La “nueva derecha” gana cuando se llenan las urnas

Kast es el último político identitario que llega al poder con un dato que indica el cambio social: cuanto mayor es el voto popular, mayor es la victoria de la nueva derecha.
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De la segunda vuelta de las elecciones presidenciales chilenas, uno de los datos más destacados es la amplitud de la victoria del candidato de la derecha. José Antonio Kast puede honrarse con el título de presidente de Chile con mayor número de votos, 7,2 millones, un 58% de los válidos, y más de dieciséis puntos de ventaja respecto a la otra candidata, la comunista Jeannette Jara. 

Y este triunfo se ha producido junto con otro hecho muy llamativo: las de 2025 han sido las elecciones con mayor participación jamás registrada en Chile, un 85% del censo. Han sido las primeras elecciones presidenciales con sufragio obligatorio y esta medida ha favorecido a la derecha, para sorpresa de quienes sostienen que «el pueblo» es de izquierdas, porque «no hay nadie más tonto que un obrero de derechas».

Kast es, por ahora, el último político de derecha identitaria que alcanza el poder con una característica que indica el cambio social vivido en los últimos años: cuanto mayor es el voto popular, mayor es la victoria de la nueva derecha

En la vecina Argentina ha sucedido lo mismo. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2023, Javier Milei se convirtió en el presidente más votado, con 14,5 millones, una cifra por encima de todos los candidatos peronistas desde 1983, a la caída de la dictadura militar, y once puntos de ventaja respecto a su rival.

Donald Trump es el primer candidato que se ha presentado tres veces a las elecciones presidenciales de Estados Unidos desde Richard Nixon, que lo hizo en 1960, 1968 y 1972. En este último año pudieron votar por primera vez los ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 21 años de edad, y, a pesar del cansancio con la guerra de Vietnam, iniciada por el demócrata Kennedy, Nixon recibió 47 millones de sufragios, un 60% del voto popular.

Esa cifra la superaría por primera vez otro republicano, Ronald Reagan, en 1984, con más de 54 millones. El electorado de Trump ha ido creciendo en cada elección. En 2016, recibió 62,9 millones de votos; en 2020, subió a 74,2 millones; y en 2024, a 77,3 millones. ¡Un 22% de aumento en ocho años! Trump es un político a quien el paso por el gobierno y la persecución de sus enemigos refuerzan en lugar de desgastar.

Las elecciones legislativas federales de Alemania de febrero de 2023 registraron la mayor afluencia a las urnas desde la unificación en los años 90, con 49,9 millones de votantes. El partido Alternativa para Alemania (AfD), diabolizado por todos los medios de comunicación nacionales y europeos y con la declaración de los demás partidos de tender un cordón en torno a sus diputados, es decir, de no contar con ellos, obtuvo 10,3 millones de sufragios, más del doble de los de 2019, y ascendió a segunda fuerza en el Parlamento.

Portugal dejó de ser el país abrumadoramente de izquierdas que era desde 1974 en mayo de 2025, con la segunda mayor participación de las últimas seis elecciones parlamentarias (ninguna de las cuales superó el 60% de la participación, por cierto), cuando el partido socialista quedó tercero, rebasado en escaños por el Partido Socialdemócrata, de centroderecha, y CHEGA. 

Hemos enumerado estos ejemplos para refutar la creencia demoscópica más dañina para la derecha española desde la Transición, la de que España es un país de centroizquierda. Belén Barreiro, exdirectora del CIS y actual directora de la empresa de encuestas 40dB, lo resumió con estas palabras hace ya varios años: «En España, donde hay más ciudadanos de izquierda que de derecha, la abstención de una parte de los ciudadanos más próximos al PSOE es requisito imprescindible para la victoria del PP». 

De manera sorprendente, los políticos y los pensadores de la vieja derecha, tan vieja que se ofende cuando se le llama así, como una anciana coqueta a la que se le menciona su edad, han aceptado semejante afirmación desde la década de los 70, hasta convertirla en una guía fija de su conducta. La consecuencia es que el Partido Popular, heredero de la Unión de Centro Democrático, se ha sometido a una supuesta superioridad, tanto cuantitativa como moral, del PSOE, de manera que ha planteado sus campañas y las movilizaciones de sus simpatizantes como si montase unas fallas sin petardos. El PP está convencido de que sólo puede derrotar a los socialistas cuando a éstos les sacude una crisis económica o una oleada de escándalos de corrupción, y siempre que prescinda de las ideas propias y sólo hable de «gestión».

Así, mientras el PSOE y su bloque mediático gritan todo tipo de insultos y descalificaciones, el PP da sus mítines a media voz, sin intención de molestar. Por eso, la vieja derecha organiza manifestaciones que parecen un vermú-protesta, amenizado con hilo musical; habla de «sanchismo» en vez de socialismo; y descubre un «PSOE bueno» al que añora como a un amor de juventud. Una muestra más de esa inanidad es la negativa de Feijóo a enunciar las leyes «sanchistas» que se compromete a derogar, para que el aparato de propaganda de Sánchez no pueda acusarle de «retroceder en derechos».

Las victorias de Ronald Reagan, Helmut Kohl, Margaret Thatcher y Silvio Berlusconi a finales del siglo pasado demostraron que un político de principios, de los que la izquierda califica de «extrema derecha», puede atraer a la mayoría social con programas que incluyen promesas de sacrificios y principios fuertes (represión de la delincuencia y el terrorismo, rearme, enfrentamiento con los sindicatos de izquierdas, etc.), a condición de que tenga el valor de presentárselos con firmeza a los ciudadanos y de disputar el discurso y la calle a sus rivales.

Desde que VOX ha roto en España los principales consensos del Régimen del 78, sobre los beneficios del Estado de las autonomías y de la inmigración descontrolada, prácticamente todas las encuestas dan una mayoría absoluta en las Cortes a la suma de VOX con un PP que lentamente, como la CDU en Alemania o Los Republicanos en Francia, acepta algunas de las principales propuestas de aquellos a los que también se denomina «gritones» y «exaltados». 

Y es que, cuando los pueblos están amodorrados, después de décadas de una política de fingimiento hecha por unos partidos en idénticos en casi todo, hasta el punto de que sus líderes forman consultoras y comparten los consejos de empresas públicas y privadas y de ONG, quizás la única de manera de despertarles consista en dar gritos.

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