La visita a España de León XIV pasará, sin duda, a la historia de nuestra nación como uno de los acontecimientos colectivos más gozosos y esperanzadores del primer tercio del siglo. No fallamos en esa conclusión si vemos las imágenes de las procesiones y de los eventos al aire libre, multitudinarios e impactantes por el ambiente general de respeto, devoción religiosa y hermandad que en ellos se dio.
Salvando algunos momentos que probablemente sobraron, porque su estética no parecía propia de un acontecimiento de naturaleza católica, la tónica general de esta visita ha sido la armonía y el excelente recibimiento al Santo Padre.
«Prevost ha desplegado un riquísimo argumentario asentado en la Doctrina Social de la Iglesia, pasando de los aspectos morales más concretos, como el rechazo al aborto»
Se puede decir que España necesitaba esta visita. Fueron más de quince años sin tener en la piel de toro a un Romano Pontífice, y es innegable que el pontificado de Francisco había dejado algunas heridas abiertas entre los feligreses españoles; unas, debido a malentendidos y ambigüedades no bien resueltas, otras quizá por intereses particulares en manipular al Papa argentino. Lo cierto es que León XIV nos ha recordado en muchos momentos a Juan Pablo II, más por su cercanía personal y sencillez de trato que por sus mensajes que, finalmente, han sido los normales en la Iglesia Católica: la esperanza como motor vital de los cristianos, la mirada compasiva hacia los que sufren, y la justicia sin la cual es imposible resarcir del dolor a quien lo ha sufrido injustamente.
Aunque la mayoría de medios estaban empeñados en juzgar al Papa única y exclusivamente por lo que dijese de la controvertida cuestión migratoria, lo cierto es que Prevost ha desplegado un riquísimo argumentario asentado en la Doctrina Social de la Iglesia, pasando de los aspectos morales más concretos, como el rechazo al aborto (que expresó con toda rotundidad durante su histórica intervención en el Congreso de los Diputados) a las situaciones en las que es necesario mirar cada casuística concreta antes de juzgar, como las derivadas de los procesos de inmigración que todas las naciones europeas y occidentales están afrontando. Digamos que, si se trataba de que el Papa diese la razón a los medios progres, a quien ha dado la razón León XIV ha sido a la Iglesia.
«León XIV supo hacer compatible ese criterio político con el mensaje tradicional de la Iglesia»
El Papa ya había dejado claro en una de sus respuestas a periodistas que de ninguna manera está favor de la desaparición de las fronteras entre países, ni tampoco de que pueda entrar en las naciones todo el mundo que lo desee, sin respetar las leyes que rigen en cada lugar. Para desdicha del mundo progre y de sus satélites mediáticos, León XIV supo hacer compatible ese criterio político con el mensaje tradicional de la Iglesia que siempre, desde el primer momento, ha defendido a los pobres y menesterosos, y por tanto también a las víctimas de las mafias que controlan la inmigración ilegal. En este sentido, el Santo Padre ha sido lo bastante políticamente incorrecto como para que la izquierda no pueda arrimar (como intenta hacer constantemente) el ascua a su sardina.
Fue realmente conmovedor, en los encuentros con miles de jóvenes reunidos en Madrid en las primeras jornadas de la visita, cómo el Santo Padre los animó a no resignarse ante los problemas de su generación y a convertirse en protagonistas de la cultura del encuentro. Les pidió cultivar el espíritu crítico, rechazar el individualismo y trabajar por una sociedad más justa y fraterna, subrayando la importancia del servicio y del voluntariado como caminos concretos para transformar la realidad. Tampoco olvidaremos la procesión del Santísimo Sacramento, con su impresionante custodia dorada, por la calle de Alcalá, en medio de un silencio estremecedor.
«El Pontífice insistió en que las diferencias culturales, lingüísticas o ideológicas no deben ser motivo de división, sino una oportunidad para enriquecerse mutuamente»
Barcelona nos dejó imágenes de una belleza tan monumental como la propia Sagrada Familia de Antonio Gaudí, protagonista de infinidad de comentarios elogiosos en las redes sociales y medios de información. La ceremonia del pasado miércoles por la noche figura ya en la historia de España como uno de los momentos culminantes de la visita papal por su altura estética, religiosa, espiritual y escénica. No merecía menos la bendición de la nueva Torre de Jesucristo, la más alta del mundo, con la que la catedral barcelonesa se corona como uno de los principales templos de la cristiandad en el siglo XXI.
Tampoco debieron entusiasmar las palabras del Papa a los mandarines separatistas que escucharon sus homilías tanto en la catedral de Santa Eulalia, como en la abadía de Montserrat o en la Sagrada Familia. Uno de los temas más recurrentes ha sido la necesidad de la reconciliación y del entendimiento a partir de un valor superior como es la unidad. El Pontífice insistió en que las diferencias culturales, lingüísticas o ideológicas no deben ser motivo de división, sino una oportunidad para enriquecerse mutuamente, e invitó a todos a promover una convivencia basada en el respeto y la búsqueda del bien común.
En el imaginario colectivo católico queda la impresión de que, en esta ocasión, Barcelona logró un mayor impacto que Madrid en lo relativo a la puesta en escena de los actos centrales de la visita papal.
En la capital de España, el resultado fue quizá más popular y heterodoxo, e incluyó coreografías no bien aceptadas por una parte de la feligresía, mientras que Barcelona fue capaz de aunar magistralmente la ortodoxia formal con mensajes que transmitieron cercanía, caridad y apertura a la diferencia. Al contrario de lo que hubiésemos creído antes de la visita, Barcelona superó a Madrid en fidelidad al magisterio eclesiástico, logrando algunos de los momentos estéticamente más sublimes del viaje apostólico.
«Estos días nos han dejado a los católicos un sabor muy parecido al de los viajes de Juan Pablo II o Benedicto XVI»
Canarias cumplió las expectativas del mundo ateo y anticlerical, que buscaba los mensajes más sociales y reivindicativos en las palabras del Papa, si bien, como por otra parte era esperable, León XIV no perdió la ocasión de recordar lo que viene caracterizando su pontificado hasta el momento: que ninguna solidaridad humana es completa si se hace de espaldas a Cristo. Y que la dignidad de todas las personas, que debe protegerse como un bien superior, tiene su origen y explicación en el hecho de que todos somos hijos de Dios. La hondura de este mensaje, profundamente humano, superó ampliamente las expectativas políticas, siempre cicateras y estrechas, de los supuestos «formadores de opinión» de los medios sistémicos.
En resumen, estos días nos han dejado a los católicos un sabor muy parecido al de los viajes de Juan Pablo II o Benedicto XVI, si bien cada Papa con su personalidad y poniendo el acento en distintos asuntos, pero todos en una comunión perfecta con la Doctrina de la Iglesia Católica, como no podía ser de otra forma (aunque a muchos, en este mundo tan secularizado, les cueste entenderlo). Probablemente esta visita sirva para multiplicar las vocaciones sacerdotales, siempre insuficientes, y acerque a muchos jóvenes a Cristo, renovando su Cuerpo Místico y, ojalá, haciendo crecer a las familias para seguir siendo, y renovar con ello, «la sal del mundo».