mujer que, cuando finalmente asuma la presidencia de Venezuela, fundirá las cadenas que mantuvieron rehenes a millones de sus compatriotas dentro y fuera de territorio venezolano.
El Nobel ha sido un reconocimiento a la lucha de María Corina pero la libertad de Venezuela será su verdadero legado, un logro que será suyo, que nadie podrá empañar y que hoy, gracias a su virtud y honor, se siente más cerca y real que nunca.