Un papa agustino

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Con el eco de Juan Pablo II, el papa León XIV animó a no tener miedo, insistió en el cristocentrismo y afirmó que caminaría junto a nosotros en el camino de Jesucristo.

Como noticia de impacto mundial, la elección del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica suscita de inmediato una cascada tal de informaciones, opiniones, artículos y análisis sobre su personalidad, su programa de gobierno, sus prioridades y sus antecedentes que le obliga a uno a plantearse si, antes de añadirse a este guirigay, no es preciso detenerse y meditar en silencio –rumiar, según la antigua doctrina monástica– las primeras palabras del nuevo Papa León XIV.

Quizás en los diez minutos que duró su discurso estén contenidas las claves de la vida de quien hasta ayer era Robert Francis cardenal Prevost. Siguiendo el consejo de Léon Bloy («Cuando quiero saber las últimas noticias, abro el Apocalipsis»), permítanme los lectores el atrevimiento de ensayar una interpretación novísima. ¿Para qué conformarse con el sentido histórico y moral cuando en el espiritual está custodiada la plenitud de los datos?

<<Desde 2023 ha residido en Roma principalmente como Prefecto del Dicasterio para los obispos>>

Nacido en 1955, en Chicago, de padres de ascendencia francoitaliana y española, el itinerario vital de León XIV está ligado a la Orden de San Agustín. Cursó sus primeros estudios en su Seminario Menor. Tras graduarse en Matemáticas en la Universidad Villanova (nombrada así en honor del gran santo y obispo agustino español del siglo XVI Tomás de Villanueva), ingresó en la Orden. Profesó solemnemente en 1981 y fue ordenado sacerdote en 1982. Con formación filosófica previa y tras licenciarse en teología, fue enviado al Angelicum de Roma a proseguir estudios de derecho canónico, disciplina en la que se doctoró con una tesis sobre el papel del prior local de la Orden de San Agustín.

Desde mediados de los 80 hasta el final de siglo, fiel a la vocación agustina misionera y educativa, fue destinado a Perú, en donde desempeñó las más diversas tareas pastorales. Fue director de vocaciones, prior de comunidad, director de formación y profesor de profesos, así como vicario judicial, profesor en el Seminario Mayor y administrador apostólico de una parroquia en la archidiócesis de Trujillo. Con el cam- bio de milenio llegaron las más altas responsabilidades de gobierno dentro de su Orden. Prior Provincial primero en Chicago y luego Prior General. Al poco de acabar sus mandatos, fue nombrado administrador apostólico y luego obispo de Chiclayo en 2015. Desde 2023 ha residido en Roma principalmente como Prefecto del Dicasterio para los obispos.

<<El recuerdo de su predecesor ha vibrado en su discurso desde el balcón de la Basílica de San Pedro>>

Del cardenal Prevost se ha destacado su carácter reservado y dialogante, discreto y enérgico. Se ha resaltado también su consonancia con el papa Francisco en la preeminencia dada a la defensa de la justicia social, así como en el impulso a la sinodalidad en el interior de la Iglesia. El recuerdo de su predecesor ha vibrado en su discurso desde el balcón de la Basílica de San Pedro ya como León XIV (¿pero qué nuevo Papa no ha hecho mención emocionada del anterior?). En términos geopolíticos, se le ha llegado a presentar incluso como el posible contrapunto, cuando no la némesis, del presidente de su país Donald Trump…

Sin embargo, me gustaría subrayar en estas páginas que el papa León XIV es ante todo un religioso, como lo fue también Francisco. Quizás sea este el lote más escondido de la herencia de Benedicto XVI. Tras el pontificado de Juan Pablo II, las órdenes religiosas regresaron calladamente al gobierno de la Iglesia, si no a ocupar espacios, como preocupaba al propio Francisco, sí a acompañar los procesos de cambio. Pero los marcos de la autoconciencia religiosa de Francisco y León parecen distintos.

