Ayuso, Sheinbaum y la Hispanidad reducida a bronca política

El choque mediático entre dos líderes hispanas oculta más que ilumina el debate histórico

Era un viaje institucional de rutina y terminó en incendio diplomático. Isabel Díaz Ayuso planeaba asistir a los Premios Platino de cine, que se celebraron en la Riviera Maya, y terminó por volverse a la capital de España alegando «boicot internacional» y temores por la falta de seguridad. Todo por unas declaraciones previas donde alabó a Hernán Cortés, describió el mestizaje como un proceso «basado en el amor» y proclamó que «México no existía antes de los españoles». Sus afirmaciones causaron gran malestar en el país, alimentando la discordia entre dos naciones que históricamente han gozado de buenas relaciones bilaterales.

La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, no tardó en replicar, algo que no sorprende dado su largo historial de alimentar la Leyenda Negra antiespañola. Es conocida por exigir disculpas al rey de España por la conquista, petición que fue parcialmente satisfecha por Felipe VI, con la inestimable complicidad de nuestra izquierda decolonial en añadir presión al asunto (especialmente del actual ministro de Cultura, Ernest Urtasun, que siempre ha llevado a gala su rechazo a la tradición española, desde los toros a la propia Hispanidad, que considera sospechosa de fascismo). Sheinbaum calificó la visita de Ayuso como «fallida», acusando a la presidenta de Madrid de una profunda «ignorancia histórica». En tono irónico, la mandataria mexicana restó peso político a las quejas de la líder madrileña, sugiriendo que en realidad solo había viajado para pasar «tres días de vacaciones».

Llama mucho la atención el contraste entre la discordia que siembran los políticos y la fraternidad de nuestros mejores artistas e intelectuales a ambos lados del Atlántico. Lo explicó de manera cristalina el premio Nobel Octavio Paz en una tercera de ABC de 1985: «El odio a Cortés no es odio a España, es odio a nosotros mismos. El mito nos impide vernos en nuestro pasado y, sobre todo, impide la reconciliación de México con su otra mitad. El mito nació de la ideología, y sólo la crítica de la ideología podrá disiparlo. Cortés debe ser restituido al sitio a que pertenece, con toda su grandeza y todos sus defectos, a la historia. Apenas Cortés deje de ser un mito ahistórico y se convierta en lo que es realmente, un personaje histórico, los mexicanos podrán verse a sí mismos con una mirada más clara, generosa y serena», vaticinaba.

Gustavo Celorio, intelectual mexicano y actual premio Cervantes, cargaba contra la bilis de Sheinbaum en un número reciente del suplemento El Cultural: «Desde que surgió esa solicitud de perdón en 2019, manifesté en el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Córdoba, Argentina, que me parecía un despropósito del Gobierno mexicano exigir al Estado español perdón por los abusos cometidos durante la Conquista en un país que aún no era México cuando España aún no era España, hacía medio milenio», explicaba. «Hay en esa solicitud una actitud retrotópica que siente nostalgia por un paraíso perdido que nunca existió en cuanto tal y que no acaba de asumir la parte dominante de su identidad, sin la cual México simplemente no sería México», concluía.

Tampoco hay que picar tan alto para entender lo distorsionada que está la polémica. Este mismo mes, en el Movistar Arena de Madrid, el reguetonero boricua Arcángel compartía desde el escenario una visión popular: «Orgulloso de todas mis creencias, orgulloso del idioma que cargo, orgulloso de la madre patria que fue y nos dio luz. Porque nosotros éramos indios. Llegaron esta gente y nos pusieron a hablar y nos pusieron a creer y nos pusieron a valer. Los cabrones que se pasan diciendo por ahí que España le debe una disculpa a América. Cabrón, ¿y esa estupidez, cabrón? ¿En qué mundo tú vives, hijo de puta?». A pesar del tono macarra, ofreció argumentos concretos: «Ah, que se robaron el oro, que esto. Cabrón, ¿y las calles, y las escuelas, y las iglesias que construyeron pa’ que tú fueras educado hoy en día? ¿De dónde salió, hijo de puta?», continuó mientras se escuchaban los vítores del público. No es devoto del discurso de Sheinbaum.

