La inferioridad moral de la izquierda

Una utopía disfrazada de superioridad moral, que nunca tuvo moral y tampoco fue superior, pero cuya herencia busca sostenerse en el convencimiento de las masas de que "aún" la tiene.

Desde 1989, “la izquierda” o, como dicen los franceses, el “gauchismo”, cayó en un desprestigio sin precedentes. A partir de 1991, cuando Alemania Oriental se unificó con la Alemania del Oeste, se destaparon todas las vergüenzas del izquierdismo progresista, sostenido en Occidente con la complicidad de los intelectuales de la «French Theory». En 1995, el socialismo real era un cadáver y, en los ámbitos académicos, los más jóvenes bailábamos y escupíamos sobre su tumba.

El cadáver ya hedía, pero, en nuestro regocijo por haber contemplado la muerte de la opresión totalitaria socialista, no nos dábamos cuenta de que, en las catacumbas de la academia, embalsamaban al muerto. Quienes proclamaban el advenimiento de «la era post ideológica» y el fin de los grandes relatos, se apresuraban a mantener vivo el socialismo.

¡Cómo no!, todos ellos, sacerdotes ascéticos: los religiosos, teólogos de la liberación, y los laicos, de la Escuela de Fráncfort. Así salvaban, a toda costa, la utopía socialista, consagrándola como la última forma cristiana sobre la tierra, mientras vaticinaban una edad nueva para ganar tiempo y rearticular su nueva ideología de formas más sutiles.

Al fondo, se trataba de no perder aquella superioridad moral que durante décadas se habían atribuido: detectar nuevas desigualdades, nuevas dialécticas, nuevas causas.

Junto a estos sacerdotes embalsamadores, surgieron los nuevos juglares que, con atractivos juegos de palabras, cantaban el «fin de los grandes relatos». Si el viejo relato marxista había fracasado, ningún otro podía triunfar. Así, los nuevos trovadores deconstruían lo que quedaba de tradición e, incluso, de modernidad, para alabar el advenimiento de un nuevo tiempo, muy difuso y fragmentario, que denominaban posmodernidad.

Si para Nietzsche el cadáver de Dios era la moral cristiana y su herencia (y había que enterrarlo), para los embalsamadores de la nueva izquierda, el cadáver de un «dios menor», los restos de la moral socialista–marxista, había que mantenerlos, reanimarlos, vivificarlos, aún a jirones y trozos, como a una criatura de Frankenstein, para devolverles a la vida. Pero el objetivo fundamental era mantener su ánima, su chispa eléctrica vivificadora, ni más ni menos que eso que llamaban «la superioridad moral de la izquierda».

En ningún caso, se podían permitir su completa desmoralización. Por eso, en sus criptas académicas, reelaboraron sus teorías. Dijo el papa Benedicto XVI —el teólogo Ratzinger—  con toda razón, que «la teología de la liberación ofrecía una nueva orientación que permitía a la fe configurarse de nuevo con el mundo». «Opresión, dominio injusto, concentración de poder y propiedad» constituyeron la matriz de las posteriores teorías ideológicas de la «desigualdad». «Parecía entonces que Marx era la verdadera referencia. Aquella teología neomodernista asumió ahora el papel que en el siglo XIII se había dado a Aristóteles, cuya filosofía precristiana (pagana) se bautizó para establecer una relación correcta entre la fe y la razón».

Pero quien acepta a Marx (y cualquiera de sus variantes neomarxistas) como representante de la razón universal, no solo asume una filosofía, una visión sobre el origen y el sentido de la existencia, sino, sobre todo, acepta una praxis. Por eso, cuando la praxis fracasó de manera muy visible, en 1989, con la caída del Muro de Berlín, se fragmentaron sus pies de barro y se derrumbó todo: para los izquierdistas, la última utopía sobre la tierra se venía abajo, como la estatua de Nabucodonosor.

Algo parecido le escuché decir en 1991 a Jon Sobrino, al ser preguntado acerca de la caída del Muro de Berlín: «Mi miedo es que ya no se crea en la utopía». Para estos teólogos marxistas, «no cayó solo el muro; con la caída del muro se acabarán todos los movimientos de resistencia en el Tercer Mundo y en todas partes». Por eso, el socialismo marxista, muerto y putrefacto tras el derrumbamiento de la URSS, debía sobrevivir infiltrado en el liberalismo capitalista, bajo una dimensión y supervivencia moral necesaria para el mundo venidero.

Era necesario conservar la profecía salvífica y utópica, que permitía esta síntesis teológica. Había que preservar la superioridad moral de su doctrina; había que salvar la última relación mesiánica secular de Occidente, una religación o religión que perviviese entre las nuevas formas liberales.

¿Por qué todo un entorno ideológico que, en todas sus formas, en el siglo XX, ha sido la primera causa de muerte de la humanidad, debía sobrevivir moralmente? ¿De dónde proviene su presunción de superioridad moral?

La fuerza motriz del socialismo es inocular en las masas resentidas (a quienes no aprecia en absoluto) un sentimiento de venganza, algo así como: «No nos ha ido bien por culpa intencionada de algunos, por lo tanto, hagamos que a ellos también les vaya mal, y a ser posible, muy mal». Capitalistas, burgueses, pequeños burgueses, gentes prósperas, propietarios, deben pagar, si no con sus vidas, al menos con sus bienes, la desigualdad establecida en cada momento de la historia. La izquierda progresista se atribuye, por eso, defender las ideas más bellas de la justicia social y de la igualdad, para distraer y legislar en contra de los derechos más naturales y básicos:

— En nombre de una supuesta libertad voluntarista, desprotege la vida humana (leyes sobre el aborto, la eutanasia y la desprotección de estados de vida vulnerables).

— En nombre de una igualdad subjetiva, desprotege la familia y las relaciones naturales como base social (leyes que penalizan la familia según el orden natural y otorgan derechos a otras formas disolventes de esta estructura básica familiar).

— En nombre de una superación de la desigualdad, desprotege la propiedad privada, el mérito y el emprendimiento (leyes que facilitan la ocupación de viviendas privadas con impunidad, criminalizan a propietarios, emprendedores, autónomos, etc.).

Su tentación totalitaria es irresistible y no es posible permanecer al margen y decir: «Me hago una burbuja en mi vida privada para aislarme de toda esta realidad terrible». Todo se contamina de una lepra moral: la de aquellos que se jactan de haber aprendido rápido las reglas del juego y cooperan sin escrúpulos para obtener prebendas y beneficios, y aspiran a ascender en el régimen.

De ahí que el salto a la corrupción sea tan corto. Al fondo, una consecuencia lógica.

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