Una relación intensa y opaca
Los pasados días 11 al 15 de abril tuvo lugar la visita de Pedro Sánchez y su séquito a China, algo que se ha convertido ya en costumbre para el presidente del gobierno español, que ha viajado al país comunista cada año desde hace cuatro, ostentando así el récord de visitas a China entre los mandatarios del mundo de los tiempos más recientes. Un dato muy sintomático.
Que la apuesta de Sánchez y el PSOE por China es intensa y decidida no se puede dudar. No es sólo que haya instituido la tradición del viaje anual, sino que incluso han tenido lugar reuniones en España entre el PSOE y miembros del Partido Comunista Chino, como cuando, en 2024, se reunieron en Ferraz dirigentes chinos con Mª Jesús Montero, Santos Cerdán y José Luis Rodríguez Zapatero sin que sepamos más de aquel encuentro que se trataron «relaciones bilaterales» entre ambos partidos.
Sumisión política y silencio sobre los desmanes chinos
Este cuarto viaje ha escenificado el alineamiento en política internacional de Pedro Sánchez (y, por ende, por mucho que nos pese, de España) con la tiranía comunista china. En su discurso en la Universidad Tsinghua, uno de los lugares donde se forma la élite del régimen comunista, Sánchez no dudó en hablar en nombre del gobierno español, algo obvio, pero también en nombre del «conjunto de la sociedad española» (obviando que ni siquiera tiene el apoyo parlamentario necesario para aprobar presupuestos) para afirmar que España ha elegido «abrazar la nueva realidad». ¿Y en qué consiste esa nueva realidad que Sánchez ha decidido por su cuenta que usted y yo hemos decidido abrazar? Pues en que China es poderosa, en que hay que sumarse a sus postulados y callar sobre cómo pisotea los derechos más elementales.
«Sánchez tuvo el cuajo de presentar la sumisión a China como el colocarse en el lado correcto de la historia»
En un ejercicio de pleitesía lacayuna, Sánchez incluso llegó a proponer que lo que él llama potencias occidentales cedan a China su poder en las instituciones internacionales para así reflejar el nuevo estado de cosas en el que Sánchez nos reserva el papel de colonia de China, siempre dispuesta a acatar las órdenes de nuestro poderoso amo.
En un gesto aún más difícil todavía, Sánchez tuvo el cuajo de presentar la sumisión a China como el colocarse en el lado correcto de la historia, usando una desafortunada expresión, de origen hegeliano (puerta de cualquier abuso y desmán, pues ¿no merecen ser eliminados quienes se han situado en el lado incorrecto de la historia para así facilitar que se haga realidad lo que en última instancia es inexorable?).
La población uigur, por ejemplo, sometida a una inhumana represión que incluye campos de internamiento y reeducación (no dejen de leer al respecto Vendrán a detenerme a medianoche, de Tahir Hamut Izgil) debe de estar en el lado incorrecto de la historia para un Sánchez que se llena la boca de grandilocuentes proclamas cuando se trata de otros pueblos y lugares pero que calla en este caso para no incomodar al poderoso régimen totalitario chino, al que parece que sobre todo no hay que molestar en lo más mínimo.
«La apuesta de Sánchez de convertirnos en la colonia de China en Europa, que a su dudosa moralidad se une el problemático hecho de tensionar nuestra relación con quienes hasta ahora han sido nuestros aliados»
A nadie se les escapa, por otro lado, que la apuesta por China, además de un acto de sumisión, es un gran negocio para la corte de Pedro Sánchez. Si en otros tiempos fueron, por ejemplo, las comisiones provenientes de operaciones con Venezuela las que engrosaron las cuentas de numerosos dirigentes socialistas, ahora parece que, por motivos obvios, las comisiones chinas son mucho más apetitosas. La creación tras el viaje de un «Diálogo Estratégico permanente» es un nuevo paso en la construcción de estructuras burocráticas donde se generan y canalizan este tipo de comisiones.
Consecuencias económicas y neocolonialismo
Pero más allá del significado político de la apuesta de Sánchez de convertirnos en la colonia de China en Europa, que a su dudosa moralidad se une el problemático hecho de tensionar nuestra relación con quienes hasta ahora han sido nuestros aliados, tanto los Estados Unidos como incluso la UE, hay que atender a las consecuencias económicas de esta apuesta.