La tangana no parece haber hecho bien a ninguna de las dos dirigentes. Incluso diarios ayusistas de Madrid, caso del digital The Objective, recientemente premiado por el ayuntamiento del Partido Popular, recibieron con enorme recelo la bronca de Ayuso. Ricardo Cayuela Gally, editor mexicano y referente intelectual, explicaba esto sobre la posición de la presidenta madrileña: «Es una lectura tan dogmática como la indigenista. Reduce la complejidad de la conquista y el virreinato a un relato edificante de cruz, imprenta y universidades. Y la historia real es mucho más incómoda, contradictoria y fascinante», escribía. «México mantiene una relación profundamente conflictiva con Cortés. Y esto pese a que Cortés pertenece a la historia mexicana mucho más que a la española. Es una figura constitutiva de México, no de España. La nación mexicana no es una continuidad indígena imaginaria, pero tampoco es una simple prolongación peninsular», recuerda Gally.

Otro dato esencial que han subrayado diversos expertos es que Claudia Sheinbaum y Antonio Manuel López Obrador ocultan de manera interesada sus orígenes europeos. Obrador tiene un abuelo cántabro, mientras que los padres de Sheinbaum son judíos askenazíes. La tendencia política a la simplificación del debate tiende a malbaratarlo.

Es algo que destacaba también el columnista español Hughes, con su humor habitual, en un texto titulado «La Hispanidad chanante de Ayuso». Compartimos un fragmento: «Ayuso está abusando del concepto hispanidad como abusa del concepto capitalidad. ¿Cómo qué ‘Madrid capital de la Hispanidad’? Madrid es capital de España, y su región, la que ella preside, una aspiradora de recursos precisamente por esa capitalidad (…) Ayuso mezcla el 78 con el 2 de mayo, las témporas con Cristóbal Colón, y a Hernán Cortés con Savater y sale un pisto mareante. Es un cocido de peyote. La Hispanidad es un tesoro, una finura un poco propicia a la divagación, a la que llamamos así porque algún nombre hay que ponerle. Pero su capital no es Madrid, es el español, es la lengua española», destaca.

El diario madrileño El Mundo, férreo defensor de la presidenta madrileña ha publicado también una tribuna cuestionando el beef iniciado por la líder del Partido Popular. La firma Yaiza Santos con el título «La noche triste de Ayuso». Un fragmento: «En un discurso inesperadamente ñoño, habló del mestizaje como ‘el mensaje de la esperanza y la alegría’ y ‘una historia de cinco siglos de amor’, borrando las matanzas y las epidemias, el trauma para los indígenas de ver su mundo destruido, recogido en Visión de los vencidos por Miguel León Portilla. Habló de Isabel la Católica como forjadora de la igualdad y –atención, judíos; escucha, Boabdil– de la pluralidad, pasando de ella a Hernán Cortés y las Leyes de Indias como quien va de las Leyes del Movimiento a la Constitución española en una frase. Y lo más hiriente, que da vergüenza interpretar: dijo que viene ‘de ese Madrid que hoy tiene a muchas malinches en el metro, en las calles, en los colegios’. Con sus confundidas palabras, dio alas innecesariamente al populismo al que pretende combatir y, para dolor de los que esperamos un poco de razón en la política, cayó en los mismos errores», lamentaba Santos.

Visto a toro pasado, quedan pocas dudas de que Ayuso enfocó está polémica desde su trinchera política personal, alimentando el cruce de reproches. No dudó en calificar la gestión del partido gobernante Morena como propia de un «narcoestado» (que no lo niego, pero tampoco viene a cuento en este debate).

También denunció públicamente las alarmantes cifras de homicidios, violencia y desapariciones que asolan a México, utilizando este fracaso nacional para trazar un paralelismo con la deriva política que sufre la España sanchista en cuestiones de seguridad. Esta estrategia buscaba desgastar la imagen internacional del Gobierno mexicano, pero también golpear indirectamente a sus adversarios políticos en el plano doméstico español. Es una operación mezquina y miope, que no hace ningún favor al necesario renacimiento de la Hispanidad.

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