La traición de la democracia alemana

AFD

Las élites financieras, políticas y mediáticas alemanas quieren ilegalizar al segundo partido del país, AfD

Vivimos una era extraña en Occidente. Una época donde el lenguaje de la libertad convive con prácticas que erosionan sus propios fundamentos. Donde los gobiernos se presentan como garantes del pluralismo pero, a la vez, cancelan las voces que se desvían del relato dominante. Nos enfrentamos a una crisis no solo institucional, sino filosófica: ¿qué significa hoy ser libre? ¿Quién decide qué ideas merecen existir? 

«El pluralismo político se convierte en amenaza si el resultado no gusta a la élite mediática y política, como ha sucedido ya en Rumania, Hungría, Francia y España»

En nombre del progreso se persigue la discrepancia; en nombre de la democracia se cercenan los caminos hacia la alternancia. La paradoja es evidente: cuanto más se invoca la tolerancia, menos espacio queda para el verdadero disenso. 

Las democracias, supuestamente garantes de libertad, parecen entrar en pánico ante el voto libre. El pluralismo, columna vertebral del mundo liberal, se convierte en amenaza si el resultado no gusta a la élite mediática y política. Antes en Hungría, en Polonia, en la República Checa, en Rumania, pero también en Francia, en España o, ahora, en Alemania.

«Las élites financieras, políticas y mediáticas alemanas están tanteando la idea de ilegalizar AfD»

Y es que saltan las noticias según las cuales las élites financieras, políticas y mediáticas alemanas parecen tantear la idea de ilegalizar el segundo partido del país, Alternativa por Alemania, AfD, por sus siglas en alemán y han dado un primer paso calificándolo, a través del servicio secreto, como «ultraderecha». 

No estamos ante una medida administrativa ni ante un debate técnico. Estamos ante un paso hacia la cancelación de la disidencia política en Europa Occidental. Y es imperativo decirlo con claridad: esto no es compatible con la democracia. Y nos saldrá a todos los europeos muy caro.

«AfD ha propuesto ideas que disgustan a la élite globalista: una política migratoria ordenada, defender la soberanía nacional o rechazar el dogma climático»

AfD no ha matado a nadie. No es ETA ni Bildu. No ha instado a un golpe de Estado para cambiar las fronteras y convertir a compatriotas en extranjeros. No es Junts, ni ERC. No es un grupo armado ni un aparato de violencia. Es un partido legal, parlamentario, que representa a más de 10 millones de alemanes.  ¿Cuál es su crimen? Cuestionar la narrativa oficial. Proponer ideas que disgustan a la élite globalista. Llamar a una política migratoria ordenada. Defender la soberanía nacional. Rechazar el dogma climático. Proponer una soberanía energética. Y sobre todo cuestionar Europa. Cuestionar esta Europa de burócratas en Bruselas, de los vonderlayens que sin ser elegidos pueden regular a su antojo un continente. Por eso se le quiere proscribir.

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Figura 1: Evolución de voto de AfD en los últimos comicios electorales 

Friedrich Hayek nos enseñó que cuando el Estado cree saber lo que es bueno para todos, lo primero que se sacrifica es la libertad individual.

La tentación totalitaria de los nuevos demócratas

En las últimas décadas, las democracias liberales han sido infiltradas por una ortodoxia ideológica que pretende redefinir la libertad en función de su propia agenda. Bajo la apariencia de tolerancia y de buenismo, el progresismo cultural se presenta como una ideología fácilmente asumible, sin cortapisas. Todo es bueno porque todos somos buenos. Pero, en el fondo, este progresismo ejerce de censor de una inquisición política que, a modo de los autos de fe, somete al disidente a una invalidación moral. No lo hacen con el comunismo. No lo hacen con el terrorismo en general ni con determinados planteamientos religiosos y sociales ajenos a la tradición europea occidental. Sí que lo hacen con cualquiera que reclame un concepto nacional, de soberanía y, sobre todo, de libertad.

