Algunas ideas anti petardeo (feminista y moderno)

La dinámica de enfrentamiento de sexos, de edades, de Villarriba y Villabajo, permea y nos destruye a diferentes niveles.

La contemplación del delirio y el postureo, la engañifa, en que ha derivado gran parte del feminismo, la cara dura y el negociete, me han tentado estos días para escribir al respecto. No me he considerado feminista nunca, para mí aquello de «no hay judío ni griego, ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo» (de la epístola de San Pablo a los Gálatas) me ha bastado. 

Creo así que para defender la dignidad de las mujeres no hace falta «ser feminista». Además, bajo esa etiqueta se han podido dar demandas sensatas −que otros antes y después defendieron y defienden− y espantos como el aborto. Pero hacer un análisis sereno y justo al respecto llevaría un espacio y tiempo que aquí no tengo. Necesitamos un reseteado para librarnos de gran parte de los tics y petardeos que han impregnado el ambiente, algunos son evidentes. 

Hay dos pasos fundamentales previos: el primero sería superar ese deseo mimético del que se ha alimentado gran parte del feminismo, algo que sólo puede hacerse sabiéndose una amada incondicionalmente tal y como una es. El segundo, curiosamente complementario a éste (y en absoluto contradictorio), es superar el egocentrismo que evidentemente afecta hombres y mujeres, a cada uno a menudo de diferente manera. No somos nadie el centro del mundo, aunque toda la «pedagogía» de los últimos años se haya empeñado en ello. De estos dos grandes pasos se derivaría el resto, aquí expongo sólo unas ideas. 

No escuches a quien te dice (nos dice) continuamente «qué mona eres» («qué lista», qué lo que sea): como esas mosquitas muertas (que las mujeres tan bien conocemos), los supuestos «aliados» de diferente pelaje suelen ser los que menos «quieren» a las mujeres, dicho burdamente (espero que se me entienda) bien por exceso, bien por defecto: unos son lobos vestidos de corderos, a otros no les interesamos de ninguna manera.

Cree así menos al último experto o experta (charlatán, influencer, rellena como quieras) que da lecciones sobre lo que sea: para y mira un poco a los que viven ese tema (no pontifican, lo viven) y puedes, oh, cielos, tenerlos cerca, aunque sean menos fotogénicos. Si es cocina, tu abuela (no la última boba «real food» que se pone el delantal un viernes); si es familia, quienes han sacado hijos adelante contra viento y marea, quienes no han encadenado fracaso tras fracaso sentimental, etc. Si es estudios, profesión, yo diría que en general a quienes menos salgan en medios. 

Fúmate un puro a los veinte y a los sesenta, pero de verdad, no para la galería. Ponte al mundo por montera y ríete de la corporate ladder si te apetece. Bajo el «empoderamiento» (palabra espantosa donde las haya) hay una cháchara insoportable y más falsa que Judas. Hay jefes y jefas malos y buenos, no es cuestión de sexos. Hay buenos y malos compañeros y compañeras de trabajo. La absoluta chorrada de «si las mujeres mandasen» es para la zarzuela.

 ¿Es tu vida profesional interesante, quieres dedicarle tiempo, crees −esto es lo más importante− que es lo que debes hacer? Perfecto. ¿Es fundamentalmente un modo de ganarte la vida, de poder pagar facturas? Estupendo también. Sé consciente de lo que sea y también de que nadie puede tener todo al mismo tiempo. Hacemos concesiones y cesiones todos (todas) todo el tiempo. 

Por cierto, desear tener un marido, un compañero de vida, que te quiera y, oh, qué horror, te proteja (y tú a él de otra manera), una familia estable, hijos, nietos, no es una «aspiración» vergonzante, es un deseo netamente humano. Reconocerlo sin vergüenza, sin temor a ser tachada de «antigua», es un paso importante. La labor de destrucción está tan bien hecha que empieza en el alma de muchas mujeres incapaces incluso de poder expresarlo internamente. 

Valora la amistad, cultívala. Junto a la familia, la amistad nos hace a todos, hombres y mujeres. Y la amistad entre hombres y mujeres es el gran hallazgo del siglo XX, tal y como Julián Marías explicaba. No estamos en bandos diferentes, ni en la familia ni fuera. Recuperar un espacio, varios espacios, diferentes, de amistad es una de las prioridades que tenemos. Hay una tierra quemada de desconfianza y recelo en grados diferentes entre los dos sexos −especialmente entre las personas jóvenes− que tenemos que sanar.

Aprende de las personas alegres, no de las que están continuamente enfadadas encizañando y desuniendo. Crear vínculos, lazos, unir, era una labor que «antiguamente» se encomendaba muy en concreto a las mujeres… formal e informalmente. La dinámica de enfrentamiento de sexos, de edades, de Villarriba y Villabajo, permea y nos destruye a diferentes niveles. Superar etiquetas, alimentar relaciones, re-construir lo roto, el alejamiento o la indiferencia (de hermanos, de amigos, desde ahí al resto) es una de las tareas más necesarias actualmente.

¿Hay más? Mucho más, pero lo dejaremos para otro día.

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