Vómitos, vampiros y VIH. ¿Por qué aguantamos los delirios de Eduardo Casanova?

El director más hiperventilado de nuestro cine firma una ficción presuntamente escandalosa que aburre más que molesta.

El director más hiperventilado de nuestro cine firma una ficción presuntamente escandalosa que aburre más que molesta.

Viendo solo unos minutos de Silencio, miniserie de tres capítulos de Eduardo Casanova para Movistar+, queda claro de qué va la cosa. Estamos en un apartamento miserable, pero con cierto chic underground, donde conversa una pareja de lesbianas. La pequeña está contorsionada ofreciendo su sexo, la mayor —casi desnuda— termina por preparase un chute de heroína. Todo tiene un aire como de Nan Goldin, la prestigiosa fotógrafa yonqui que triunfa también en los museos del arte contemporáneo. Hablan sobre comerse el coño con la regla, la mayor defiende que «tener hijos es facha». Declaman a tope de intensidad y aparece la frase que justifica el título, dicha por la veterana: «Todo lo que te callas te mata por dentro». Entonces vomita, proceso fisiológico del que no ahorran detalle, como en toda película de arte y ensayo que se precie.

En realidad, la mayoría de lo que tiene que decir Casanova lo contaron ya antes y mejor sus maestros en el cine de culto. Mete con calzador una conversación coprófila, un tabú que ya rompió John Waters en la clásica Pink Flamingos (1972), estrenada hace más de medio siglo. También hay una escena donde tres vampiras hermanas mantienen un debate existencial sobre si es mejor el suicidio de su especie o terminar con la raza humana: mientras aclaran el dilema, surge la sospecha de que una se ha convertido al cristianismo y entran en crisis. Es la típica serie que flipa a adolescentes que disfrutan siendo raros, pero no se ofrece nada para el público en general.

Podemos definir la historia como una radiografía de la espinosa relación entre vampiros y humanos enfermos de SIDA. Unos se enamoran de los otros y disertan sobre quiénes son más desgraciados, casi siempre con un tono solemne y un humor presuntamente corrosivo, que rara vez hace gracia. La serie está saturada de guiños trillados, al estilo de la película La sustancia (2024): es más entretenido jugar a reconocer los plagios e influencias que atender a los personajes. Todo tiene un aire inofensivo, como de parque temático o photocall diseñado para que el artista exhiba sus dotes de enfant terrible. Por decir algo positivo, podemos señalar que funcionan bien los números musicales, animados por himnos del pop español de los setenta como «Porque te vas», «Que muera el amor» y «Piel de Ángel».

Mientras escribo estas líneas, Casanova ha anunciado que es portador del VIH y que el próximo enero se estrenará un documental para cines sobre su enfermedad, producido por Jordi Évole y Atresmedia. Desde el principio de la promoción, ya vendió la serie como activismo a antisida: «Hemos decidido reinventar la figura del vampirismo, tenemos que cambiar por lo que se conoce a los vampiros… Si te muerden, te transmiten el vampirismo y te convierten en vampira, entonces yo he decidido quitar eso y que el vampirismo fuese algo que no se podía transmitir. Si una vampira te muerde, no te conviertes en vampira, al igual que si un seropositivo o una seropositiva te muerde, tampoco te puede transmitir el VIH.

Esto retrata los años 80, pero también la actualidad… Es verdad que hay un estigma muy grande, creo que es importante verlo y ser consciente de la falta de información que a veces la mayoría de las personas tenemos», apuntaba Casanova en el programa de radio Ni tan mal. Nada más anunciarse como portador, la red social X comenzó a bullir de cuentas que le recordaban que unos días antes había defendido en La Revuelta de Broncano que el VIH no se contagia (le pusieron, claro, una nota de comunidad). ¿Quién va a discutirle un bulo a un enfermo?

Aunque juegue a ser rompedora, Silencio ya tiene un nicho de mercado bien conocido, que es el del público gay más kitsch, que disfruta los ataúdes rosas, los vestidos versallescos y las escenas punki con fluidos corporales. Es algo tan predecible como que a los heterosexuales nos gustan las cintas de acción con coches, armas y rubias en minifalda. En ese sentido, Casanova es un artista fracasado, mucho más famoso por su pasado en la exitosa serie Aída y por sus destempladas apariciones públicas que por sus creaciones audiovisuales, de las que ninguna escena o personaje se ha convertido en clásico.

Otro factor de distracción es ponerse a pensar en Movistar+, la plataforma que paga este contenido. No deja de ser chocante que una empresa que apuesta por lo masivo y lo familiar acoja una ficción tan desagradable, que chirría con su línea editorial. Cierto que la plataforma está cada vez está más en sintonía con el Gobierno y que este despliegue de homosexualidad y satanismo es lo típico que el PSOE de Sánchez celebra como tolerante, rompedor y refrescante.

El problema principal es que no hay ningún momento en Silencio que cause tanto terror como aquella aparición en los premios Goya 2020, envuelto en un traje de diseño, donde le pidieron una entrevista de alfombra roja y terminó gritando al gobierno que le diera «dinero, más dinero público para hacer nuestras películas». Posiblemente aquello fue uno de los momentos más emblemáticos de la descomposición del régimen cultural del 78, basado en fomentar contenidos «rompedores», con la diversidad sexual como plato fuerte. Sería imposible hacer un Pantomima Full a Casanova porque no se puede pasar más de rosca al personaje.

Algunos pensarán que es broma, pero el hecho de aburrirse con esta serie supone un paso adelante. Productos anteriores del artista lograron que muchos nos preguntásemos si estábamos ante una mala persona, una duda que él mismo comprendería. «Si soy un hijo de puta o un activista, eso lo dirá el público», explicaba en una entrevista en El Mundo en mayo de 2019. Allí hablaba sobre Márgenes (Grijalbo), su libro de fotografías de personajes lumpen, mejor cuanto más tirados y contrahechos.

Es la puesta al día de cuando los dueños del cortijo contrataban friquis para sus fiestas y también asoma la línea de Santiago Sierra, el alabado artista antiespañol que paga a inmigrantes por tatuarse o por hacer trabajos humillantes para sus performances e instalaciones. El nivel de frivolidad de Casanova es apabullante, cristalizado en respuestas como la siguiente: «Cuando invité a toxicómanos a mi casa noté que su relación con su adicción era parecida a mi necesidad de rodar ficción. Quizás por eso les retraté a ellos y no a otros», explicaba a El País en verano de 2019. Vuelve la cháchara de señorito intenso, siempre dispuesto a unas vacaciones baratas en la miseria de los demás.

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