Hace poco más de diez años, la guerra civil siria desató una diáspora que llevó al establishment europeo a replantearse sus ideas sobre el humanitarismo, y desde entonces el Viejo Continente parece sumido en un debate sin solución sobre la inmigración. Sin embargo, y al contrario de lo que normalmente se piensa, la polarización generada alrededor de la cuestión migratoria no se funda en la xenofobia o el racismo, sino en la resistencia a un proceso que no es natural.
En el año 2015, en las estaciones de tren alemanas se congregaban muchedumbres para dar la bienvenida a las personas desplazadas por la guerra en Siria, y, en unas imágenes sobrecogedoras, vimos a los anfitriones recibir cálidamente a aquellas familias. Por su parte, los huéspedes recibieron beneficios como casas y facilidades para sus hijos, y agradecían a la canciller Ángela Merkel llamándola Mutti (mami o mamita) por su rol como protectora de los refugiados. La líder alemana colocó al país como la avanzadilla europea en términos de inmigración, e impulsó dentro de la Unión Europea un agitado debate sobre la inmigración que desembocó en una reforma del Pacto Europeo de Migración y Asilo.
«Es en el debate migratorio donde encontramos el origen del Brexit, las tensiones con los países del Este de Europa y el fortalecimiento de políticas identitarias»
La presión ejercida desde Alemania y las instituciones europeas para que el conjunto de los integrantes de la Unión se sumara a su postura evidenció las profundas diferencias que existían entre los socios. Es en el debate migratorio donde encontramos el origen del Brexit, las tensiones con los países del Este de Europa y el fortalecimiento de políticas identitarias. Para encontrar las ideas que subyacen a la actual situación migratoria debemos adentrarnos en las ideas de Peter Sutherland.
En 2006, casi diez años antes de que la crisis de los refugiados sirios acaparara la primera plana de los periódicos, un político y ejecutivo irlandés presentaba en foros internacionales su idea sobre la gestión de la inmigración en Europa. Peter Sutherland ocupó casi todos los altos cargos existentes en el mundo empresarial y de las organizaciones internacionales y desde esa plataforma se erigió en uno de los «principales sacerdotes de la globalización», tal como indica su perfil en la web del Grupo Bilderberg.
«Peter Sutherland empleó los últimos años de su vida en presentar en diversas instituciones y medios su proyecto sobre la inmigración»
Los méritos acumulados por este político irlandés no dejan lugar a dudas sobre su compromiso con el proyecto globalizador: entre 1985 y 1989 fungió como comisario europeo de Competencia, justo durante la preparación del Plan Delors para la creación de la Unión Económica y Monetaria europea. En los años noventa, también fue el primer secretario general de la Organización Mundial del Comercio y entre los años 2006 y 2017 Sutherland actuó como representante de la ONU para las Migraciones Internacionales. A esos cargos hay que sumar su papel como presidente de la petrolera BP y del banco Goldman Sachs International, y director de la Comisión Trilateral.
Como predicador de la buena nueva de la globalización, Peter Sutherland empleó los últimos años de su vida en presentar en diversas instituciones y medios su proyecto sobre la inmigración. En junio de 2012 la Cámara de los Lores citó a Sutherland para una audiencia titulada «La aproximación global sobre la migración» en la que presentó su particular perspectiva sobre este fenómeno. Desde su púlpito argumentó la importancia de la inmigración para mantener una masa poblacional que permitiera a Europa sostener su crecimiento económico ante la reducción de las tasas de natalidad en el continente.
«El argumento a favor de la inmigración de Sutherland puede resumirse entonces como una competencia entre países por atraer a lo que se ve como un puro activo económico»
Posteriormente, el compareciente señaló su preocupación por la falta de acción de Europa para atraer a los inmigrantes, mientras estos empezaban a encontrar atractivos otros destinos como Brasil, Sudáfrica, Indonesia o México. El argumento a favor de la inmigración de Sutherland puede resumirse entonces como una competencia entre países por atraer a lo que se ve como un puro activo económico. En un artículo publicado en la web de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, encontramos una versión maquillada de esta perspectiva. El político irlandés añadió un tinte moral a su postura, apuntando la necesidad de que los países receptores adoptaran una postura más abierta y contribuyeran a mejorar las condiciones de vida de los inmigrantes.
Encontramos aquí dos enfoques distintos sobre el fenómeno migratorio: por un lado, se ve como una oportunidad económica para Europa, y, por otro, se valora también como una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de las personas. Sin embargo, en ambos enfoques subyace una percepción del desarrollo económico como un proceso exclusivo de lo que se conoce como el «primer mundo». Volviendo a la indagatoria celebrada en el Parlamento británico, Sutherland señaló que ni la UE ni los países miembros deberían adoptar políticas que previnieran la fuga de cerebros desde países pobres, sino dejar que las personas decidan dónde vivir. En la práctica, esto se traduciría en la eliminación de toda política encaminada a favorecer la mejora de las condiciones de vida en los países en vías de desarrollo, con el fin de favorecer la inmigración de personas educadas hacia Europa.
