Lo primero que debemos decir es que no podemos imaginarnos el malestar que debe de sufrir el progresista medio ante la marea de fenómenos culturales católicos que se produjeron en España el año pasado. No es solo el arrase en los cines de Los domingos, ni el triunfo de Rosalía con Lux, que por cierto será la protagonista de Semana Santa con los llenazos de su gira española. También han tenido que sufrir reveses como el del éxito del evento masivo El Despertar en el Palacio de Vistalegre, la marea juvenil en conciertos de Siloé o Hakuna y el despegue de influencers católicos como Rene ZZ, además del interés que despertó León XIV en todas las franjas de edad. O el fuerte rebrote del debate sobre filósofos devotos como Simone Weil y Byung Chul Han. Deben de estar como la Casa Blanca en los setenta cuando recibían noticias de Vietnam.
«Dan ganas de rezar por ellos, como dice la frase clave de la película»
La directora de Los domingos pasó semanas disertando ante la prensa sobre «comprender al otro», presentar conflictos «sin dejarse llevar por los prejuicios» y reconocer lo «poderoso y verdadero» del proceso de discernimiento vocacional de la protagonista, una chica de 17 años que quiere ser monja. De repente, recogiendo un premio en la gala de los Forqué, declara que Los domingos es una película que explora «cómo el adoctrinamiento religioso puede distorsionar tu percepción o tus sentimientos». ¿Por qué este cambio repentino?
Ojo a este aplauso digital: «Alauda Ruiz de Azúa dejando claro de qué va su película. Y se agradece que lo haga», escribe el periodista cultural progresista Javier Zurro, referente en cine de Eldiario.es, en la red social X. Zurro confirma que su visión de la cultura es la de espacio para imponer dogmas, en vez de dejar al lector que piense por sí mismo. Tanto Zurro como Ruiz de Azúa tratan a los espectadores como menores de edad que necesitan pastoreo político. Que nadie dude que el cristianismo es «adoctrinamiento» que «distorsiona tu percepción». Dan ganas de rezar por ellos, como dice la frase clave de la película.
«Esa respuesta desde abajo la dio en esta ocasión Patxi Bronchalo, un cura de Leganés con una experiencia contraria a la de Silvia Abril»
A estas alturas, ya se sabrán de memoria la performance de la humorista millonaria Silvia Abril (pareja de Andreu Buenafuente) en la alfombra roja de los premios Goya, donde pronunció estas palabras. Frente a la pregunta clásica sobre sus películas favoritas para ganar los Goya 2026, decidió contestar lo siguiente: «Mira que Sirat me chifló, me giró la cabeza por dentro y Los domingos también, también, pero me quedo con Sorda porque creo que es más necesaria. Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano. Iba a decir lo místico, pero es que no es lo místico. Buf… a mí me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Lo siento por la iglesia. Menudo chiringuito tenéis montado. Se acabó, se acabó. Vayan saliendo…», soltaba dando rienda suelta a su superioridad moral. Muchos católicos le contestaron en redes con la frase clásica de la película: «Rezaremos por ti, Silvia».
Recuerdo un vídeo del Colectivo Gramsci, hecho por marxistas brasileños, donde le preguntaban a una señora de la favela si se consideraba feminista. Su respuesta fue que no, porque en sus años de madre soltera quienes la ayudaron no fueron las feministas sino las mujeres de su parroquia. Esa respuesta desde abajo la dio en esta ocasión Patxi Bronchalo, un cura de Leganés con una experiencia contraria a la de Silvia Abril. Corto y pego un par de párrafos:
«La última vez que asistí de cerca a la muerte de una niña fue el año pasado. La planta de oncología infantil del hospital estaba decorada con cariño para dar algo de luz en medio del sufrimiento de aquellos pequeños. Sus padres me llamaron. Estuve hablando largo rato con ellos. Me emocioné cuando su madre me dijo que la niña había dicho que sabía que iba a estar bien porque ‘iba con Jesús’. Después le administré la unción y rezamos juntos en familia. Volví por los pasillos secándome las lágrimas. Aún la recuerdo riendo con su pañuelo en la cabeza. Murió unos días después. ¿Sabe qué, Silvia? He pensado que quizá le hubiera gustado estar allí para decirle aquello de ‘Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano’. Hoy sus padres siguen adelante con un dolor inmenso y también con esperanza; incluso han recibido el regalo de otra hija», celebra.
«La izquierda lleva desde 1975 viviendo una eterna hegemonía cultural que les ha reblandecido»
Más madera: «Usted dijo también: ‘Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado’. ¿Sabe algo? En este barrio donde estoy no hay alfombras rojas ni se celebran galas. No hay salas VIP ni trajes de noche. Sí que hay camareros inmigrantes, pero aquí suelen servir café en las mesas, no están con bandejas llevando cócteles y aperitivos gourmet en las fiestas. Soy feliz aquí, quiero a este barrio. La invito a venir, Silvia. Véngase a mi ‘chiringuito’ parroquial y quédese una mañana conmigo visitando a los enfermos que ya no pueden salir a la calle porque viven en edificios sin ascensor. Escuche las historias de mujeres que están solas porque sus hijos no las visitan nunca. Oiga a hombres que viven con la herida de haber perdido hijos por la droga o el alcohol. Puede ofrecerles alguno de esos consejos que se dicen en televisión. Después, por la tarde, acompáñenos con las voluntarias de Cáritas repartiendo alimentos a familias inmigrantes. No tenemos photocall, pero puede ayudar a repartir cajas de fruta, puede mirarlas y escuchar sus historias, y comparta con ellas sus recetas sobre la fe. O quédese conmigo atendiendo a jóvenes que no logran salir de una adicción, que sufren por la ruptura de sus familias o por la angustia de no poder independizarse. Estarán encantados de escuchar sus soluciones. Luego le invito a quedarse en Misa con nosotros. Y no voy a cobrarle nada. En mi ‘chiringuito’ no entra un solo céntimo de quien no quiere darlo libremente en la declaración de la renta. En cambio, de los impuestos que yo pago, una parte irá a sus películas, lo quiera yo o no», remataba.
Existe una paradoja a la que debemos atender. La izquierda lleva desde 1975 viviendo una eterna hegemonía cultural que les ha reblandecido. Bastaba que El País cubriese solo las noticias de la Iglesia que trataban sobre abusos a menores, privilegios con el IBI y personas arrepentidas de su paso por el Opus Dei. Ahora los mismos que defendían que la Iglesia era poco menos que otra secta satánica se dedican a dar lecciones sobre el hecho de que ser cristiano exige —presuntamente— acoger masivamente a migrantes o colgar banderas LGTBIQ+ en los altares, para ser más inclusivos. Por supuesto es una estrategia que no va a salirles bien, por demasiado impostada.