«Torrente, presidente»: la España real contra el espejismo progresista

La sexta entrega de la saga de Santiago Segura, un maestro de la comedia española, hace reír a granel y confirma que Vox es el partido central de nuestro tiempo

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, Torrente, presidente, ha recaudado 16 millones de euros en diez días, con dos millones de espectadores y el estatus de película española más taquillera de los últimos quince años. Su lanzamiento se ha hecho sin apenas promoción: ni póster, ni tráiler, ni pases de prensa, solamente unas pocas marquesinas y Santiago Segura concediendo algunas entrevistas. Además de una espléndida franquicia de comedias, Torrente se ha convertido en una impugnación alegre de todo el esnobismo y la solemnidad que lastra al cine progresista español, desde los estirados críticos del Grupo Prisa a la cada vez más pesada gala de los Goya, escaparate de vanidades personales y políticas. 

Lo ha explicado muy bien el veterano Pedro Narváez en una columna en el diario español La Razón: «La crítica cejijunta se ha empeñado, creyendo que trabaja para el antiguo Cahiers du Cinéma, en hablar de Torrente, presidente como si fuera la última de Yorgos Lánthimos. Ni Oliver Laxe mereció tantas referencias. Cuánta pesadez, amiguetes. Visto que la asistencia a las salas no remite, entiendo que no les hacen caso.

Torrente, presidente es la mejor de la saga desde la inaugural y la mejor película española política desde los años setenta. Y, sobre todo, es tremendamente divertida», celebra. Han intentado despreciarla o sepultarla en referencias culturetas, pero ninguna de las dos estrategias les ha funcionado frente a un público voraz, con ganas de reírse dos horas seguidas.

La trama está dedicada, casi al completo, al inesperado ascenso de Nox, un partido patriota dirigido por Jacobo Carrascal y cuyo jefe de organización es negro (aquí hay una confusión, no sabemos si deliberada, entre el comunicador Bertrand Ndongo y el secretario general de Vox, Ignacio Garriga). Existe un vivo debate sobre si la película es una crítica implacable al partido verde o un blanqueamiento, cuando la realidad es que dedicar dos horas a Vox ya es una estupenda noticia promocional: confirma que es la formación central del momento político de nuestro país, la que ha sido capaz de agitar las aguas estancadas del sistema.

El pánico de los otros candidatos cuando José Luis Torrente entra a un debate televisado, en representación de Nox, refleja bien está hegemonía. Pero, sobre todo, hay una escena épica donde la prensa abandona en masa a la candidata del PP en un photocall —dejándola con la palabra en la boca— para atender a la cúpula de Nox, que baja del autobús como estrellas de rock al ritmo de «Va a estallar el obús», un potente himno heavy metal de los años ochenta.

Otra subtrama divertidísima es la que señala que al candidato se le va la cabeza a la mínima y conspira para dejar Vox y formar partido propio. La historia tiene una escena tronchante donde «los disidentes de Vox» son encarnados por el Dandy de Barcelona, Antonio Recio —el pescadero de La que se avecina— y Mauricio Colmenero —el dueño del bar de Aída—. No creo que los llamados «purgados» estén muy contentos con el retrato.

El guion contiene también numerosos troleos al sanchismo, que mejor no revelamos para no estropear el efecto sorpresa. Así, en abstracto, les retrata como una banda criminal dirigida por un narcisista sin ninguna brújula moral. Quizá el mejor de todos los chistes —que además se puede contar— es escoger como lema promocional de la película «Blanqueando el fascismo desde 1998». Se trata de la enésima confirmación, quizá la más rotunda, de que el espantajo político que más gusta agitar al PSOE ya no da miedo a nadie.

También usaron el lema «perpetuando el heteropatriarcado desde 1998», señal de que tampoco asusta mucho el feminismo punitivo de Irene Montero y compañía. Segura bromeaba en los platós con que Torrente, presidente acabará con la polarización porque todo el mundo va a odiarla, pero en realidad ha conseguido la hazaña de que espectadores de izquierda y derecha se rían con los mismos chistes.

La combativa periodista Rebeca Argudo ofrece otra clave importante en su columna para ABC: «Harta como estoy del cine con moraleja y mensaje, de las lecciones morales y el discurso comprometido, de la imposición de paridad, la representación obligatoria de todos y cada uno de los colectivos vulnerables por orden alfabético, del reproche tuitivo y cansino hasta en la sopa, agradecí mucho que durante una hora y cuarenta minutos alguien me dejara en paz. Que, en lugar de pretender aleccionarme en lo que es legítimo, que me posicione, u obligarme a militar incansablemente en la exhibición de bondad, me permitiese, simplemente, entretenerme y pasar un buen rato. Y me temo que el hartazgo no es exclusivamente mío: la sala estaba llena», destaca.

Otro convencido es Carlos Boyero, el feroz crítico de la SER: «Me he reído, a veces a carcajadas y esa es de las sensaciones que más agradezco que me den no ya en el cine, que también, sino en la vida. Se me pasó muy rápido y en algunos momentos con auténticas carcajadas», ha admitido en La Ventana. «La vi con dos personas, profesionales del cine español y grandes amigos míos, que uno me dijo: ‘Esto, en el cine, va a ser el efecto contagio de la risa’. Si hay algo explosivo es toda una sala en medio de una carcajada. Yo me reí», recuerda.

El propio Segura es quien mejor explica el secreto del éxito de la saga: «Siempre lo digo: todos, hasta la persona más pura, tiene un Torrente dentro. Torrente es lo peor del ser humano. Me acuerdo de los dibujos del Pato Donald: salía un demoniete a un lado y un santito al otro y le decía: ‘Cógelo, cógelo’ o ‘No lo hagas’. Todos luchamos contra nuestro Torrente», comparte. ¿Otra clave para encadenar taquillazo tras taquillazo? La película es una especie de venganza ante esos «políticos que nos están haciendo comulgar con ruedas de molino. Hay cosas que son de cajón, que son lógicas, de sentido común, y si las dices te acusan de ser sectario. No lo puedo entender», lamenta.

Santiago Segura pasó por el podcast de cine La Script, de clara tendencia progresista. Allí ofreció una serie de respuestas poco habituales en los medios, pero comunes en las conversaciones de nuestros barrios. Por ejemplo, defendió que es el gobierno quien debe hacerse cargo de la vulnerabilidad inmobiliaria, no los arrendadores. «Si diciendo esa gilipollez te dicen ‘es que eres un poco fachilla’… La gente está harta de que le llamen facha. Los votantes de Vox son gente que ha sido arrinconada por la izquierda, que les han ido insultando llamándoles facha. ‘¿Ah, facha? Pues voy a votar a Vox. Si soy facha, soy facha’. Eso me parece feísimo», compartió. Sin duda en este contacto con la calle radica parte del secreto del éxito de la saga.

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