«Mi hija Mariana ingresó con quince años en un convento de clausura; tiene ahora veintidós. Renunció a seguir viviendo como todos nosotros: abandonó estudios, proyectos, agitación y diversiones; dejó el mundo tal y como seguimos conociéndolo, un tanto inseguro y peligroso. Ahora sólo sirve y ama, está siempre alegre y dice haber encontrado la paz».
Son palabras del escritor Isidro-Juan Palacios y figuran en la dedicatoria de Eremitas, su libro sobre los Padres del Desierto. Siendo un experto en apariciones marianas, a Palacios no le costaría mucho dejar a su hija tras las rejas de un convento; pero quizá a otros miembros de su familia, sí. Tal vez hubo dudas, gritos, lágrimas. Y de eso trata Los domingos.
«La fascinación de esta cineasta atea por el despertar religioso la empujó a hacer una película sobre una vocación adolescente»
En su película, Alauda Ruiz de Azúa nos presenta a Ainara, una chica de 17 años que decide meterse a monja. El guion, escrito por la propia directora, se inspira en el caso real de una conocida suya: «Me pregunté por qué una persona tan joven se encierra en un convento, en un momento en el que está a punto de vivir muchas cosas».
La fascinación de esta cineasta atea por el despertar religioso la empujó a hacer una película sobre una vocación adolescente y los conflictos familiares que desencadena. Así, Alauda regresa a «la familia», un inagotable tema que ya exploró en dos trabajos anteriores: el film Cinco lobitos, donde mostró las tribulaciones de una maternidad, y la serie Querer, sobre la tardía rebelión de una mujer contra su marido.
«Es su tía Maite, una gestora cultural progre, la que más contrariada se muestra con el destino de la muchacha»
En Los domingos, la decadente familia de Ainara, de raíz católica, pero no practicante, encaja como puede la inesperada decisión de la joven contemplativa. Su padre acepta a regañadientes, su abuela lo asume con tristeza… pero es su tía Maite, una gestora cultural progre, la que más contrariada se muestra con el destino de la muchacha.
«No entiendo ese empeño tuyo en encerrarte allí con cuatro viejas» es una de las frases más duras de la cinta, aunque no deja de reflejar la crisis de vocaciones y la opinión del común de los mortales sobre la vida monástica. En la España materialista y aconfesional de 2025, consagrarse a una vía espiritual supone una revuelta contra el mundo moderno.
«Itziar Aizpuru derrocha sabiduría perenne como sor Encarnación, que pronuncia una frase para enmarcar: ‘Espiritualidades hay muchas, pero Dios solo hay uno’»
Ainara es interpretada por Blanca Soroa, una moza gallega que, a sus 17 años y sin apenas experiencia como actriz, fue escogida entre más de 600 candidatas. Y lo cierto es que su ensimismada belleza es ideal para el rol de novicia en ciernes. La directora justifica así su elección: «Blanca tiene esa luz, esa energía y esa cosa como delicada, un poco mística. Pero también es una adolescente normal».
El papel de la tía Maite recae en Patricia López Arnaiz, actriz ya consagrada que nos brinda una gran interpretación como charo urbanita y avinagrada. Por su parte, Nagore Aranburu se transmuta en una madre superiora que irradia serena autoridad, mientras Itziar Aizpuru derrocha sabiduría perenne como sor Encarnación, que pronuncia una frase para enmarcar: «Espiritualidades hay muchas, pero Dios sólo hay uno».
«La iluminación de Ainara se presenta como un proceso doloroso, pero también extático»
Como, más que en la vida monástica, Los domingos se centra en el discernimiento previo, Alauda se informó entrevistando a distintas monjas que le explicaron los entresijos de su llamada: algunas de ellas llegaron a escuchar a Dios decirles «sé mi esposa» o «te quiero para mí». Estas experiencias místicas no se plasman en la película, aunque la directora reconoce que «aquí no sólo hablamos de alguien que tiene fe, sino que entra en contacto con lo divino».
En la cinta, la iluminación de Ainara se presenta como un proceso doloroso, pero también extático. Ante tamaña aventura interior, todo lo que le ofrece la vida mundana —fiestas, sexo, viajes— es poca cosa. Es más, el mundo ni siquiera parece colmar al resto de los personajes; sin ir más lejos, su tía Maite es una mujer hastiada que sólo cree en el cambio climático y no deja de discutir con su novio.
«Frente al caos exterior, el convento ofrece orden, silencio, liturgia, trabajo artesanal y alimentos de la huerta»
Aunque el convento donde ingresará Ainara no es ningún palacio, parece el Cielo comparado con el deprimente Bilbao de la película, y la austera pero luminosa celda de novicia contrasta con el lúgubre hogar paterno. Frente al caos exterior, el convento ofrece orden, silencio, liturgia, trabajo artesanal y alimentos de la huerta. En el fondo, lo raro no es que Ainara se refugie en un convento, sino que los demás no sigan sus pasos.
Quizá lo que siente la tía progre de Ainara es pura y simple envidia: mientras ella se hunde en un desamor humano, su sobrina flota en el eterno amor divino. En una de las escenas más intensas de la película, la charo pierde los nervios y, con el rostro desencajado, incapaz de aceptar la fe de la joven, le espeta: «¡Dios no existe!», a lo que Ainara, dulce y tranquila, contesta: «Rezaré por ti».
«La película de Alauda es una anomalía que perfectamente podríamos atribuir a una intervención de la Providencia»
Los domingos ha ganado la Concha de Oro de San Sebastián —el mismo festival que el año pasado premió el documental taurino Tardes de soledad— y su éxito confirma que algo está cambiando en el cine español: se vuelven a hacer películas sobre religión, guerra o tauromaquia con sentido y sensibilidad, de espaldas al cansino sermoneo progresista. Un obispo tan conservador como José Ignacio Munilla se ha atrevido a calificar Los domingos de «milagro». Y no va desencaminado. Porque, como el lince blanco en la negra España de Sánchez o la flor que brota en un vertedero nuclear, la película de Alauda es una anomalía que perfectamente podríamos atribuir a una intervención de la Providencia.