La política de los imperfectos

Una alternativa política que entendió que las naciones se transforman cuando reúnen a hombres imperfectos en torno a grandes objetivos comunes.

Hace once años nació un partido político que se presentaba como alternativa al bipartidismo clásico. Surgió con una clara vocación de reformar el régimen del 78, con una orientación cada vez más favorable a los trabajadores, una firme crítica al multiculturalismo y a la inmigración masiva, y la voluntad explícita de defender la prioridad nacional.

Quienes formamos parte de aquel proyecto casi desde sus inicios, soñábamos entonces con algo que hoy parece modesto: conseguir un solo representante capaz de llevar nuestra voz al Congreso. Hoy, once años después, ese partido gobierna ayuntamientos y regiones, y contempla cada vez más cerca la posibilidad de influir decisivamente en el Gobierno de España.

Sin embargo, precisamente cuando parece que se acaricia ese objetivo, comienzan a surgir divisiones y movimientos paralelos. Unos reivindican antiguos símbolos; otros, impulsados por personalismos, intentan reproducir el camino recorrido por la formación original. Dentro de la propia organización aparecen desacuerdos, luchas de egos y militantes que afirman ya no reconocer al partido, alegando cambios de rumbo o discrepancias con su funcionamiento interno.

También están los doctrinarios: aquellos para quienes nunca es suficiente el grado de identitarismo, nacionalismo o coherencia ideológica alcanzado. Su visión es tan rígida que terminan considerando necesario fundar una nueva organización, convencidos de que ninguna de las existentes representa fielmente aquello que defienden.

Para unos, el problema principal es económico; para otros, etnocultural. Algunos lo interpretan desde una perspectiva geopolítica; otros, desde una lectura histórica. Hay quienes convierten cuestiones secundarias en fronteras absolutas e infranqueables. Todos coinciden en la necesidad de transformar el sistema, pero ninguno considera suficiente el trabajo de los demás y pocos están dispuestos a ceder en algo. El resultado es un riesgo evidente para aquello que debería ser prioritario: alcanzar el poder político necesario para impulsar los cambios que se desean.

Esta tendencia a la fragmentación no es nueva. Para comprenderla mejor, resulta útil recordar una reflexión de Blaise Pascal. El filósofo francés distinguía varios tipos de hombres según su relación con la realidad: el ignorante, el semi-hábil y el hombre hábil.

El ignorante es el hombre sencillo, el ciudadano común, el pueblo. Son aquellos que, sin necesidad de complejas elaboraciones intelectuales, perciben con frecuencia verdades fundamentales. Quizá no sepan expresarlas con precisión teórica ni participar en sofisticados debates doctrinales. Sin embargo, suelen advertir cuándo algo se degrada, cuándo una nación pierde cohesión o cuándo las instituciones comienzan a alejarse de la realidad cotidiana.

Por eso, millones de personas se acercan a determinadas opciones políticas no después de leer grandes tratados ideológicos, sino porque perciben en ellas una posibilidad concreta de frenar una decadencia que sienten cada vez más próxima.

Desde luego, este tipo de hombre puede ser engañado mediante la demagogia, la manipulación o el sentimentalismo. Pero difícilmente puede mantenerse ese engaño indefinidamente. Antes o después, la experiencia acaba imponiéndose y la realidad termina corrigiendo las ilusiones.

Después aparece el semi-hábil. Se trata del hombre inteligente que comienza a descubrir las incoherencias del mundo, del sistema o del grupo al que pertenece. Sin embargo, ese descubrimiento lo conduce a una nueva forma de ingenuidad: una ingenuidad más sofisticada, más intelectual, pero ingenuidad al fin y al cabo.

Es quien se hace consciente de las ilusiones compartidas y, al hacerlo, cree haber alcanzado automáticamente toda la verdad. Descubre las contradicciones del sistema, de los partidos y de las organizaciones humanas, y concluye entonces que toda participación práctica en ellas constituye una forma de complicidad o de traición.

Los semi-hábiles suelen reunirse entre sí y atraer a quienes perciben los mismos problemas que ellos. Sin embargo, su propia tendencia a la crítica permanente termina empujándolos hacia nuevas divisiones. 

Así, pasan con frecuencia de una causa a otra o fundan una nueva organización, convencidos de que esta vez sí han encontrado la fórmula correcta. Y, cuando tampoco esta responde a sus expectativas, muchos terminan refugiándose en el escepticismo o en una resignación pragmática. 

La experiencia histórica, sin embargo, muestra que la política rara vez funciona de modo ideal. Las sociedades no se construyen desde laboratorios doctrinales. Se construyen observando la realidad y mediante equilibrios imperfectos, alianzas parciales, retrocesos, sí, pero también avances graduales y una comprensión realista de las limitaciones humanas.

