El voto étnico, un voto que no obedece ni a convicciones, ni a propuestas, ni a la preocupación por el bien común, sino a lealtades étnicas, es la última teoría de la conspiración que, tras ser insistentemente negada, se convierte en una evidencia innegable de la noche a la mañana. La transformación del voto étnico en un hecho innegable reconocido por todos tuvo lugar el pasado 26 de febrero en una circunscripción cercana a Manchester: Gorton and Denton.
Allí, en lo que fue un feudo laborista, hubo elecciones para sustituir al parlamentario laborista que representaba la circunscripción y que se vio forzado a abandonar su escaño a raíz de un escándalo en el que salieron a la luz mensajes racistas y antisemitas. El resultado ha sacudido el escenario político británico: victoria de los Verdes, con un 41% de los votos; Reform UK, el partido de Nigel Farage, quedó en segundo lugar, con el 29% y el Partido Laborista en tercer lugar, con un 25% (en 2024 obtuvieron el 51%). El Partido Conservador ha retrocedido del 8% a un paupérrimo 2%. Es la segunda ocasión desde 1945 en la que en unas elecciones ni laboristas ni conservadores han sido uno de los dos partidos más votados.
El gran derrotado, obviamente, ha sido el Partido Laborista, que no había perdido unas elecciones en la zona desde 1931 y que esta vez se ha desangrado: los votantes universitarios y musulmanes se han ido a los Verdes, mientras que el votante de clase trabajadora blanca ha huido hacia Reform.
«Hannah Spencer, la candidata verde, apostó por lanzar mensajes en urdu, la lengua común en Pakistán»
Pero esto es sólo una parte de la historia. En realidad, Gorton and Denton es una circunscripción que nace de la amalgama de dos territorios muy diferentes. Gorton, en el gran Manchester, tiene una población que es musulmana en un 40%, en la que el 62% de sus habitantes han nacido en el Reino Unido y que tiene un 30% de graduados o estudiantes universitarios. Hay zonas, como Longsight, donde la población musulmana alcanza el 60%. Denton y la zona del Tameside, por su parte, tiene una composición completamente diferente: 3% de musulmanes, 86% de nacidos en el Reino Unido y más del 80% de población blanca. Parafraseando a Dickens, podríamos caracterizar la circunscripción que las engloba como la historia de dos ciudades. Una ya no tiene nada que ver con lo que era la identidad británica, la otra intenta preservarla a toda costa.
Esta divergencia se percibió con claridad ya durante la campaña, en la que los Verdes jugaron la carta étnica sin disimulo. En vez de intentar convencer a los votantes con sus propuestas, Hannah Spencer, la candidata verde, apostó por lanzar mensajes en urdu, la lengua común en Paquistán. En un vídeo en esa lengua, se mostraba al primer ministro laborista, Keir Starmer, en compañía del presidente indio, Narendra Modi, alguien que no levanta precisamente muchas simpatías entre la población paquistaní.
«Matt Goodwin, candidato de Reform: ‘Algunas tardes recorrí calles en las que nadie hablaba una palabra de inglés’»
En unas octavillas, también en urdu, se podía leer el siguiente mensaje: «Los laboristas deben ser castigados por Gaza… Para darle a los musulmanes una mayor voz, vota a los Verdes». En un debate entre Spencer y el candidato de Reform, Matt Goodwin, cuando éste le preguntó sobre quién creía que era el responsable de los atentados del Manchester Arena en 2017, cuando un yihadista hizo estallar una bomba que acabó con su vida y la de 22 personas más, la candidata verde respondió que «gente como usted, que se dedica a dividir a la gente».
El mismo Goodwin, en un artículo en The Spectator, ha explicado de forma muy gráfica cómo fue su experiencia en esta campaña: «Una noche, en una zona en la que casi la mitad de los ‘locales’ no habían nacido en Gran Bretaña, tres musulmanes bloquearon la calle y trataron de intimidarme. Después de meterme a toda prisa en nuestra furgoneta y sacarme de allí, mi guardaespaldas me dijo: ‘No puedes volver a hacer campaña aquí’… Algunas tardes recorrí calles en las que nadie hablaba ni una palabra de inglés. Tampoco era raro encontrar a un gran número de extranjeros viviendo en una vivienda que, según el registro oficial, estaba habitada por una pareja británica».