«España importa casi 50 000 millones de euros de China y exporta menos de 8000 millones, lo que nos dejó un déficit comercial de 42 000 millones de euros en 2025»
Y éstas son claras: desde la llegada de Sánchez al poder se han disparado las importaciones provenientes de China, mientras que las exportaciones españolas a China han crecido en mucha menor proporción. De esta forma se ha generado un déficit comercial de España con China que el propio Sánchez calificó como insostenible a medio y largo plazo (y catastrófico a corto plazo, nos atrevemos a añadir nosotros). España importa casi 50 000 millones de euros de China y exporta menos de 8000 millones, lo que nos dejó un déficit comercial de 42 000 millones de euros en 2025. China se ha convertido así en el segundo país del que más importamos, sólo por detrás, y por muy poco, de Alemania. Si en 2011 el déficit de nuestro país con China era de 15 000 millones, quince años después se ha prácticamente triplicado.
Pero si las cifras absolutas nos muestran un escenario muy claro, si observamos el tipo de productos que componen la relación comercial entre España y China nos enfrenta a una realidad incontestable. España exporta a China carne y despojos comestibles, principalmente porcinos y cobre. Comida y minerales. Por su parte importamos de China aparatos y material eléctrico, maquinaria, automoción, textiles, muebles o juguetes. Es decir, España exporta productos de bajo valor añadido, fácilmente sustituibles, mientras que China exporta a España productos de alto valor. No es sólo que compremos a China cinco veces más de lo que le vendemos, es que el detalle de lo que les vendemos y les compramos nos hacen especialmente vulnerables y dependientes.
Un resultado, para ser justos, que ahora se intensifica pero que tiene una larga historia, la historia de la decisión política de desindustrializar a España, con todas las consecuencias que ha tenido para nuestra pérdida de soberanía, dependencia de cadenas de suministro y empobrecimiento cada vez más difícil de disimular. La última puntilla es la llegada del gigante de la automoción chino GWM a nuestro país de la mano de una regulación europea que ha condenado a la industria automovilística europea y ha entregado nuestros mercados a las compañías chinas, cerrando así la posibilidad de reindustrializar nuestro continente.
«China se está quedando cada vez más recursos naturales de nuestro país»
Pero, argumenta Sánchez, gracias a nuestras magníficas relaciones con China nos beneficiamos de su inversión en nuestro país. Falso: entre 2018 y 2025 las inversiones chinas en España han supuesto una cifra ínfima: el 1,2% del total de la inversión extranjera, lo que coloca a China en el puesto decimocuarto entre los países inversores en España.
España no va a ser solamente un país de camareros: China se está quedando cada vez más recursos naturales de nuestro país. A cambio, nuestro país se convierte en la colonia ideal en la que colocar los productos manufacturados en China. El viejo esquema colonial, tan analizado en teoría económica, se reproduce de nuevo aquí, sólo que la metrópoli es ahora China y la colonia, estructuralmente incapaz de salir de su dependencia y precariedad económica, es España. Eso sí, con un presidente del gobierno que mientras empobrece al país enriquece a quienes forman parte del aparato del PSOE, todo bien engrasado por discursos vacuos y narcisistas para consumo de quienes, contra toda evidencia, aún creen que pintamos algo en el panorama internacional.
El atractivo del modelo de control social chino
Un último punto. A menudo se ha señalado que el tipo de colonialismo chino tiene grandes ventajas para todo tipo de tiranos y sátrapas. China no demanda a los gobernantes de los países que se integran en esta nueva forma de colonialismo ninguna exigencia de tipo político, del mismo modo que es indiferente a los crímenes más atroces y a las corruptelas más escandalosas. El trato es otro. Un tipo de relación que encaja a la perfección con el modus operandi de Sánchez.
«La política de Pedro Sánchez hacia China supone no sólo una nueva ruptura de nuestra política internacional y la sumisión a los postulados políticos de China»
No obstante, este permisivismo chino parece estar cambiando: China está actualmente promoviendo activamente la replicación de su modelo de control social en países de Asia y África donde su influencia es importante. Se trata no sólo de contratos para suministrar cámaras, sino sistemas de seguridad basados en la IA y financiados por China. Es aquí donde hay que enmarcar la polémica decisión de Pedro Sánchez de entregarle a la empresa china Huawei la gestión del almacenamiento de escuchas judiciales, y eso a pesar de la advertencia de la UE del problema que dicha concesión suponía, dada la imposibilidad de asegurar que el régimen chino no vaya a poder acceder a esas escuchas.
En definitiva, la política de Pedro Sánchez hacia China supone no sólo una nueva ruptura de nuestra política internacional y la sumisión a los postulados políticos de China, sino el establecimiento de un modelo neocolonial en el que esta vez es España la que asume el rol de colonia, renunciando a la posibilidad de revitalizar nuestra industria a cambio de una enorme dependencia, sobre todo tecnológica, de China, a oportunidades significativas de corrupción económica en el entorno del gobierno español y a riesgos de seguridad innegables.
Un camino y un papel, el de lacayos de China, que en contra de lo sostenido por Sánchez no es el deseado por el conjunto de una sociedad española que se merece mucho más.