El 20 de noviembre, coincidiendo con el cincuentenario de la muerte de Francisco Franco, Movistar+ estrenó Anatomía de un instante, que no solo narra el golpe de Estado del 23-F de 1981 sino que profundiza en cómo se gestó el régimen de la Transición desde dentro. Y lo hace a través de los ojos de sus protagonistas pues, en cada uno de sus cuatro episodios se toma la mirada de notorias figuras políticas y militares (unos más y otros menos, como veremos) en aquellos momentos en los que la Constitución de 1978 y la democracia comenzaban a andar en España.
Los tres primeros se centran en los tres parlamentarios que no se echaron al suelo en el momento en el que el teniente coronel Antonio Tejero entró en el hemiciclo: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y el dirigente comunista Santiago Carrillo. En cambio, la miniserie cierra con la mirada de los generales Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch y la del guardia civil Antonio Tejero tanto en la conspiración, como en el golpe y en el juicio posterior.
«El político abulense es en Anatomía de un instante una especie de maquiavélico, calculador, mentiroso, frío y con ansias de ser presidente y de legitimarse en dicho cargo»
En su columna del 2 de diciembre en La Gaceta, el historiador José Javier Esparza señaló las distorsiones históricas, errores y falsedades de las que estaba repleta la serie. Y estos no se hacen esperar. Ya en el primer capítulo, queda minimizada la importancia que tuvieron en este proceso Torcuato Fernández Miranda, situado por Juan Carlos I al frente de las Cortes y del Consejo del Reino, dos instituciones clave, y Manuel Fraga Iribarne, hombre fuerte de ese primer gabinete de la Monarquía y que fue nombrado vicepresidente segundo del Gobierno para Asuntos del Interior de España, que, de facto, era un cargo resultado de la unión del Ministerio de Gobernación a las funciones de vicepresidente. Si Fernández Miranda queda reducido al hombre que lleva churros con chocolate a Suárez y el que le entrega el borrador de la Ley para la Reforma, Fraga, que había asumido inicialmente el peso de la reforma, ni aparece.
Por otro lado, tenemos el cambio del trato a la figura de Adolfo Suárez, idealizada hasta el momento en el imaginario español. Muchos recordamos a ese Suárez cauto y conciliador que nos mostraron en la serie Adolfo Suárez, el presidente (2010) o el documental de TVE del año 2013 con motivo del 35.º aniversario de la Constitución, que otorgaban a Suárez un trato casi hagiográfico. En cambio, el político abulense es en Anatomía de un instante una especie de maquiavélico, calculador, mentiroso, frío y con ansias de ser presidente y de legitimarse en dicho cargo.
«En su cargo de consejero de Orden Público, Carrillo era responsable del control civil y de las cárceles madrileñas durante la Guerra Civil española»
Sin embargo, el mayor ejercicio de malabarismo de la serie se hace en el segundo capítulo, centrado en Santiago Carrillo, el proceso de legalización del PCE y la vinculación de este acto al 23-F. Y no solo con el trato que se le da al dirigente comunista, sino al episodio histórico más sangriento vinculado a él: las matanzas de Paracuellos. De ellas se dice que «Durante dos semanas más de 5000 fascistas y militares rebeldes fueron sacados de las cárceles madrileñas y ejecutados sin juicio». No se narra nada de forma correcta: ni duración, ni cifras ni descripción de los ejecutados. No tardan en sucederse más errores, en la conversación entre Suárez y Carrillo, en la que el primero le espeta la responsabilidad de Paracuellos y le dice «usted presidía la Junta de Defensa» (cuestión que no es cierta, pues esta era presidida por José Miaja y en la que Carrillo era consejero de Orden Público). Además, Carrillo, al ser interpelado por Suárez por ser el artífice de las matanzas contesta «Yo no di esa orden. Di otras. Esa no. Jamás. […] No me lo hubiera perdonado nunca».
