Yo acuso

Décadas después, el debate de la eutanasia reaparece como “derecho a morir”, pero con críticas que advierten de una desprotección de los más vulnerables

En 1941, en Alemania, se estrenó la película “Yo acuso” (“Ich klage an”) realizada por Wolfang Liebeneier una película que cuenta la historia de una joven enferma de esclerosis múltiple, Hanna, que le suplica a su marido Thomas Heyt, un prestigioso médico de Múnich, que acabe con su vida, ante la idea de verse degradada por la enfermedad:

– Si me quieres de verdad, prométeme que me librarás de esto con anticipación -le pide chica entre lágrimas.

Cuando Hannah comienza a sufrir parálisis respiratoria Thomas roba un frasco a su colega el Dr. Lang y le administra a Hanna una dosis letal, mientras ambos se repiten una y otra vez lo mucho que se quieren.

Ya en el trance de morir, ella le dice:

– Me siento tan feliz, quisiera estar ya muerta.

Tras su muerte, Thomas es denunciado por su cuñado, Eduard Stretter, y es llevado a un juicio donde se presentan argumentos a favor y en contra de la eutanasia. En esta película se induce al espectador a sentir que prolongar la vida de una persona discapacitada es menudo contrario a la naturaleza, y que la muerte es tanto un derecho del paciente como un deber moral del médico.

Esta producción cinematográfica estuvo cuidadosamente promovida por Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, y su distribución alcanzó gran éxito en Alemania, logrando lo que los nazis querían: causar un gran impacto emocional en la población alemana para promover sus leyes de eutanasia y eugenesia, una política que se consolidaría en su programa de eutanasia, conocido oficialmente como “Aktion T4” y llamado también “Gnadentod” (traducido como “muerte por compasión” o “por misericordiosa”) iniciada en 1939.

Este plan buscaba el asesinato masivo de personas con discapacidades físicas, mentales o enfermedades incurables, y por extensión a quienes el régimen consideraba”.

Este filme formaba parte de la propaganda del régimen nacional socialista en favor de la esta acción e iba dirigido a la población general y especialmente para sensibilizar a los médicos, porque a muchos de ellos les repugnaba la idea de que hay «vidas indignas de ser vividas».

Goebbels preparó meticulosamente una estrategia de propaganda para ganarse el apoyo de la población alemana, utilizando esta película, documentales y material educativo para sensibilizar emocionalmente al público, así como para deshumanizar a las víctimas, todo en favor de la aceptación de la eutanasia. Uno de esos panfletos recoge este argumento:

Anteriormente, en 1920, Karl Binding y Alfred Hoche, escribieron una obra titulada Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir donde se acuñó, por primera vez, la expresión: «vidas indignas de ser vividas» y hablaba de seres humanos que llegan a un estado en que son «cáscaras humanas vacías de sí».

El programa nazi de “Muerte por piedad” estuvo dirigido a llevar a la muerte sistemática a personas con discapacidades mentales y físicas, algunos incluso con depresiones. Estas iniciativas legislativas abrieron paso a la medicina criminal que precedió la llamada “Solución Final”.

El obispo católico y opositor al nazismo Clemens August Graf von Galen, dijo en aquel tiempo: «Ellos son personas, son nuestros hermanos y hermanas, tal vez su vida no sea productiva, pero la productividad no es una justificación para matar. Si así lo fuera, todo el mundo temería inclusive acudir al doctor».

El corresponsal de la CBS en Berlín, William Shirer, relató: «Un amigo alemán me dijo ayer que los parientes se apresuran ahora a ayudar a sus familiares a salir de los hospitales y de las garras de las autoridades. Me dice que lo que está haciendo la GESTAPO es dar muerte a personas que padecen solo dolencias temporales e incluso meras crisis nerviosas».

