Catástrofe, como sustantivo, se dice de todo acontecimiento que causa gran destrucción y daño, también, como adjetivo, se dice de cualquier persona, cosa o hecho que defrauda totalmente las expectativas esperadas. Ambos significados se pueden aplicar a la gobernanza del presente.
El gobierno de Sánchez ha sido y es una sucesión de catastróficas desdichas, tanto sustantivamente, como descriptivamente. Es un gobierno que ha venido acompañado de acontecimientos catastróficos desde sus inicios: la pandemia del coronavirus, el temporal Filomena, la erupción del volcán en La Palma, la guerra de Ucrania, las devastadoras inundaciones provocadas por la gota fría en Valencia (eso que ahora llaman DANA), un colapso eléctrico sin precedentes y un verano de incendios que ha hecho historia.
«Sánchez Castejón ha defraudado, una tras otra, todas las expectativas socialdemócratas posibles»
Si fuésemos antiguos pensaríamos que este gobierno es como Edipo Rey, sojuzgado por una maldición que asola a nuestra ciudad, nuestra comunidad política, y de la que haría falta descubrir su origen culpable, su mancha del pasado fatal, origen de nuestros males presentes.
Cierto que «manchas» ya estamos viendo unas cuantas, porque el gobierno de Pedro Sánchez atesora corruptelas desde su gestación, tras una sorpresiva moción de censura contra el gobierno de Mariano Rajoy, que le hizo tomar el poder confabulado con todas las fuerzas con las que había prometido jamás unirse. El adjetivo «catástrofe» bien comenzó en este momento porque Sánchez Castejón ha defraudado, una tras otra, todas las expectativas socialdemócratas posibles, descentrando y fraccionando el Estado, levantando un muro contra los adversarios políticos y traspasando todos los límites éticos y políticos para sostenerse en un difícil equilibrio de poder. Apoyado en una dictadura de minorías que le chantajean para mantener su apoyo parlamentario en interés propio, Sánchez ha comprado con dinero ajeno, el nuestro, los caprichos de unos y otros.
«Hoy debemos trabajar 228 días al año para sufragar todos los impuestos que pagamos al Estado»
Lo más catastrófico para un pueblo es estar gobernado por aquellos que no sirven sus intereses, los del pueblo, sino que son contrarios a los mismos y justamente aquí se encuentra el nexo entre Sánchez y sus socios. Encontramos en esta alianza la fuente de nuestro padecimiento fiscal, hoy debemos trabajar 228 días al año para sufragar todos los impuestos que pagamos al Estado, una cifra que estaba contenida hasta este gobierno de Sánchez Castejón y que desde 2018 ha aumentado en hasta los casi dos meses, 51 días más en total, de nuestro esfuerzo que nos expropia este gobierno para su fasto y en contra, a menudo, de nuestros intereses: ¡Menuda catástrofe!
De otra parte, nuestros derechos más fundamentales están cada vez más desprotegidos: la vida, la familia y la propiedad se han visto atacadas como nunca por las sucesivas legislaciones de Sánchez Castejón. La desigualdad entre españoles ha aumentado cotas espectaculares para mantener los apoyos de de nacionalistas vascos y catalanes. Pero las catástrofes sustantivas han sido muy numerosas y lo más catastrófico es que la gestión política de las mismas ha multiplicado sus efectos demoledores.
«Se experimentó socialmente con la población con decretos y medidas que nos aproximaron a un estado totalitario»
La gestión del COVID-19 fue pésima, lo fue, es cierto en buena parte del mundo, pero en España fue especialmente catastrófica. Teniendo un sistema de salud bastante solvente, la gestión de las administraciones y, principalmente la del gobierno central, fue ideológica y rozando un totalitarismo inédito. Se autorizó y promovió una manifestación masiva, por motivos propagandísticos, durante la primera oleada de epidemia; se mintió abiertamente hablando de «riesgo moderado», se aseguró que el Sistema Nacional de Salud estaba perfectamente «preparado» e inmediatamente se colapsó; se tardó inexplicablemente en recibir el material de protección más necesario para personas vulnerables, buscando tales recursos en un mercado chino enormemente «tensionado», donde se pagó hasta veinte veces más por productos de pésima calidad.
Se decretaron estados de alarma y se tuvo a las personas encerradas en sus casas, se experimentó socialmente con la población con decretos y medidas que nos aproximaron a un estado totalitario. En Alemania, por ejemplo, donde residía durante la epidemia, no tuvimos un solo día de confinamiento. Me sorprendía la diferencia de medidas impuestas en España a las del resto de Europa.
Nos engañaron sistemáticamente cuando se alardeó de que España era el quinto país del mundo que más test había hecho en 2020, citando un estudio de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, que no existía. Se aludía continuamente a un comité de expertos que tampoco existían, para justificar las medidas que adoptaba el gobierno.
«Las desastrosas políticas del Ministerio de Transición Ecológica han deteriorado gravemente la España rural»
Se excluyó de la atención sanitaria, por razón de edad, a miles de ancianos condenándoles a muerte, sin la más básica atención sanitaria. Hoy día nadie responde por ello. Se vulneraron todos los principios bioéticos fundamentales: autonomía, beneficencia y justicia sin que nadie del gobierno haya dado una sola explicación.
Desastrosa fue la gestión del temporal Filomena, peor gestión aun en el volcán de la Palma con un flagrante incumplimiento de las promesas de ayuda a los afectados e ineficacia en la reestructuración del territorio. Ninguna explicación por el apagón eléctrico más que obviedades y acusaciones cruzadas. No digamos de las riadas que arrasaron más de 16 pueblos en Valencia, incluso la mayor responsable del desastre, Teresa Ribera, no solo no ha dicho una palabra, no ha asumido la más mínima responsabilidad, sino que, aislada del asunto, ha sido elevada a vicepresidenta de la Comisión Europea. Esto duele y es catastrófico.
Las desastrosas políticas ideológicas del Ministerio de Transición Ecológica han deteriorado gravemente la España rural. No solo las riadas de Valencia con la gota fría sino los incendios que han asolado España este verano son su consecuencia. Teresa Ribera puede ser el paradigma de impunidad y arrogancia política ante la mala gestión y prevención de catástrofes: el político sin escrúpulos que impone su ideología y su ambición personal a la realidad sin importarle los padecimientos de las pobres gentes, en cualquier momento podemos ser tú o yo, que nos vemos afectados por cualquier desdicha.