Gritos de reconquista

Un estadio convertido en una reivindicación ante una amenaza a la que los españoles no se van a rendir

Dos imágenes recientes resumen mejor que cualquier ensayo o artículo el momento que vive España: un estadio, con dos equipos españoles, y la afición de uno de ellos pitando y despreciando el himno nacional. Por otro lado, otro estadio, esta vez con la mitad de los asistentes españoles y la otra mitad egipcios. Los españoles profiriendo gritos de «musulmán el que no bote» durante el partido.

Lo primero es ya casi rutina. Cada final de Copa del Rey, cuando uno de los equipos es vasco o catalán (o cuya afición mayoritariamente es progresista o separatista), viene acompañada del mismo espectáculo: pitidos y abucheos al himno nacional. Y no pasa nada. No hay consecuencias, no hay una reacción institucional firme, ni siquiera un debate serio sobre el asunto. Se acepta como una expresión legítima más, como si cuestionar lo que nos une fuera irrelevante. Quienes se quejan son tachados de exagerados o «fachas», y la discusión se da por zanjada con un «es libertad de expresión».

Pero no lo es. Cuando una comunidad política pierde el respeto por sus símbolos, no está siendo más libre: está perdiendo su identidad. El himno no es un capricho ni una imposición ideológica, sino uno de los pocos elementos que pretenden representar a todos los españoles. Convertirlo en objeto de burla o rechazo sistemático, como se viene haciendo desde hace años, es un síntoma claro de descomposición.

Y, sin embargo, mientras esto se tolera, existe una gran rapidez en señalar y casi criminalizar cualquier otra expresión que incomode el relato buenista oficial, fundamentado en la diversidad, la inclusión y la tolerancia (salvo cuando se trata de lo español, claro). En ocasiones, incluso se detiene el partido, puede llegar a suspenderse o se sanciona al equipo cuya afición ha sido considerada «impresentable».

Lo sucedido en el partido España–Egipto es, en cambio, un signo evidente de que el pueblo grita aquello que siente, igual que podría decirse de la afición del equipo vascuence. La diferencia radica en que los movimientos separatistas se apoyan en una identidad construida relativamente reciente, que apenas comenzó a forjarse hace un siglo y que hoy se diluye en el progresismo y la multiculturalidad. Mientras tanto, los españoles que gritaron «musulmán el que no bote» sintetizaban en una sola frase siglos de historia y cultura.

No podemos negar la realidad ni tachar de racista lo que cada vez resulta más evidente: España está experimentando cambios demográficos y culturales rápidos que afectan a los fundamentos culturales que le dan identidad.

El caso del País Vasco es especialmente significativo. En Guipúzcoa, hogar de quienes pitan y desprecian el himno nacional, la población de origen musulmán ha crecido un 70% en los últimos cinco años. El gobierno autonómico vasco va a destinar casi 20 millones de euros en 2026 a políticas de integración, diversidad e interculturalidad. El menú halal está prácticamente implantado en muchos centros educativos de la comunidad autónoma, y existen guías de mezquitas y todo tipo de facilidades para los llamados «nuevos vascos», de los que Sabino Arana difícilmente se sentiría orgulloso.

Toda una contradicción. Durante décadas se ha construido un discurso identitario fuerte en esa región, con una enorme sensibilidad hacia lo propio, aunque basado en premisas falsas. Sin embargo, en este primer tercio del siglo XXI, el futuro se presenta incierto para los nacionalistas. El último separatista vasco seguirá despreciando el himno nacional, pero será enterrado por alguien ajeno a esa tradición, musulmán lo más seguro, mientras el euskera pasa a ser en una lengua muerta, una más.

El PNV ha traicionado sus raíces e ideas; se ha convertido en un partido alineado con las corrientes progresistas que hoy saturan los servicios municipales con inmigrantes que se aprovechan de políticas de un gobierno irresponsable y corrupto. En su día se quedaron sin Dios y sin Rey, y poco les falta para quedarse también sin patria. Es el destino de quienes renuncian a sus principios en favor de las modas: en tiempos de Arana, el nacionalismo étnico separatista; hoy, el globalismo que diluye fronteras e identidades.

Pero no nos engañemos: esa deriva también afecta a España en su conjunto, por haber descuidado su identidad y sus costumbres. Hemos estado centrados en respuestas económicas y mediocres, sin atender a la cuestión fundamental de toda comunidad: quiénes somos.

Sin embargo, existe un rayo de esperanza. Los pitidos al himno representan un pasado impostado que se agota. En cambio, los gritos de «musulmán el que no bote» expresan el malestar de un sector de la sociedad que percibe una amenaza y que no quiere rendirse. Un pueblo que recuerda su historia, que comienza a redescubrir su identidad y que lleva inscrita en su sangre una palabra cargada de significado: reconquista.

https://linktr.ee/fdisenso

Entradas Relacionadas

Newsletter

Responsable: FUNDACIÓN DISENSO (+ info)

Finalidad: Atender y gestionar la suscripción al newsletter (+ info)

Derechos: Acceder, rectificar o suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional (+ info)

Información adicional: Puede consultar la información adicional y detallada sobre Protección de Datos en nuestra página web: Política de Privacidad