Pedro x Javis: un sonrojante ejercicio de peloteo almodovariano

En su nueva serie, los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi someten a Pedro Almodóvar a tres horas de tributos, alabanzas y besuqueos.

En su nueva serie, los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi someten a Pedro Almodóvar a tres horas de tributos, alabanzas y besuqueos.

—De no haber sido usted el cineasta Pedro Almodóvar, ¿quién le habría gustado ser?

—Dios.

Los Javis abren un capítulo de su serie documental consagrada a Pedro Almodóvar con el citado fragmento de entrevista. Toda una declaración de intenciones, pues tal es su devoción por el cineasta manchego que lo elevan a un rango casi divino. Pero lo hacen tarde y mal.

Porque, a estas alturas, nos sabemos de carrerilla la vida y milagros de Almodóvar, narrada en innumerables reportajes, documentales, entrevistas y biografías. Quien más y quien menos ha visto alguna de sus películas y conoce sus opiniones políticas, que podríamos resumir en dos ideas fundamentales: que Pedro Sánchez es «guapo» y que «si gana Vox, me voy de España».

Entonces, ¿a qué viene hacer otro documental, con presencia del propio ídolo y orquestado por sus mayores fans, para volver a contar lo de siempre? Sólo se me ocurre un motivo para que Almodóvar se haya prestado a tal cosa: su hipertrófico ego. Quizá consciente de sus miserias, el cineasta parece tener una insaciable sed de elogios.

«Te quiero mucho», le dicen los Javis a Almodóvar mientras lo soban y besuquean. No hace falta que lo juren. Basta con ver series como La Veneno o Paquita Salas para comprobar que la pareja de directores ha mamado mucho de Almodóvar. Por eso resulta tan innecesaria esta meliflua charla entre los susodichos, trufada con escenas de películas e intervenciones de todo un circo de actores, cantantes y travestidos.

Con rostro desencajado, Javi Ambrossi llega a confesarle al manchego que «los primeros estímulos sexuales de deseo profundo los tuve yendo por la calle con 10 años y viendo el poster de —la película de Almodóvar— Kika, viendo a Santiago Lajusticia con aquellos brazos, aquellos sobacos…». En ese momento hasta Almodóvar parece un poco incómodo.

No satisfecho con la coba ajena, Pedro se adula a sí mismo: «Creo que Todo sobre mi madre, Hable con ella y La mala educación son las tres joyas de mi corona. Ahí mi desarrollo llega a su cumbre», afirma ufano. Un Javi apunta: «Yo añadiría Volver». Y Almodóvar asiente sonriendo: «Y Volver, claro».

Para colmo, los Javis invitan a distintos colaboradores de Almodóvar a que cuenten anécdotas sobre su trabajo con el «genio», como ellos le llaman. Carmen Machi, siempre tan fina, confiesa que se hizo caca en el rodaje de Hable con ella tras comerse 17 galletas Digestive. También dice que Pedro da mucha libertad a los actores, cosa que choca con su fama de dictador.

Solo hay un momento en la serie en el que parece que alguien va a decir algo negativo de Almodóvar. Cuando Leonor Watling afirma: «La única pega que le pongo a trabajar con Pedro… eeeh… es que luego todo el rato sólo quieres volver a trabajar con él». Cabe preguntarse si ese titubeo obedece a que, en efecto, iba a ponerle algún pero a Pedro y finalmente no se atrevió.

No es raro que no haya nadie mínimamente crítico con Almodóvar en esta serie, cuando es sabido lo poco que le gustan las pegas al endiosado director. Por eso en el plató de los Javis no aparecen los ángeles caídos de Pedro, es decir, aquellos que osaron contrariarle y fueron expulsados del paraíso: Carmen Maura, Eusebio Poncela, Lluís Homar, Victoria Abril…

Por si alguien no se había dado cuenta de la obsesión de Almodóvar con la Iglesia, los Javis y sus mariachis insisten hasta la náusea. El histriónico Albert Plá berrea desde el interior de un confesionario, Amaia canta rodeada de señoras que rezan el rosario… Y es que, por más que Almodóvar sea ateo y anticlerical, no se despega del catolicismo, aunque sea un catolicismo folclórico en el que «nada es pecado».

Por lo demás, la cosmovisión de Almodóvar encaja a la perfección con la del mundo moderno: individualismo, feminismo, progresismo y un universo caprichoso y multicolor en el que todo está permitido. Por eso se le ha premiado tanto desde instituciones cinematográficas como académicas o gubernamentales.

Aun así, Penélope Cruz cree que no es suficiente, porque «Pedro es todavía más importante». Se refiere a que ha ayudado a los homosexuales a reivindicar sus derechos de bragueta. Allá por 1987, a Almodóvar le costó recibir una subvención para la Ley del deseo porque la comisión dijo que era «una película de maricones». Hoy, por el contrario, meter gais o lesbianas en una película es casi obligatorio.

Pero al César lo que es del César: a Pedro no se le puede negar el mérito de haber retratado en su cine a la progresía urbanita, que vive la dolce vita mientras España se descompone. Mal que bien, solo Almodóvar y Santiago Segura —en la saga Torrente— han logrado reflejar ciertos tipos humanos que imperan en nuestro país desde la llegada de la cleptocracia.

Con todo, nada justifica la larga y tediosa felación audiovisual que le han propinado los Javis a este señor. Mucho más interesante habría sido presenciar, no sé, un encuentro entre Almodóvar y Carlos Boyero, uno de los pocos críticos españoles que se han atrevido a cuestionar el cine del manchego, tachándolo de «afectado, calculador e impostado».

Pero, sin duda, la crítica más demoledora que recibió Almodóvar en toda su carrera vino de su propia madre, doña Francisca Caballero, cuando en una entrevista soltó: 

—Me decían las vecinas, «las películas de tu hijo tienen mucha cama». Y yo veía que a ellas no les agradaba. Y decía yo, ¡qué vergüenza cuando mis vecinas vean todo esto, por Dios!

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