Resulta difícil escribir un perfil de Robert Redford (Santa Mónica, Estados Unidos, 1936), sobre todo porque desde el principio de su fama estuvo convencido de que las entrevistas, ruedas de prensa y apariciones en late nights eran actividades innecesarias, que quitaban al espectador libertad para dar su propia interpretación a cada película.
Hoy esto nos suena marciano, pero hubo una época en que la integridad en Hollywood no era incompatible con el éxito en taquilla. Justo ahí vivió Redford su época dorada, en unos años setenta de alto voltaje antisistema. «Se va uno de los leones de Hollywood», resumió Meryl Streep al conocer su fallecimiento.
En 1972 protagoniza El candidato, donde encarna a un joven líder del Partido Demócrata que entra en política por su compromiso social y descubre los pringosos mecanismos del poder. El guion, que ganó un Óscar, fue escrito por Jeremy Larner, redactor de discursos del senador Eugene McCarthy durante su campaña para la nominación presidencial demócrata de 1968. En 1975 llega Los tres días de Cóndor, donde interpreta a un agente de la CIA que sale a comprar el almuerzo y al regresar a la oficina encuentra a todos sus compañeros asesinados. Allí arranca una trama sobre el enorme poder que acumulan los servicios secretos. Poco más tarde llega Todos los hombres del presidente (1976), recreación del célebre caso Watergate, que terminó con el mandato del republicano Richard Nixon. La película no solo fue política en el sentido de despertar a los estadounidenses sobre el cenagal de Washington, sino que despertó miles de vocaciones periodísticas en todo el planeta.
«La crítica Pauline Keal le comparó con el perrito Lassie, la mascota rubia, adorable e inexpresiva que enamoraba a la nación»
Redford fue un joven despreocupado, que no le temía a la exploración ni a la aventura. Le expulsaron de la universidad por participar en una broma que incluía pintar un baño de rojo y le quitaron su beca de béisbol por faltar a los entrenamientos. Sobrevivió en París y Florencia haciendo retratos callejeros, ya que tenía un talento natural para el dibujo. Luego pensó en hacerse viñetista político y poco después hizo bocetos para escenografías.
Siguió probando en el cine, donde no lo tuvo sencillo: la crítica Pauline Keal le comparó con el perrito Lassie, la mascota rubia, adorable e inexpresiva que enamoraba a la nación. Escribió que California estaba llena de chicos como él. A pesar de sus detractores, mostró una enorme personalidad rechazando ofertas apetitosas para interpretar al protagonista de El graduado o al marido espantado en La semilla del diablo.
El papel que Redford persiguió con más ganas fue el de El Gran Gatsby, ya que le fascinaba que la mayoría del personaje estaba implícito y no descrito prolijamente en la novela. Hay un párrafo del libro de Scott Fitzgerald que parece escrito sobre él: «Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión.
Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía —o parecía ofrecerse— al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde querías ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo, y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperabas producir», recoge la novela.
«Robert se convirtió en un icono de la lucha del hombre íntegro contra poderes que le superan»
En los años ochenta, cuando su estrella parecía condenada a irse apagando, resucitó de manera colosal con Memorias de África (1985), dirigida por su amigo Sidney Pollack y coprotagonizada con mucha química por Meryl Streep. El presupuesto fue de 31 millones de dólares y la recaudación de 227. Abrió la puerta a un cine romántico con mayor profundidad psicológica, enmarcado en exotismo colonial, gracias al gran trabajo de fotografía. Pollack le dirigió en todo tipo de películas y llegó a conocerle tanto que encontró la mejor descripción posible: «Redford es una interesante metáfora de América: un chico de oro con oscuridad dentro», resumió. Redford era más estadounidense de lo que parecía, un chico pobre hecho a sí mismo, deportista nato en la universidad, amante de la libertad, cuya actividad favorita era estar en contacto con grandes espacios naturales.
En el plano político, estamos ante un «progre» de manual, volcado en el ecologismo, las causas oenegeras y el activismo chic. Fue galardonado por Barack Obama y escribió un durísimo artículo contra Donald Trump, en el que le acusaba de maneras «dictatoriales». Redford era alérgico a hablar de su familia, pero se sabe que su hermano mayor —William— marcó su modo de mirar el mundo, ya que admiraba su compromiso social, forjado en la lucha por los derechos civiles. Inspirado por él, Robert se convirtió en un icono de la lucha del hombre íntegro contra poderes que le superan, ya fuese el Pentágono, la CIA, el sistema carcelario, los grupos de interés o la Casa Blanca. Su acierto estuvo en la habilidad para combinar películas comprometidas y comerciales. En los años noventa, siguió cosechando éxitos notables con apuestas más más sencillas y a su medida como Proposición indecente (1993) y El hombre que susurraba (1998).
«El mejor compañero que tuvo en la pantalla fue Paul Newman, con quien forjó una sólida amistad»
El mejor compañero que tuvo en la pantalla fue Paul Newman, algo mayor que él, pero con quien forjó una sólida amistad, que fue más allá de lo profesional. Les gustaba gastarse bromas, mejor cuanto más elaboradas, y se ofrecieron apoyo mutuo durante décadas. Solamente grabaron dos películas juntos, el western sobre lazos masculinos Dos hombres para un destino (1969) y el thriller tronchante El golpe (1973), donde interpretan a dos timadores profesionales. Se nota su intensa química en cada uno de los planos. Redford y Newman buscaron de manera activa hacer más películas juntos, pero nunca encontraron el proyecto adecuado.
En 2012, Redford produjo el documental Watershed, filmado con su hijo Jamie, sobre el Río Colorado y el deterioro de las cuencas hidrográficas. No se calló ante la pasividad de la administración Obama en este asunto. «El deterioro de las cuencas hidrográficas es algo que está ocurriendo en todo el mundo y el actual gobierno no es suficientemente valiente como para tomar medidas preventivas», denunció. En 2015 hizo una intervención en la ONU pidiendo a la comunidad internacional que se uniese para hacer frente al cambio climático.
«El festival de cine Sundance aumentó el prestigio solidario de Redford»
Otro de los grandes legados de Redford es la fundación en 1978 del festival de cine de Sundance. Se considera un escaparate y un trampolín para el joven talento cinematográfico y allí comenzaron a destacar en los noventa nombres como Quentin Tarantino, Steven Soderbergh y Daron Aranofsky, entre otros. El festival pronto se convirtió en una suerte de laboratorio low cost para que apostaran los grandes productores de Hollywood y en un fortín de fábulas progres, ideología LGTBI+ y apologías de la multiculturalidad. Fue un gran éxito comercial, que inspiró a muchos otros certámenes a copiar la fórmula, lo que aumentó el prestigio solidario de Redford.