No sé si recuerdan la obra de Arthur Miller «La muerte de un viajante» donde Willy Loman, un fracasado comercial obsesionado por alcanzar el éxito que vive engañado aferrándose a falsas esperanzas e ilusiones que impone férreamente a sus hijos y su esposa, pierde la cordura porque se ve, para sostener su mentira, obligado a contar continuamente embustes que acaban cobrando realidad en su mente: miente acerca de su importancia, de su atractivo, de su estatus, engaña a su mujer, es deshonesto.
Todo en base a una teoría propia e ilusoria acerca del atractivo personal y de gustarle a la gente: si le gustas a la gente, todas las puertas se abrirán. En el escenario contemplamos a un Willy decadente, patético, encerrado en su propia irrealidad.
«Cuya objetivación la encontramos en el agónico gobierno de Sánchez Castejón y su empeño en situarse fuera de la realidad»
Su esposa, Linda Loman, refugiada en la soledad y desamparada, vive en una burbuja a pesar de la infidelidad de su marido y hasta cierto punto es cómplice de su propia tragedia en la medida que alienta la irrealidad patológica de su marido que miente en todo. La vemos remendando sus propias medias, para no gastar, cuando sabemos que Willy regala «medias nuevas» a su amante.
Esta alegoría donde Miller desenmascara el patetismo del sueño americano, la podemos aplicar al sueño demoliberal, al sueño progresista, a su corrupta decadencia, cuya objetivación la encontramos en el agónico gobierno de Sánchez Castejón y su empeño en situarse fuera de la realidad, en mentirnos a todos. Sánchez se empeña, como el demenciado Willy Loman en que, si le gusta a la gente, todo es más fácil y triunfa en la vida; sin embargo, como a Loman poca gente ya lo aprecia, ni siquiera buena parte de los suyos, excepto aquellos que como Happy Loman, el confuso y desorientado hijo de Willy, ya no sabe salir de la irrealidad ideológica y secunda al padre buscando obtener su aprobación porque ha hecho de eso su «modus vivendi».
«Son tus impuestos y los míos los que derrocha Óscar puente dedicando recursos públicos a monitorizar a aquellos que le critican»
En esta tragedia contemporánea, la sociedad española, el pueblo español, los ciudadanos, los españolitos de a pie, corremos el riesgo, como Linda, de quedarnos zurciendo nuestras propias medias mientras un enajenado nos engaña, nos es infiel, vive en sus delirios de grandeza a costa de nuestro sacrificio, a no ser que despertemos del sueño y como Biff, el otro hijo de Loman que toma conciencia de que su padre es un farsante, empecemos a ver la vida con realismo. No hay más tiempo para padecer esta farsa.
Porque ahora la tragedia no se trata de la vida de un solo viajante, sino de la vida que han perdido casi medio centenar de viajeros. Incluso este ministro proponía hace pocas semanas vender billetes de tren para gente que aceptase ir de pie. Imagínense que masacre hubiese sido, mayor de la que ya ha sido si fuesen pasajeros de pie. Son tus impuestos y los míos los que derrocha Oscar Puente dedicando recursos públicos a monitorizar a aquellos que le critican.
«Mientras este señor se dedica a Twitter, su ministerio se ha dedicado a abandonar a su suerte las vías; las catenarias; los trenes»
Los viajantes y viajeros que, como yo, vamos en el tren semanalmente por trabajo, hemos comprobado cómo, a ojos vista, se deterioraba el servicio, las infraestructuras, la organización o la puntualidad. Algo grave tendrá que pasar -decíamos algunos desde hace tiempo- y mira si ha pasado. Muy lamentablemente ha ocurrido una desgracia.
Dos graves accidentes de tren en menos de tres días.
Mientras este señor, cuyos rasgos evidencian las fases primarias de la evolución humana, se dedica al Twitter y al matonismo verbal, su ministerio se ha dedicado a abandonar a su suerte las vías; las catenarias; los trenes, cada vez más sucios, incómodos y deteriorados; las carreteras, cada vez más peligrosas. Su ministerio, que acumula un acervo de corrupción, desde el anterior ministro Ábalos, maltrata a los pobres viajeros, a quienes ya no devuelve los retrasos continuos, a quienes mantiene en las estaciones de pie en largas filas, mientras retiran buena parte de los asientos que existían en las zonas de espera de las estaciones (así lo he comprobado en Sants, Barcelona, y en Joaquín Sorolla, Valencia).
Ahora viajantes y viajeros, que hemos de ir a venir para ganarnos el pan, lo hacemos cada vez más incómodos y a riesgo de nuestras vidas.
«Oriol Junqueras, único que negoció con un Sánchez el reparto desigual de recursos entre comunidades autónomas»
Pero la cosa no queda aquí, la muerte del viajante, del que creía en el sueño europeo y español, si cabe, se ve amenazada cuando este gobierno de la catástrofe y la calamidad se aferra a un fin cada vez más putrefacto, nos toma por idiotas cuando la ministra que nos sangra desde Hacienda nos intenta explicar la «ordinaria ordinalidad» y se hace un gran lio porque nuestra ministra ya pasa de ser «ordinaria» a ser «ordinalia», pretendiendo seguir sangrando al contribuyente para redistribuir al capricho del expolítico, expresidiario y exsedicioso Oriol Junqueras, único que negoció con Sánchez el reparto desigual de recursos entre comunidades autónomas. ¡Toma ya! ¡Son tus impuestos y son los míos!
La muerte del viajante acaece también cuando la exministra Alegría, salida de una lujosa vivienda oficial de 320 metros cuadrados, con la pretensión de gobernar en Aragón, nos quiere vender su paupérrima humildad, filmándose en su pueblecito natal de La Zaida sentada en un viejo sofá de sky cubierto con una jarapa rústica. Esto ya es tomarnos por «más que tontos», esto es reírse de tanta gente modesta de verdad que se las ve y se las desea para llegar a fin de mes.
«Un gobierno y un líder demenciado viviendo una patética mentira, son una amenaza continua y cada día mayor»
Pilar Alegría se burla de la España rural, de la gente sencilla a quienes asfixian con sus medidas. Esto, verdaderamente por parte de señora Alegría, quien fue poco menos que recepcionista en la juerga de Ábalos en el parador de Teruel es muy lamentable.
Un gobierno incapaz de asumir un mínimo de responsabilidad política, un gobierno y un líder demenciado viviendo una patética mentira, son una amenaza continua y cada día mayor. No sigamos conformes, remendado nuestras propias medias, y exijamos ya su final. No es que nos quiten el tiempo, es que nos quitan la vida. Esto no es ya «la muerte de un viajante», es la muerte de «demasiados viajeros», es la muerte de todo un pueblo bajo una opresión estúpida y silenciosa.