El cautivo: un Cervantes contra natura

Amenábar convierte en un pelele al escritor más importante de la historia de España, hundiéndolo en una fantasía gay acartonada e islamófila.  

Amenábar convierte en un pelele al escritor más importante de la historia de España, hundiéndolo en una fantasía gay acartonada e islamófila.  

En una calle de Madrid de cuyo nombre no quiero acordarme, en un ático de siete millones de euros, vivía un director de cine homosexual, cincuentón y musculado. En los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año— se dedicaba a rumiar cuál sería su próxima película. Había hecho ya una de miedo, una de romanos, una de eutanasias… Tenía el cerebro seco de tanto pensar, cuando se asomó a la ventana y se le ocurrió: ¡Un Cervantes de la acera de enfrente!

Hasta ahora, Alejandro Amenábar nunca había hecho cine gay. Rodó su primera película gracias a su intimísima relación con José Luis Cuerda, pero él siempre ha sido muy celoso de su vida privada. No en vano, no salió del armario hasta 2004, cuando su carrera ya estaba consolidada. Entonces, ¿por qué le da ahora por hacer un Cervantes gay?

Aunque intenta disimularlo, la película está en la onda del cine woke que traviste personajes históricos y, por ejemplo, hizo negra a Cleopatra. Amenábar se agarra a unos rumores sobre un desliz del autor de El Quijote, y exagera cuando afirma que «renunciar a la trama homosexual de Cervantes sería como renunciar a mí mismo puesto que yo soy homosexual». Porque la «trama» es improbable, y la palabra «homosexual» no se inventó hasta el siglo XIX; en tiempos de Cervantes (1547–1616) se llamaba «sodomía» y se castigaba con la hoguera.

Hasta el filólogo José Manuel Lucía, que asesoró a Amenábar para escribir la película, sostiene que «la teoría sobre la homosexualidad de Cervantes viene de los años 80, cuando se usaba como un ataque para buscarle un defecto». Lo que sí está confirmado es que Cervantes tuvo una esposa, una amante y dos hijos. Lo único que podría hacernos dudar de su hombría es que el inquisidor Juan Blanco de Paz aseguró en un informe que había cometido «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio.

Amenábar se agarra a la remota posibilidad de que esas «cosas viciosas» fueran sodomías para filmar una almibarada fantasía homoerótica. Primero, apunta la posibilidad de que López de Hoyos, maestro de Cervantes, le diera clases de escritura a cambio de favores sexuales. Después, lo hace intimar con su captor, el gobernador Hasán Bajá, cuando éste se entera de que sabe contar historias y le ofrece visitar su palacete para escucharlas. Allí, Cervantes se enamora de Hasán, interpretado por el solvente actor italiano Alessandro Borghi.

Cervantes es encarnado por Julio Peña, un desconocido actor que se parece al manco de Lepanto como un huevo a una castaña: con facciones aniñadas y un peinado impropio de un miliciano del Siglo de Oro, se diría que Amenábar lo escogió por morbo, pues se recrea en su anatomía y hasta su culo nos enseña, en una sonrojante escena en la que un par de negros lo masajean.

Melifluo y enclenque, el Cervantes de Amenábar se rinde a los encantos de Hasán, un maromo pintado como una puerta que lo embruja con su morisca virilidad. Cervantes le pregunta, «si no hay amor, ¿qué nos queda?» Y el otro le contesta que «los placeres», señalando a unos efebos desnudos que retozan en su sauna.

Amenábar pinta de rosa un encuentro sexual que bien pudo ser una violación —puesto que Cervantes describe a Hasán en sus textos como un individuo cruel— y apuesta por un coito vaporoso y romántico que, por suerte, resuelve con una elipsis: salta de los ósculos preliminares a un Cervantes ya reclinado sobre el pecho de su amante bandido, visiblemente satisfecho.

Amenábar nos presenta al islam como una religión tolerante: «Por lo menos hay algo que les prohíben a los moros y no a nosotros los cristianos», señala Cervantes en referencia al vino. Cuando sale algún árabe cometiendo una atrocidad, se dice que «los cristianos son aún peores». Y el malo de la película es el inquisidor Blanco de Paz, interpretado por Fernando Tejero. Un poquito de por favor…

Argel, que era un infierno lleno de esclavos y enfermos, se nos vende como un paraíso multicultural donde gais y travestis mariposean a su antojo por barberías clandestinas en las que sirven alcohol y celebran orgías; un submundo en el que los hidalgos españoles están en su salsa. «¿Qué iba a echar yo de menos de España?», pregunta uno. Y a Cervantes sólo se le ocurren las librerías, los molinos y los titiriteros.

Pero, amén de ser moralmente maligna, la cinta es tosca y patosa, escrita sin brío ni gracia, con diálogos postizos. Ni siquiera hay rigor histórico en el vestuario, que mezcla prendas de distintos siglos. Se diría que Amenábar se aburre y contagia su tedio a los actores, que balbucean entre decorados de cartón piedra. Valga como excepción el gran Miguel Rellán, que borda el personaje de Antonio de Sosa. 

Como dato cómico, decir que Pedro Sánchez asistió al estreno de El cautivo junto a Begoña Gómez, poco después de que la pentaimputada declarara en los juzgados por un presunto delito de malversación. Amenábar parecía un poco incómodo junto a ellos, y no es para menos: a su llegada al cine, la pareja, rodeada de una decena de escoltas, fue abucheada por una multitud que los reconoció, a pesar de que entraron por una puerta secundaria.

Amenábar nunca ha dicho a quién vota, pero no muerde la mano que le da de comer: de los 12 millones que costó la película, uno y medio fue aportado por el Ministerio de Cultura. Pero el resultado, con escasos exteriores y fotografía de telefilme, es francamente pobre.

Una última mentira que aparece en El cautivo: cuando a Hasán no le gusta una historia de las que le cuenta Cervantes, le arroja objetos, frutas, yogures… Después de ver esta película, a uno se le antojaría hacer lo propio con Amenábar: tirarle tomates. 

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