La joven influencer Ada Lluch se ha hecho famosa por su defensa de los valores tradicionales, pero también por sus choques en Espejo Público con Susanna Griso y sus tertulianos, que la tratan con máxima condescendencia, como si un dibujo animado o una niña excéntrica se hubiese colado en su plató. La primera vez que la invitaron, para una participación telemática, se les escapaba la risa nerviosa cuando ella se mantuvo en sus trece respecto a que «mujeres y niños ya no pueden sentirse seguros en Europa». Lluch se revolvió y dijo que quizá no lo entendían porque vivían en barrios de renta alta.
La segunda vez, ya sentada con ellos y rotulada como «influencer trumpista», la despidieron precisamente cuando ella explicaba que tenía los datos sobre inmigración y delincuencia de Barcelona. A ver si lo consigue a la tercera. Del visionado de estos encontronazos mediáticos podemos concluir que sería interesante indicar bajo cada tertuliano la cifra de su renta anual, el barrio de residencia y la última vez que cogió el transporte público.
«Julia Otero, por ejemplo, afirmó hace nada en su programa de radio que ‘soplan vientos sucios y racistas que hablan del visado por puntos para entrar en España’»
Griso es tristemente célebre por sus comentarios de junio de 2023 mientras emitía las imágenes de un crimen en Annecy, localidad de los Alpes suizos. Ocurrió que un solicitante de asilo sirio intentó apuñalar a cuatro menores y un adulto en un parque público. Mientras se veían las imágenes en bucle, la mayor preocupación de Griso era señalar que «esto es un regalo para la extrema derecha».
Estamos ante una línea de trabajo habitual entre las divas de las ondas. Julia Otero, por ejemplo, afirmó hace nada en su programa de radio que «soplan vientos sucios y racistas que hablan del visado por puntos para entrar en España». Aludía a una templada propuesta de Alberto Nuñez Feijóo, líder del Partido Popular. Si alguien se molesta en buscar en Google descubrirá en la web de la revista El Mueble que Otero reside en un lujoso ático de 300 metros cuadrados con piscina y chill out en uno de los barrios más exclusivos de Barcelona. Seguro que las familias trabajadoras de municipios saturados de inmigración, pongamos Ripoll y Salt, serían menos «sucios» y «racistas» si fueran dueños de un inmueble así, donde refugiarse de los riesgos crecientes de la calle.
«El 57% de los españoles cree que hay «demasiados» inmigrantes en nuestro país y el 75% los asocia a conceptos negativos»
Otro cortocircuito catódico se produjo este mes durante la intervención de Marc Lozano, miembro del Frente Obrero, en la tertulia televisiva En boca de todos. Su crónica de la degradación de Hospitalet de Llobregat, tras organizar una manifestación en su barrio, enseguida se hizo viral: «La patrulla es la única herramienta que tienen los vecinos para defender la integridad de sus madres, sus hermanas y sus hijas», denunciaba. «Antes de que los tertulianos hablen de racismo, diré que la persona que recibió ayer las puñaladas es de origen cubano y que en las patrullas hay un magrebí», aclaraba. España sufre ya los conflictos multiculturales de Francia y Alemania.
Lozano ya sabe que los opinadores van con el piloto automático y con sobradas mañas para neutralizar discursos disidentes. Gracias a estos jóvenes carismáticos, y también a algunos columnistas que van por libre, muchos empiezan a comprender que el rechazo popular a la inmigración no es racista, sino defensor del arraigo. Lozano comparte la sensación general de su barrio de que hay un problema de número —llegadas descontroladas— y también de encaje cultural —algunos tienen «concepciones muy distintas a las nuestras sobre mujeres y homosexuales», resume Marc—.
Su intervención estuvo llena de tensión, hasta el punto de que se negó a interactuar con uno de los tertulianos porque «yo no hablo con propagandistas del gobierno». La actitud de una voz joven sin domesticar hizo que el vídeo circulase en redes a todo trapo. Estos momentos simbolizan la brecha entre el arriba y el abajo: el 57% de los españoles cree que hay «demasiados» inmigrantes en nuestro país y el 75% los asocia a conceptos negativos, según un estudio del CIS de octubre de 2024.
“Un ejemplo es la cobertura de Griso de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos”
Las funciones de los tertulianos son múltiples. En algunos casos, se trata de hacer creer a los telespectadores de que solo existe un estrecho arco de posiciones políticas razonables. Un ejemplo es la cobertura de Griso de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Durante toda la contienda solo invitó a analistas antitrumpistas y, cuando conoció el resultado, presa todavía del shock, se avino a entrevistar a una señora latina de edad avanzada con gorra roja de Make America Great Again. Empezó con voz aflautada, pero, en vez de escuchar las razones de su voto, se puso a regañarla con preguntas hostiles tipo «¿Cómo es posible votar a alguien tan racista y machista como Trump?». Un problema parecido ocurre con Vox, que crece en apoyo popular sin ningún tertuliano en los grandes medios que sintonice con sus tesis.
La segunda función de los actuales bustos parlantes es mover la ventana de Overton, es decir, ampliar los límites de lo aceptable, casi siempre tirando de endofobia. Es el caso de Laura Arroyo, la militante izquierdista peruana salida de Canal Red, plataforma de podcasts de Pablo Iglesias. Arroyo es capaz de convertir, en tiempo record, cualquier plató televisivo en un after malrollero de casa okupa. Para que se hagan una idea, el pasado 12 de octubre coescribió el manifiesto «1492 palabras contra la Hispanidad», publicado por El País, que contenía párrafos de este jaez: «Hispanidad es sinónimo de culturas arrasadas, de lenguas originarias borradas, de tierras y materias primas expoliadas, genealogías y cosmogonías aplastadas, de millones de vidas asesinadas. ‘Todo lo que nos une’ es violencia», defendía.
«El 64% de la Generación Z y el 62% de los milenials han abandonado el consumo de televisión»
El PSOE recurre a Arroyo o a Sarah Santaolalla como mamporreras extremistas que distraen la atención del paro, la vivienda y la corrupción. Son la artillería pesada, la ligera es la tertulia de Silvia Intxaurrondo, con su pelotón de politólogos catalanes cargados de hojas de Excel para defender al gobierno en cualquier coyuntura. Cintora, Javier Ruiz e Iñaki López aportan al proyecto de convertir el salón de nuestras casas en una cháchara infinita al servicio informal del sanchismo. Por suerte, según indican varios estudios, el 64% de la Generación Z y el 62% de los milenials han abandonado el consumo de televisión. Crucen datos con las encuestas de intención de voto.
Otra función reconocible, tercera y última de las que expongo, es la las de crear un microclima donde el oyente se sienta tan a gusto que se adormezca su capacidad crítica. «¿Por qué los tertulianos de la SER hablan como si se estuvieran masturbando unos a otros?», se preguntaba hace poco el periodista Juan Soto Ivars. Parece que el objetivo de estos foros no sea debatir sino exhibir bondad ante personas afines, almas bellas del progresismo. El contraste entre el spa de ciertas tertulias y la cada vez más tensa realidad de nuestras calles dice mucho de la desconexión de los opinadores con la realidad. Es normal que la plebe desconecte de este cutre espectáculo de guiñoles.