Starmer y Farage derriban el bipartidismo británico

Farage, eurodiputado entre 1993 y 2020, fue uno de los responsables del triunfo del Brexit en el referéndum de 2016, y, aunque dijo que se retiraba de la política una vez conseguida su meta de sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea, regresó para estas elecciones, con un nuevo partido que se inspiraba en el anterior, el UKIP.

Muy pocos esperaban que Keir Starmer, elegido por el Partido Laborista en 2020 como líder después de la renuncia del muy izquierdista Jeremy Corbin, durara en el cargo, pero la conducta suicida de los conservadores (cinco primeros ministros en 14 años) le llevó a Downing Street. También puede decirse que su Gobierno está demoliendo el sistema bipartidista del Reino Unido, construido desde las elecciones de 1945, entre un partido de centroderecha y otro de centroizquierda.

En las elecciones a la Cámara de los Comunes celebradas el 4 de julio de 2024 (las primeras del reinado de Carlos III), los laboristas obtuvieron una amplia mayoría de 411. Respecto a las elecciones de 2019, casi doblaron el número de diputados, al ganar 209, pero en respaldo popular, perdieron medio de millón de votos y quedaron en 9,7 millones. Esa paradoja del sistema electoral británico (cada circunscripción elige un diputado en una votación única) se debió a que los conservadores se hundieron. No sólo se quedaron con un tercio de los 365 escaños que ganaron en 2019, sino que perdieron a más de la mitad de sus votantes: de casi 14 millones a 6,9 millones.

La disminución de la participación en casi ocho puntos en comparación con los comicios de 2019 no explica completamente ni la catástrofe de los conservadores ni la paradoja laborista. Otra causa se encuentra en la irrupción del partido Reform UK, de Nigel Farage. Con sus 4,1 millones de votos, arrebatados sobre todo a los conservadores, fue el tercer partido en apoyo popular, aunque sólo ganó cuatro escaños; uno de ellos, el de su líder. 

Farage, eurodiputado entre 1993 y 2020, fue uno de los responsables del triunfo del Brexit en el referéndum de 2016, y, aunque dijo que se retiraba de la política una vez conseguida su meta de sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea, regresó para estas elecciones, con un nuevo partido que se inspiraba en el anterior, el UKIP. Y ha llegado para recoger el enfado del antiguo electorado de los conservadores, que gobernaron entre 2010 y 2024 sin haber cumplido sus promesas del Brexit, las cuales se resumen en «recuperar el control» sobre el presupuesto, el gobierno y las fronteras.

Otro tanto le ha ocurrido a Starmer. Nada más formar su Gobierno empezó a caer en las encuestas. Los motivos son los mismos que están sacudiendo la política en Europa y América: la inmigración y la quiebra del Estado de Bienestar.

En el verano de 2024 estallaron protestas callejeras contra varios delitos cometidos por inmigrantes o «nuevos británicos» y Starmer dio carta blanca a la Policía para reprimirlas, para lo que se usaron hasta los reconocimientos faciales estilo chino. Ahora los policías acuden a las viviendas de los ciudadanos para reprenderles por comentarios en redes sociales contra la inmigración, el islam, las manifestaciones a favor de los palestinos o, una queja cada vez más frecuente, la discriminación hacia la población mayoritaria (two-tier system). No se exagera un ápice al afirmar que Starmer está amputando la libertad de expresión. 

El primer ministro anunció en mayo pasado que en los 12 meses anteriores se habían instalado en el país 728 000 inmigrantes y prometió que semejante ola iba a terminarse con las medidas que iba a tomar. Culpó a los conservadores de fomentar la inmigración descontrolada para que las empresas dispusieran de mano de obra barata y dijo que el país estaba en riesgo de convertirse en «una isla de extraños». Como estas palabras escandalizaron a los biempensantes, horas después pidió perdón por ellas. 

Pero para los antiguos votantes laboristas que primero optaron por el Brexit, luego por el conservador Boris Johnson y ahora por Farage, el «Gran Reemplazo» no es una teoría de la conspiración, sino una realidad. 

Lo que sí están aplicando los socialistas es la retirada de subsidios, como la ayuda a los pensionistas para el pago de la calefacción, a fin de reducir gastos en un sistema quebrado. Pero en Gran Bretaña, como en España, no se toca el gasto de alojamiento de los inmigrantes ilegales en hoteles pagados por los contribuyentes. Precisamente, la causa de la oleada de protestas populares de este verano ha sido estos cientos de hoteles, que llegaron a ser 400 durante el Gobierno conservador.

El absurdo en el que vive la clase política se confirma con dos de las últimas medidas desesperadas de Starmer: concesión del voto a los jóvenes de entre 18 y 16 años y prohibición a los menores de 18 años de acceso a las plataformas digitales. O sea, los políticos laboristas consideran que los jóvenes no están formados para ver noticias y debates en X, YouTube o Instagram, pero sí para elegir a sus diputados, que luego deciden sobre su capacidad intelectual y moral.

La furia de los ciudadanos del Reino Unido se expresa en las diversas elecciones locales celebradas en 2025. En mayo, Reform arrebató el escaño del distrito de Runcorn y Helsby a los laboristas por seis votos. Ese fue el aldabonazo que despertó a la prensa y a la partitocracia.

Reform sube en las encuestas, mientras los laboristas bajan y los conservadores se desploman. Las últimas atribuyen a Reform, que acaba de celebrar su convención nacional, en torno a un tercio de los votos y alguna hasta le concede la mayoría absoluta en el Parlamento, por encima de los 326 diputados, mientras que los laboristas quedarían por debajo de los 200 y los conservadores caerían a menos de un centenar y hasta serían superados por los liberal-demócratas, que ahora tienen 72 diputados.

Encima, Corbin ha anunciado la formación de un nuevo partido de izquierdas. Y éste, en las dos elecciones a las que se presentó como candidato a primer ministro, superó los 10 millones de votos. En 2017, marcó un récord: 12,8 millones, una cifra sólo superada por Blair en 1997.

Al Parlamento le quedan casi cuatro años de legislatura. Sin embargo, no hay ningún caso en la historia parlamentaria británica de un gobierno apoyado por un solo partido que se esté desmenuzando por sus propias acciones y tan deprisa.

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