Los domingos, Siraty Sordase llevan casi todos los premios, y Palestina acapara las reivindicaciones políticas de una gala que costó más de tres millones de euros
700.000 espectadores perdió el cine español en el último año. De los 250 millones de euros que recibió en ayudas, sólo recuperó 77. Estos datos del Ministerio de Cultura demuestran que buena parte de los desmesurados impuestos que pagamos, sirven para que los titiriteros del régimen hagan películas infumables.
Por si fuera poco, estos mismos titiriteros celebran una gran gala anual para premiar sus películas, pedir más subvenciones y recordarnos lo mucho que les preocupan los problemas de países lejanos. Son, en efecto, los premios Goya, una velada emitida por Televisión Española que ha costado más de tres millones de euros… que también salen de nuestros bolsillos.
«Sánchez afirmó que el ataque a Irán es un ‘atropello a la legalidad’, pero permitió que su señora, la pentaimputada Begoña Gómez, asistiera a la gala»
Ataviados con ropa de marca y unas chapitas que rezaban «Free Palestine», los titiriteros fueron desfilando por la alfombra roja. El más sonriente fue el organillero mayor, Pedro Sánchez, encantado de estar en uno de los pocos lugares de España donde, en lugar de «hijo de puta», le llaman «moralmente lúcido», como dijo la veteranísima actriz Susan Sarandon, premio Goya Internacional. Sánchez afirmó que el ataque a Irán es un «atropello a la legalidad», pero permitió que su señora, la pentaimputada Begoña Gómez, asistiera a la gala.
Sí recibió unos cuantos insultos el señor que gobernaba España hace medio siglo. Alberto San Juan afirmó sin rubor que «lo menos importante de Franco es que fuera bajito, gordito y con voz de pito. Mejor que hubiera tenido una pinta coherente con su ser, que era un atroz genocida». A este paso, a Franco le van a echar la culpa hasta de la muerte de Manolete.
«A lo largo de la velada, los titiriteros no dejaron de protestar por cosas que pasan a miles de kilómetros de España»
Pocos fueron los convidados que se saltaron el guion. La actriz Leonor Watling dijo que le parecía «ruin» la obligación de hacer manifestaciones políticas en los Goya. El artista y productor Aldo Gómez fue aún más lejos: «Muchos pines, pero nadie habla de los 50 000 muertos del régimen teocrático de Irán». Su esposa, la actriz Macarena Gómez, afirmó que «una gala de cine no es lugar para hablar de guerra», y él añadió: «Además, ¿quiénes somos nosotros? Cantantes, actores, bufones…».
La gala empezó con una versión horrísona de Hoy puede ser un gran día de Serrat, perpetrada sin gracia alguna por los presentadores, el actor Luis Tosar y la cantante Rigoberta Bandini. Al poco rato, ya estaban mentando a Gaza y Ucrania. Y no era más que el principio. A lo largo de la velada, los titiriteros no dejaron de protestar por cosas que pasan a miles de kilómetros de España. Y ni una sola palabra sobre los muertos de Adamuz, la corrupción del Gobierno, el problema de la vivienda, la degradación de la sanidad pública o la invasión de inmigrantes.
«Mención especial merece la absoluta falta de respeto al espectador que supuso el continuo uso del euskera y el catalán durante la gala, sin traducción alguna»
Se homenajeó, eso sí, a los discapacitados auditivos, dándole tres premios a la película Sorda, de Eva Libertad, y también a los pobres de la Cañada Real, reservando el Goya al actor revelación para Toni Fernández Gabarre, el gitano protagonista de Ciudad sin sueño, que recordó que en su barrio llevan seis años sin electricidad. Esperaremos sentados a que se hagan películas sobre los sintecho de Paiporta o las 110 familias víctimas del volcán de La Palma que viven en contenedores.
Mención especial merece la absoluta falta de respeto al espectador que supuso el continuo uso del euskera y el catalán durante la gala, sin traducción alguna. Hubo discursos como el del protagonista de Maspalomas (José Ramón Soroiz, Goya al mejor actor) en perfecto e incomprensible vascuence. Nos vino a la cabeza a aquel chiste de Eugenio, sobre un señor que entra en una pajarería y pregunta: «¿Es cara la cacatúa?», a lo que el dependiente responde: «Disculpe, pero no hablamos euskera».
«La responsable de Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa, prefirió dar la nota feminista que defender la imparcialidad de su película»
Tampoco fue muy respetuosa la voz en off que adoctrinó al televidente durante la ceremonia, tachando a la madre superiora de Los domingos de «manipuladora» y a la taurina Tardes de soledad de «película que muestra el sufrimiento del toro». No es raro que, al recoger el premio al mejor documental, Albert Serra señalara el choque de su película con «lo político e ideológico».
Patricia López Arnaiz recibió el Goya a la mejor actriz por interpretar a la charo de Los domingos, y agradeció a su directora que «ponga luz a las violencias de la infancia», demostrando que no ha entendido la película que ella misma protagoniza. Y la responsable de Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa, prefirió dar la nota feminista que defender la imparcialidad de su película. Menos mal que Oliver Laxe —que ganó seis premios por Sirat— equilibró la balanza confesando que él se había identificado con la niña que se mete a monja y su «amor trascendental».
«Tanto a nivel técnico como artístico, esta ha sido la peor gala de los Goya que hemos visto hasta la fecha»
Pero el mayor de los sonrojos lo provocó la argentina Dolores Fonzi —premio a la mejor película Iberoamericana por Belén— cuando nos dio una severa advertencia a los españoles: «Ustedes tienen tiempo aún, no caigan en la trampa, la ultraderecha viene a destruirlo todo». Una ya manida versión de aquella nana española del siglo XVII que hablaba de un coco que se come a los niños que duermen poco.
En definitiva, tanto a nivel técnico como artístico, esta ha sido la peor gala de los Goya que hemos visto hasta la fecha. Y la prueba es que durante toda la ceremonia se hicieron flashbacks a galas de años anteriores, y hasta las muecas de la Sardá se nos antojaban, en comparación, divertidas. Pero a los titiriteros les da igual. Todos parecían muy satisfechos, emocionados y efervescentes. Ya lo dijo José Luis Cuerda: «El cine español naufraga en océanos de autocomplacencia provocados por la cocaína».