Nuestras sociedades actuales dicen distanciarse de tales iniciativas aduciendo que aquel tipo de eutanasia que fue “totalitaria” mientras que ellos dicen promover algo distinto: «el derecho a recibir ayuda para morir, despenalizando las acciones de los profesionales sanitarios que la aplican»

Así es la ley (LO 3/2021) en España, que fue promovida por los sectores más ideológicos y totalitarios de la izquierda desde 2017 (Unidas Podemos; En Comú Podem; En Marea). Ellos hablan de propiciar un “contexto eutanásico” en el cual se acepta legalmente prestar ayuda para morir a otra persona, y que debe “delimitarse con arreglo a determinadas condiciones que afectan a la situación física, al sufrimiento físico o mental y a las posibilidades de intervención para aliviar tal sufrimiento”.

Dicen “legislar para respetar la autonomía y voluntad de alguien de poner fin a la vida porque padece una situación grave, crónica e imposibilitante o enfermedad grave e incurable, o padece un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones aceptables”.

La ley, sin embargo, abre un camino en pendiente resbaladiza desprotegiendo la vida de todos aquellos que quedan desvalidos o en estados frágiles como ha sido el caso de la joven de 25 años Noelia del Castillo, donde ha habido ausencia de protocolos, que atendiesen su estado mental y se le ha dado muerte el 26 de marzo de 2026, en Barcelona. La ejecución de su muerte siguió un protocolo estándar que suele durar unos 15 minutos con el uso de tres fármacos administrados de forma secuencial que causan la muerte diseñados garantizar una sedación profunda para que no sufra la persona en el proceso.

Este caso manifiesta la pendiente resbaladiza de nuestra legislación, la desprotección de los más vulnerables y la condena a muerte de los más desvalidos, como ocurre hoy en Canadá o en Holanda donde, cada vez más, las situaciones socioeconómicas y el desvalimiento están influyendo en la percepción de sufrimiento, abocando a los desamparados a pedir su propia ejecución por parte de un sistema que previamente no les ha protegido ni cuidado.

Canadá ostenta las tasas de muerte asistida más altas del mundo. Su programa de suicidio se asemeja a una sustitución distópica de los servicios asistenciales que cambie el bienestar social por la eutanasia.

La eutanasia y el suicidio asistido y su contexto conocido como Asistencia Médica para Morir (MAiD, por sus siglas en inglés) se legalizó en Canadá en 2016 y se amplió, en 2021, para incluir a personas con enfermedades graves e incurables, incluso, si su muerte no es previsible a corto plazo, hoy representa más del 2% de las muertes totales.

Este es el cínico final de muchos desvalidos bajo la lógica brutal del capitalismo tardío y de sus postulados llamados “progresistas”: te privamos de los recursos que necesitas para vivir una vida digna y, en este, te abocamos a pedir el suicidio. Son los más pobres y desvalidos quienes se ven abocados a solicitar su muerte asistida debido a la situación desgraciada a la que llegan de soledad y pobreza. La sociedad les presiona a elegir morir de forma indolora como único bienestar social que pueden recibir.

Los marcos eutanásicos son el sumidero por el que se desagua a quienes cargan con los fallos del sistema, los golpes de la mala fortuna, las negligencias de otros o los fracasos propios. Se trata de una nueva limpieza eugenésica, en este caso social, con la perversión añadida de que es el propio condenado a muerte quien solicita su indolora y aséptica ejecución. Una muerte piadosa para las pobres gentes, para los ofendidos y humillados, para los desafortunados, no vaya a ser que se note que nuestras sociedades del bienestar y de la opulencia es que realmente no funcionan bien. No olvidemos que la Alemania nacionalsocialista de Hitler también autoproclamaba defender un progresismo de vanguardia.

Binding y Hoche ya lo predijeron en la década de 1920:

«Vendrá una nueva época que, basada en una moral superior, se abandonará ese concepto desmedido de humanidad y de defensa exagerada que se tiene sobre el valor de la vida humana».

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