<<El jesuita mallorquín Jerónimo Nadal alentaba a los suyos con una frase lapidaria>>

Contra los ataques que sufrió la Compañía de Jesús en sus orígenes, por haber suprimido el coro, el jesuita mallorquín Jerónimo Nadal alentaba a los suyos con una frase lapidaria: «El mundo es nuestra casa». Conceptos de Francisco como «Iglesia en salida», «hospital de campaña», o Iglesia «en las perife- rias» son ininteligibles sin este horizonte histórico.

En cambio, sin contraponerse a ellos, León XIV, en su primera intervención, los ha modulado con dos términos muy reconocibles: misión y fidelidad, los cuales bien podrían ser interpretados a la luz de su lema episcopal «In illo uno unum», tomado del comentario al Salmo 127 en el que san Agustín explicaba: «Hay un hombre que así es bendecido, y únicamente teme al Señor aquel que se halla entre los miembros de este hombre; son muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo. Estos cristianos, con su Cabeza, que subió al cielo, son un solo Cristo. No es El uno y nosotros muchos, sino que, siendo nosotros muchos en Aquel uno, somos uno».

<<Con un eco de Juan Pablo II, animó a no tener miedo, pero insistió en un cristocentrismo escatológico>>

En efecto, lo decisivo del mensaje del nuevo Papa radica en su comienzo y en su final. «La paz sea con todos vosotros». Se encargó de recordar que esa paz no era la del mundo, sino la de Cristo resucitado al aparecerse por primera vez a sus discípulos. Con un eco de Juan Pablo II, animó a no tener miedo, pero insistió en un cristocentrismo escatológico. Todos caminamos tras Él como el Primero de la nueva Creación.

Su visión de la sinodalidad – y hasta del cuidado ecológico – podía rastrearse entre líneas cuando afirmó que, como papa, caminaría junto a nosotros en el seguimiento de Jesucristo. Si Francisco solía repetir que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época, en un nivel eclesial y sin alzar la voz León XIV quizás ha dado por cerrado el largo periodo posconciliar que cumplirá en diciembre sesenta años. No por enterrarlo sino para reconocer a la luz del Resucitado la necesidad de dar nuevos frutos.

Y, al final de su discurso, la Virgen María. Todos sus predecesores fueron muy marianos y también de votos del Santo Rosario. Coincidiendo con el día de su fiesta, la referencia de León XIV a su advocación en el santuario de Pompeya no puede ser circunstancial. La hondura mariana de un agustino muestra una especial sensibilidad por la maternidad de María capaz. Como ocurrió en el santuario de Pompeya desde finales del siglo XIX, de haber atraído la devoción enfriada por la Eucaristía. El rezo del Ave María con que concluyó su intervención recuerda nuestra humanidad redimida mirando a Cristo que, vencedor de la muerte, trae «una paz desarmada y desarmante».

<<Un hijo de san Agustín bien sabe que sin memoria no hay esperanza>>

Tras escuchar a León XIV, en lugar de precipitarme a consumir noticias, intenté refrescar viejas lecturas agustinianas de nuestro Siglo de Oro español. Pensando en Benedicto XVI, Francisco y León XIV, medité una frase de san Alonso de Orozco en la Regla breve de vida cristiana (1544): «Las potencias del ánima que están en la cumbre, entendimiento, memoria y voluntad, amor las ha de regir». Un hijo de san Agustín bien sabe que sin memoria no hay esperanza y que es tarea del amor recordar con fidelidad misional nuestros caminos de conversión. Me conmovió su emoción contenida, reprimiendo unas lágrimas de angustia ante el peso de la responsabilidad pero que estaban traspasadas por el gozo desbordante de la Resurrección que le comunicaba la multitud reunida en la Plaza de San Pedro, «con sus brazos abiertos».

Por ello acabé tomando entre las manos De los nombres de Cristo de fray Luis de León para pedir que el nuevo Papa cumpla su oficio sabiendo que «llámase Cristo y es León, por lo que a nuestro bien y defensa toca […]. Ansí que ser Cristo león le viene de ser para nosotros amoroso y manso cordero».

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