Pero, hablemos de Paracuellos. Si bien es cierto que Santiago Carrillo fue uno de los implicados en un proceso de asaltos a cárceles, despliegue de terror a través de la chekas o de sacas de presos para ser asesinados, no fue el único y continuó una dinámica que estaba sucediendo en Madrid y que se aceleró con la salida del Gobierno hacia Valencia el 6 de noviembre de 1936 y la inminencia de la llegada de los alzados a Madrid. En su cargo de consejero de Orden Público, Carrillo era responsable del control civil y de las cárceles madrileñas y es posible que se viera alentado por los asesores de la Komintern, Vitorio Codovilla y Mijail Koltsov, agente personal de Stalin en España, a purgar a los presos que abarrotaban las cárceles madrileñas, tal y como señala Esparza en El terror rojo en España (Áltera Ediciones, 2007).
«En las matanzas de Paracuellos no solo se asesinó a falangistas y militares, sino también a obreros, religiosos, funcionarios y personas pertenecientes a familias de clase media, como el escritor Pedro Muñoz Seca»
El modus operandi para las matanzas de Paracuellos era el siguiente: miembros de la DGS y milicianos de distinta índole se presentaban las cárceles Modelo, San Antón, Porlier y Ventas con órdenes de extracción y traslado y, posteriormente, eran llevados a Paracuellos (y otras localizaciones de Madrid), donde eran fusilados. Estas estaban firmadas en muchos casos por Segundo Serrano Poncela, delegado de Orden público y lugarteniente de Carrillo. Ahí está la implicación en Paracuellos del líder comunista y que puede abarcar tanto las vías de participación directa, conocimiento y omisión de su deber de garantizar la seguridad de los presos.
Las extracciones y matanzas se extendieron los días 7, 8, 9, 18, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 de noviembre y los días del 1 al 3 de diciembre. No fueron «dos semanas», sino casi un mes entero de asesinatos. En total, se firmaron órdenes de extracción para 2936 personas, en las que no solo había falangistas y militares, sino obreros, religiosos, funcionarios y personas pertenecientes a familias de clase media, entre los que estaba el escritor Pedro Muñoz Seca, el abogado Ricardo de la Cierva o el futbolista Monchín Triana. Incluso hubo 276 menores de edad asesinados. Ni todos eran «fascistas y militares», ni fue durante dos semanas, ni se puede afirmar que fueran 5000, pues las cifras siguen copando el debate historiográfico, ni se puede exonerar a Carrillo.
«1980 fue el año sangriento del terrorismo en España: 133 asesinatos (128 de ETA y 5 del GRAPO), un muerto cada 60 horas, más de 450 atentados y casi un atentado diario»
Si con el episodio de Carrillo se hicieron malabares, el que protagoniza Gutiérrez Mellado es un auténtico despliegue de trilerismo. En primer lugar, el narrador incide en la intensa actividad terrorista en la España de los años 80, pero no hay una mención explícita a el victimario hasta casi la mitad del capítulo en una conversación entre Gutiérrez Mellado y el general Armada: «¿Qué democracia? ¿La que deja que nos maten? ETA está acabando con nosotros. Todos los días cae asesinado uno de los nuestros y nadie hace nada». Y no es exagerado, 1980 fue el año sangriento del terrorismo en España: 133 asesinatos (128 de ETA y 5 del GRAPO), la mayor parte militares y miembros de las FCSE, un muerto cada 60 horas, más de 450 atentados y un casi un atentado diario.
Ese fue el gran motivo del hartazgo del Ejército y la Guardia Civil y que llevó, en gran parte, al golpe de Estado del 23-F. La legalización del PCE y la entrada de los diputados comunistas al Congreso no tuvieron la importancia que les atribuye el relato. Tampoco la tuvo Carrillo en la Transición, tal y como intenta hacer ver la serie, pues este tuvo un peso más simbólico que verídico, tal y como se pudo comprobar en las sucesivas elecciones.Pese a que la serie cierra con los tejemanejes de la conspiración, el núcleo de la trama está en los anteriores capítulos. Y a estos les podemos atribuir un relato, además de un manejo de la Historia, que dista de lo que fue la Transición. Y, como señala Esparza en su columna, no es otro que la habitual dinámica de la izquierda de manipular la historia de España, crear una narrativa que les favorezca y esté alejada de lo que realmente sucedió. Y un buen ejemplo es esta caricatura de Anatomía de un instante, donde nadie es bueno y virtuoso, salvo que sea heredero del felipismo.