«La disputa ya no es en torno a cuestiones políticas, sino que se decide sobre líneas de fractura étnicas»
Y por supuesto, el día de la votación se detectaron numerosas situaciones de lo que se denomina «voto familiar»: el padre de familia musulmán entregando los sobres al resto de la familia para asegurarse de que votan correctamente.
En definitiva, las elecciones en Gorton and Denton han sido históricas porque han expuesto a plena luz del día un nuevo escenario en el que la disputa ya no es en torno a cuestiones políticas, sino que se decide sobre líneas de fractura étnicas. No hay debate ni propuestas más allá de la identidad étnica. En unas elecciones que se dirimen en torno al voto étnico, elecciones y censo son equivalentes.
«En el año 2000 había medio millón de musulmanes en la UE. Hoy superan ya los 25 millones»
Entramos así en un nuevo momento político en el que bien se puede hablar de balcanización o también, por eso de la cercanía, de ulsterización. La contienda política en Gorton and Denton ha consistido en una simple cuestión de aritmética demográfica en la que decide la movilización étnica, como ya sucede en Irlanda del Norte. Es ésta una dinámica que, con toda probabilidad, no dejará de extenderse a medida que la transformación demográfica del Reino Unido, provocada por la inmigración masiva, se intensifique y el voto pase a obedecer cada vez más a criterios étnicos en comunidades cada vez más segregadas.
Una tendencia que ya podemos observar también en la Europa continental, desde el voto musulmán a La Francia Insumisa a las campañas electorales en árabe o turco en capitales como Ámsterdam. En el año 2000 había medio millón de musulmanes en la UE. Hoy superan ya los 25 millones. No hay que ser adivino para vaticinar que la importancia del voto étnico no va a dejar de crecer.
Se quiebra así uno de los principios fundantes de las democracias clásicas, en las que se supone que existe un demos, un pueblo consistente, unido por una historia y una cultura común, que decide sobre lo que considera que es el camino más conveniente para su futuro. Ese demos ya no existe, y en su lugar tenemos diversas comunidades étnicas que coexisten unas junto a otras pero que no reconocen ninguna historia, cultura y ni siquiera intereses comunes y cuya lealtad es étnica y no nacional. Lo que muchos advertían que iba a suceder con las políticas multiculturalistas ya es una realidad.
«En España, una reciente encuesta de ABC de intención de voto (…) muestra con claridad un apoyo generalizado y mayoritario al PSOE, (…) con picos entre los marroquíes»
Un fenómeno, éste, que no es ni sorprendente (son muchos quienes llevan años advirtiendo de la imposibilidad de integración cuando persisten en el tiempo niveles de inmigración masiva) ni casual. Basta con observar el comportamiento electoral de los inmigrantes y sus hijos para entender quién está interesado en estas dinámicas. Y es que el voto de los no nacidos en el país sigue un patrón similar en toda Europa. Por ejemplo, en las últimas elecciones presidenciales francesas de 2024 el 69% de los musulmanes votaron en primera vuelta a la extrema izquierda. En la segunda vuelta, el 85% votaron contra Le Pen. Y en España, una reciente encuesta de ABC de intención de voto según el país de origen de los nacionalizados muestra con claridad un apoyo generalizado y mayoritario al PSOE (con la excepción de los venezolanos, que ya han disfrutado de suficiente socialismo del siglo XXI), con picos entre los dominicanos (52%), los marroquíes (48%) y los ecuatorianos (47%). La jugada está clara.
Otra cuestión es que, como le ha pasado al Partido Laborista británico, después de años de beneficiarse del voto musulmán paquistaní, ese voto étnico haya encontrado otras siglas con una oferta mejor. Pero que el voto étnico va a ser cada vez más decisivo en la postdemocracia sin demos a la que nos han abocado es algo a la vez indiscutible y problemático: una quiebra del pacto sobre el que se basa nuestro sistema político y una barrera que puede ser infranqueable para quienes quieren corregir la deriva decadente en que vivimos.