«La suya es una postura eminentemente eurocéntrica, donde el viejo continente necesita absorber la mano de obra más cualificada de los países en vías de desarrollo»
Ante estas palabras del «sacerdote de la globalización», cabe recordar las recientes palabras de León XIV durante su viaje a África. En el vuelo de regreso a Roma el Pontífice se preguntó: «¿qué hace el Norte del mundo para ayudar al Sur del mundo o a esos países donde los jóvenes hoy no encuentran un futuro y, por eso, viven este sueño de querer ir hacia el Norte?», y continuó apuntando: «Todos quieren ir hacia el Norte, pero muchas veces el Norte no tiene respuestas sobre cómo ofrecerles posibilidades». En un discurso pronunciado ante la comunidad universitaria de Camerún, el Papa pidió a los estudiantes «poner los conocimientos que están adquiriendo aquí al servicio de sus conciudadanos».
Este llamamiento contrasta radicalmente con las posturas de Sutherland, quien tiene una visión economicista de la inmigración y ve a las personas como un puro activo que puede reflotar la economía europea. Asimismo, la suya es una postura eminentemente eurocéntrica, donde el viejo continente necesita absorber la mano de obra más cualificada de los países en vías de desarrollo. No obstante, considerar a las personas como una especie de autómatas que servirán para solucionar un problema demográfico, deja de lado la dimensión humana de este fenómeno. Aquellas personas que deciden migrar dejan atrás la tierra en donde hundían sus raíces sociales y culturales, necesarias para su completo desarrollo humano.
«Sutherland apuntó que la mejor forma de fomentar la integración de los inmigrantes a lo largo y ancho de la Unión Europea es socavar la homogeneidad dentro de las sociedades europeas»
Al final de aquella sesión, el lord Frank Ashcroft Judd preguntó al interrogado si creía correctos los datos de la OCDE que señalan que la tasa de desempleo de los inmigrantes en Europa es menor que en Estados Unidos y Oceanía. A aquella cuestión, Sutherland apuntó que la mejor forma de fomentar la integración de los inmigrantes a lo largo y ancho de la Unión Europea es socavar la homogeneidad dentro de las sociedades europeas. Con esta medida proponía crear de forma artificial una sociedad de inmigrantes como la de los Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda, según apuntó.
La propuesta de Sutherland es especialmente llamativa cuando vemos sus efectos catorce años más tarde, en medio de una Europa cada vez más polarizada en torno a la cuestión migratoria. A través de los elementos anteriormente expuestos del discurso del político y empresario irlandés, queda evidenciado su interés, y el de las instituciones que representaba, en revitalizar artificialmente la economía de la Unión a través de la importación de mano de obra proveniente de países en desarrollo.
«Sutherland considera que el progreso de Europa no puede venir dado por el trabajo y empeño de los propios europeos»
Asimismo, la propuesta de romper la homogeneidad nacional en Europa coloca como víctimas tanto a los inmigrantes como a los propios europeos. Quizás con la cooperación adecuada los países en vías de desarrollo podrían crear unas condiciones de vida dignas para sus ciudadanos, y las personas no se verían obligadas a migrar para huir de situaciones extremas. Quizás la forma de abordar la inmigración no sea solo favoreciendo la integración de los inmigrantes en Europa, sino colaborando con los países del Sur global para favorecer su desarrollo y evitar que se desgarren sus sociedades.
Por otra parte, el enfoque de Sutherland considera que el progreso de Europa no puede venir dado por el trabajo y empeño de los propios europeos, sino que es necesaria la importación de cerebros extranjeros. Además, ese «rompimiento de la homogeneidad de las naciones» significa también el desgarro de la sociedad europea y crea, además, la paradoja del desarraigo de los europeos aun cuando se encuentran en su propia tierra.
«La propuesta es, entonces, la implantación de políticas que promuevan el desarrollo de una forma natural»
Estas líneas no deben ser interpretadas como un discurso contrario a la inmigración, sino como un llamamiento para adoptar una visión más humana de esta realidad. Ante situaciones críticas como una guerra o una dictadura, es deseable y razonable proveer un espacio a las víctimas y a los desplazados de un conflicto. No obstante, evitar colaborar con el Sur global para favorecer la inmigración de sus ciudadanos no es más que patear la escalera del desarrollo. Si fuéramos capaces de crear un progreso que realmente llegara a todos, estas personas no se verían abocadas a abandonar a sus familias y esperar que una Mutti los rescate con políticas asistencialistas.
La propuesta es, entonces, la implantación de políticas que promuevan el desarrollo de una forma natural: así, por una parte, los europeos tendrían la oportunidad de regular sus propias dinámicas demográficas, mientras que en el mundo en desarrollo podrían crearse condiciones favorables para el desarrollo humano. De esta manera, tanto la inmigración como la cooperación se darían de una forma que no introduciría fricciones entre las personas y los pueblos. Dejando el desarrollo en manos de la libre acción de las personas, se conseguirá que el progreso atienda a sus necesidades y no a las ideas sobre las que algún político pontifica desde algún despacho en Bruselas, Londres o Nueva York.