Quien no comprende esto termina cayendo en la tentación de la pureza. Y la pureza política conduce, casi siempre, a la irrelevancia.

Muchos de esos nuevos movimientos cuentan con personas inteligentes, cultas e incluso valientes. Algunas realizan diagnósticos certeros; otras detectan contradicciones reales tanto en el sistema como en las fuerzas que pretenden reformarlo. Sin embargo, con frecuencia confunden la lucidez crítica con la eficacia política. Creen que señalar las imperfecciones basta para construir una alternativa y olvidan que toda herramienta humana será necesariamente imperfecta.

Quizá ahí resida hoy una de las principales responsabilidades de quienes desean reformar España: evitar que el exceso de doctrinarismo destruya la posibilidad misma de construir una mayoría social capaz de cambiar algo.

Porque el sistema no teme especialmente a los grupos pequeños, por muy coherentes que sean entre sí. Lo que verdaderamente teme es cualquier fuerza capaz de unir sensibilidades diversas alrededor de unos principios comunes lo suficientemente amplios como para convertirse en una mayoría política.

Pero no seamos ingenuos: toda organización política está formada por seres humanos. Y los seres humanos son contradictorios, ambiciosos, vanidosos, cambiantes y limitados. Pretender una organización completamente pura, perfectamente coherente y libre de mediocridades humanas equivale, en el fondo, a desconocer la propia naturaleza del hombre.

Consciente, realista, práctico y humilde. Así concibe Pascal a su tercer tipo: el hombre hábil. Es la persona que ve con claridad las contradicciones del sistema. Comprende las limitaciones de los distintos grupos. Percibe las miserias personales, los oportunismos, las luchas internas y las incoherencias inevitables de toda acción política. Pero, a diferencia del doctrinario, entiende además algo fundamental: destruir constantemente las herramientas imperfectas sólo sirve para fortalecer aquello que se pretendía combatir.

Sabe distinguir entre lo esencial y lo secundario. Comprende que ningún gran cambio histórico se produce mediante pequeños grupos encerrados en su propia perfección ideológica. Los cambios reales ocurren cuando una fuerza política logra conectar con una intuición profunda del pueblo y acumular suficiente respaldo social como para transformar gradualmente las estructuras existentes.

Podríamos ilustrar la diferencia entre los tres tipos mediante un ejemplo: la actitud de distintos hombres ante la figura del rey. El ignorante y el hombre hábil se inclinan ante el rey; el semi-hábil no. El ignorante ve en el rey la autoridad e incluso un designio divino; ve paternidad y justicia, y ese respeto que nace de él lo mueve a inclinarse. El semi-hábil ve en el rey a un hombre más. No se inclina, denuncia la falsedad del sistema y luchará por destronarlo e imponer sus ideas, que considera la mejor solución para la humanidad. El hombre hábil, al igual que el semi-hábil, ve también en el rey a un hombre. Pero ve, además, la necesidad de estabilidad y de paz, la tradición secular, lo sagrado y el símbolo que se encarnan en la frágil persona del monarca. Por eso se inclina ante el rey e intenta, mediante su servicio, trabajar por el bien común del reino.

Pascal, sin embargo, iba todavía más lejos, pues distinguía un cuarto tipo de hombre. Por encima del pueblo sencillo y también por encima del hombre hábil, situaba al cristiano. No como un fanático político ni como un moralista arrogante, sino como aquel que comprende que toda construcción humana será necesariamente limitada porque el propio hombre lo es; porque sabe que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, pero también que esa imagen ha quedado herida por el pecado y exige un trabajo constante de restauración.

El cristiano entiende que ninguna victoria política redimirá por completo al ser humano. Que ningún sistema eliminará definitivamente el egoísmo, la soberbia o la corrupción. Que toda política consiste, en cierta medida, en la administración imperfecta de una naturaleza herida.

Y precisamente por eso puede actuar en el mundo sin idolatrarlo. Sin caer en la ingenuidad de quien cree que todo está bien, ni en la soberbia de quien se considera depositario de una pureza absoluta desde la que condenar permanentemente a los demás. Consciente de sus propias debilidades y de las del mundo, elige la primera línea de batalla, la posición que mejor le permita trabajar por la construcción del Reino.

Quizá esa sea la lección más valiosa para nuestro tiempo: comprender que la política exige convicciones firmes, pero también prudencia; ideales elevados, pero también sentido de la realidad. Porque las naciones no se transforman mediante sectas de doctrina perfecta o de puro proceder, sino mediante la capacidad de reunir a hombres imperfectos en torno a grandes objetivos comunes. Y quien olvida esta verdad acaba sacrificando la posibilidad del bien real en nombre de una perfección imaginaria.

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