Enfrentarnos a Estados Unidos no nos hace más soberanos, sino menos

Mientras España no pueda defenderse a sí misma y requiera de la protección de terceros Estados, no puede ser soberana.

La soberanía es la autoridad exclusiva de un Estado sobre su territorio y población. Pero ello presupone la capacidad de excluir a terceras potencias de ejercer la misma autoridad. ¿Cómo, si no es mediante la fuerza? Terrae potestas finitur, ubi armorum vis («La soberanía territorial alcanza hasta donde alcanza la potencia de las armas») decía el holandés Bynkershoek en De dominio maris (1702) para justificar el dominio jurídico de los Estados sobre sus aguas territoriales: si la bala de cañón alcanza tantas millas náuticas, hasta ahí llega mi dominio, porque puedo excluir a otro Estado de ejercerlo.

La soberanía presupone, por tanto, operatividad militar, y ningún ejército en el mundo ha demostrado mayor operatividad que el estadounidense. La captura de Nicolás Maduro en enero debería haber despejado todas las dudas al respecto. En menos de treinta minutos, la Fuerza Delta se infiltró en el complejo de Fuerte Tiuna, neutralizó toda resistencia inmediata, aprehendió al objetivo y abandonó el lugar en helicóptero. La idea de que Delcy Rodríguez es jefa de un Estado soberano es ridícula; la soberanía sobre el territorio de Venezuela, hoy por hoy, tiene sede en Washington DC. 

En comparación, Vladimir Putin lleva cuatro años intentando anexionarse Ucrania mediante lo que se concibió en mala hora como una operación militar de tres días. Después de tantos años de sufrimiento, parece que la soberanía rusa únicamente alcanza, por emplear los términos de Bynkershoek, a unos cien kilómetros al oeste de su frontera internacionalmente reconocida. Pero la de Estados Unidos se deja sentir más allá de su hemisferio. Así, el poderío militar estadounidense es capaz de cruzar medio mundo para descabezar de un plumazo el régimen de los ayatolás.

Con una fuerza tan arrolladora para respaldar su dominio, cualquier otro presidente de los Estados Unidos entretendría ambiciones imperiales, pero Donald Trump no. No se puede ser imperio sin afrontar fatiga imperial, y Estados Unidos no puede mantener su presencia en todos los frentes sin terminar dispersando sus fuerzas, por formidables que estas sean, hasta el punto de la inoperancia. Donde los «neocones» veían un titán orgulloso de asumir el papel de sheriff del mundo, los asesores de Trump ven un Atlas agotado de soportar sobre sus hombros el peso del globo. 

Estados Unidos no puede contener a China en el estrecho de Taiwán, a Rusia en Ucrania, a Irán y el terrorismo islamista en Medio Oriente y luchar contra la inmigración masiva y el narcotráfico en las Américas sin desangrarse. Necesita que sus socios regionales se responsabilicen de su propia defensa, desarrollen sus capacidades y se conviertan en auténticas potencias que velen por la estabilidad de sus regiones y la seguridad colectiva. Que los países de Iberoamérica controlen los flujos migratorios mucho antes de que lleguen a la frontera con Estados Unidos, que Japón y Corea del Sur garanticen la paz en el mar de China, que las naciones europeas sean capaces de disuadir a Rusia de nuevas guerras de agresión y que las monarquías del Golfo Pérsico, tras aprender de sus errores, sean las que neutralicen el terrorismo yihadista.  

Esto no es un desiderátum del que escribe, sino la visión oficial recogida en la Estrategia de Seguridad Nacional que la Casa Blanca publicó en diciembre del año pasado. En ella se rechaza explícitamente el «malhadado (ill-fated) concepto de dominación global» y se anima encarecidamente a los aliados de Estados Unidos repartidos por el mundo a ser más independientes, no menos. La ventana de oportunidad es histórica. Bajo los auspicios de Donald Trump, podemos recuperar soberanía real, operativa, reconstruyendo nuestras capacidades militares. Por desgracia, mientras países como Japón tienen gobiernos que ya se han puesto manos a la obra, nosotros en España tenemos al peor piloto imaginable a los mandos de la nave. 

Los desplantes de Pedro Sánchez a la Casa Blanca no nos hacen más soberanos. Que un crío patalee hasta conseguir quedarse despierto media hora más no lo hace independiente de sus padres, ni España sería más soberana, aunque Washington condescendiera con las ocurrencias de nuestro gobierno (y Dios quiera que no lo haga, porque significaría que ha encontrado mejores socios regionales, tal vez uno cuyos intereses sean opuestos a los nuestros).

Mientras España no pueda defenderse a sí misma y requiera de la protección de terceros Estados, no puede ser auténticamente soberana, esa es la verdad. A muchos no les importará, adormecidos por las comodidades del vasallaje, ni aunque otra horda bárbara cruce el estrecho, como en el 711. Otros se contentarán con pretender que desplantes y pataletas son demostraciones de una soberanía inexistente. Unos cuantos perseveraremos en señalar que hablar de soberanía sólo tiene sentido cuando se puede respaldar armorum vi. Y cuando llegue al poder en España un gobierno patriótico, verdaderamente soberanista, sabemos que no desdeñará la responsabilidad histórica que desde el otro lado del charco se nos ha llamado a asumir.

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