Cristianos perseguidos: la realidad de la que no se habla

En países como Nigeria, Burkina Faso y Mali los yihadistas extorsionan y masacran a quienes se niegan a someterse a ellos. Los cristianos suelen ser las víctimas de este proceso
Cristianos perseguidos

Sobre los cristianos perseguidos se cierne un silencio que se rompe muy puntualmente, cuando alguna atrocidad de grandes dimensiones (como el pegarle fuego a una iglesia con sus fieles dentro) se cuela en las noticias… para regresar al silencio casi inmediatamente después. En el ranking de víctimas actual, los cristianos cotizan más bien poco. En el fondo, seguramente, porque a ellos se les reserva el papel de malvados opresores en eso que llaman la narrativa dominante, y no vamos a estropear un buen relato por unos cuantos millones de cristianos perseguidos.

Otro de los momentos en que estas víctimas incómodas consiguen un poco de atención es cada dos años, cuando Ayuda a la Iglesia Necesitada publica su informe sobre libertad religiosa en el mundo. 

El informe correspondiente a 2025, que abarca el periodo comprendido entre enero de 2023 y diciembre de 2024, se hizo público hace unas pocas semanas. En él se expone una situación especialmente preocupante: casi dos tercios de la humanidad, es decir, 5400 millones de personas, viven en países donde la libertad religiosa está seriamente amenazada. En concreto, 62 países sufren violaciones significativas de la libertad religiosa; de estos, en 24 la situación puede ser calificada como «persecución», mientras que en los 38 restantes se produce «discriminación religiosa». 

Lo primero que salta a la vista es la magnitud del fenómeno, que desde España podemos considerar algo lejano. Si hay una situación en la que la tópica acusación de eurocentrismo puede encerrar algo de verdad es en nuestra ignorancia hacia estas persecuciones.

¿Y dónde es más intensa la persecución?

El informe es también claro, si bien en este caso hace una pequeña concesión de lenguaje cuando afirma que los regímenes autoritarios son el principal factor de represión. En realidad, los que califica como «autoritarios» son principalmente regímenes comunistas o islámicos: China, Irán o Nicaragua figuran entre los casos más paradigmáticos por su modus operandi: control de las instituciones religiosas, encarcelamiento de sus líderes, destrucción de lugares de culto y prohibición de reuniones religiosas son lo habitual en estos países.

El yihadismo es un protagonismo especialmente violento de esta persecución: en 15 países el terrorismo islamista es la principal causa de persecución. Desde el Sahel hasta Paquistán, grupos islamistas tratan de establecer zonas donde se impone la ley islámica sin contemplaciones. Aprovechando el fracaso de los gobiernos para ofrecer un mínimo de prosperidad y estabilidad, los islamistas afirman imponer un orden islámico y libre de corrupción. En países como Nigeria, Níger, Burkina Faso o Mali se repite un mismo patrón en el que los yihadistas extorsionan e incluso masacran a quienes se niegan a someterse a ellos. Los cristianos suelen ser las víctimas de este proceso. Cuando se hace imposible permanecer en una zona dado que las condiciones de seguridad se han deteriorado hasta extremos insoportables, estos cristianos se ven obligados a huir.

Es entonces cuando, como ocurre en Nigeria, sus tierras son inmediatamente ocupadas por familias fulani. De este modo, zonas enteras del territorio del Sahel están sufriendo una limpieza étnica que hace que, según el Informe Global sobre Desplazamientos Internos (GRID), la cifra de desplazados en África haya alcanzado ya la cifra de 38,8 millones. En los alrededores de Uagadugú, en Burkina Faso, al este de Chad y al sur y este de Nigeria, poblaciones desposeídas se instalan en enormes barrios marginales, donde tienen grandes dificultades para ganarse la vida, acceder a una higiene mínima o escolarizar a sus hijos. Y mientras esto sucede, los grupos yihadistas, solamente en 2024, han sido responsables de al menos 22 307 muertes, una cifra récord que representa un aumento del 60% con respecto al período 2020-2022.

En Oriente Medio, por su parte, la hemorragia de cristianos continúa en la mayoría de los países. Quizás el país donde la situación es más trágica sea Siria, donde desde la caída de Bashar al Assad a finales de 2024, los cristianos viven bajo el terror a los grupos yihadistas fuera de control que pululan por el país y que ya han protagonizado diversos ataques mortales.

Otro de los focos principales de persecución es China, el país comunista más poderoso del mundo, donde la presión sobre los cristianos es intensa para que adapten su credo a la doctrina del comunismo versión Xi Jinping, lo que el régimen llama «sinización». La novedad, en China, es el uso de las tecnologías digitales y de la inteligencia artificial (IA) para labores de vigilancia religiosa. Hay que pensar que en China hay desplegadas más de 700 millones de cámaras con software de IA que graban constantemente a la población. Estas herramientas permiten identificar quién asiste a misa, quién enseña catecismo o incluso quién se pone en contacto con un sacerdote. En otro país comunista, Corea del Norte, el régimen captura automáticamente la pantalla de los teléfonos cada cinco minutos para detectar de este modo cualquier actividad religiosa realizada con ellos.

En otras regiones del mundo, la Iglesia sufre una represión menos sangrienta pero no menos organizada por parte de Estados cuya ideología se inspira en el comunismo. Es el caso, por ejemplo, de países hispanoamericanos como Venezuela, Cuba o Nicaragua. En este último, la situación se ha agravado dramáticamente desde las manifestaciones antigubernamentales de 2018 y las expulsiones arbitrarias de sacerdotes e incautaciones de bienes de la Iglesia están a la orden del día.

Pero la persecución religiosa no se limita al islamismo y al comunismo, también tiene su origen en un nacionalismo de tipo etno-religioso. Sucede así, por ejemplo, en la India o en Myanmar (la antigua Birmania), donde las mayorías hindú y budista respectivamente practican lo que se ha bautizado como «persecución híbrida», que combina legislación discriminatoria con estallidos de violencia. Por último, en los países sacudidos por la corrupción o la guerra civil, el crimen organizado se convierte en un actor directo de la persecución: en esos casos los sacerdotes y religiosos son blanco de secuestros, extorsiones o asesinatos.

Como ven, un panorama muy diferente del que uno podría imaginar a tenor de la información que recogen la mayoría de los medios de comunicación. Lo decíamos al principio: la clave de este silencio es que las persecuciones a cristianos no encajan en el relato hegemónico. A veces incluso, y es más doloroso, con el relato asumido por la propia Iglesia (el caso de China, que oficialmente está haciendo «avances» en la buena dirección mientras en la realidad hace desaparecer a los obispos que no se pliegan a sus abusos es particularmente sangrante). Pero si nosotros callamos, las piedras gritarán que los cristianos siguen siendo perseguidos con saña en muchos lugares del mundo, pero también que su sangre sigue siendo semilla de cristianos. 

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