«En España, supuestas democracias han validado gobiernos que han impulsado una agenda ideológica, generando censura, represión ideológica y acoso a la disidencia»

Se suponía que se trataba de respeto, de inclusión, de derechos. Hoy sabemos que era solo la antesala de la represión. Empezando por el mundo anglosajón y siguiendo por otros países europeos, incluyendo nuestra España, supuestas democracias ejemplares han ido validando recientemente, por las urnas, gobiernos que, para impulsar una agenda ideológica, la blindan legalmente. El resultado: censura, represión ideológica, acoso a la disidencia, Ley de Memoria Histórica, Ley Trans…

La paradoja democrática es clara: con la excusa de defenderse de enemigos internos, una democracia puede autodestruirse. Alemania conoció ese proceso en los años 30. Lo que nadie pensaba es que repetiría el error… al revés. Si entonces la endeble y asediada democracia de Weimar se transformó en un sistema totalitario que sumió al mundo en un terror, es ahora una situación en donde paulatinamente, con la excusa de proteger la democracia, se cercena la libertad de millones de personas. 

«AfD es un partido político legal, votado por millones de alemanes. No es un movimiento clandestino ni una amenaza violenta»

Porque AfD, nos guste más o menos, no es un grupo paramilitar, no tiene kaleborrokas, ni disfrutan viendo cómo se pega a policías, como Pablo Iglesias; no es un movimiento clandestino, ni una amenaza violenta. Es un partido político legal, votado por millones. ¿Su crimen? No aceptar los dogmas de la nueva fe globalista y plantear un modelo alternativo.

AfD no es un atentado contra la democracia. Es, de hecho, la prueba de que existe aún democracia en Alemania. 

No hace falta comulgar con AfD, ni siquiera ser alemán para preocuparse. Europa se configuró como un espacio de libertad, de tolerancia y de derechos que amparaban unas libertades. Es en este entorno en donde nació el comercio, la libertad de movimientos, el euro. Estos conceptos no son ideológicamente neutrales, se originan en una concepción de la sociedad que parte de una libertad individual y que es opuesta, por ejemplo, al comunismo.

«No es moralmente aceptable que burócratas decidan qué opciones políticas son o no aceptables y cuales deben ser ilegalizadas en nombre de la democracia»

Limitar esta libertad o cercenar la capacidad de pensar y expresarse no es compatible con esa Europa ni con la democracia que merecemos. No es moralmente aceptable que burócratas decidan qué opciones políticas son o no son aceptables y que determinadas opiniones o ideas que puedan ser incomodas deban ser ilegalizadas bajo la excusa de proteger la democracia. 

Qué ironía. La democracia no puede consistir en que sólo existan los partidos con los que determinadas selectas clases políticas, empresariales y mediáticas se sienten cómodas. No puede ser que un periódico, se llame Sudeutsche Zeitung o El País, sea quien asigne los certificados de demócrata y el marchamo de moralidad. La democracia es mucho más y consiste, entre otras cosas, en tolerar incluso a los que disienten siempre que jueguen bajo las mismas reglas; es decir, ni maten ni den golpes de Estado, por ejemplo.

La cobardía de los supuestos herederos electorales como advertencia

Lo más grave no es solo la tentación de ilegalizar, sino la complicidad de quienes callan. Hay partidos que creen que heredarán los votos de AfD si esta es apartada por decreto. No entienden que con su silencio cómplice están firmando su propia sentencia. Lo que hoy se aplica a un adversario incómodo, mañana se usará contra ellos. La democracia no puede funcionar con partidos esperando en la cuneta a que la represión les haga sitio. Esa no es una alternativa. Es una traición al espíritu de la libertad. A su propia libertad. 

«Ilegalizar a la formación política de Alice Weidel, sólo porque incomoda a las clases dirigentes, es una traición a los principios de fundacionales de una Europa libre»

Ilegalizar a un partido como AfD, que representa a millones de ciudadanos, sin acusaciones concretas de violencia ni sedición, sólo porque incomoda a las clases dirigentes, no es un acto de prudencia democrática: es una traición a los principios sobre los que se fundó la Europa libre. 

Tanto las estructuras de poder, incluyendo a los potenciales herederos electorales, deberían preocuparse no de AfD sino de qué es lo que sustenta ese pensamiento. ¿Por qué AfD ha triunfado en un espectro social donde las tradicionales derechas e izquierda han fracasado? ¿Por qué, en el caso de Alemania, este fenómeno se concentra específicamente en la antigua República Democrática Alemana?

Figura 2: Mapa regional del voto a AfD. Fuente EOM

Conclusión: confiar en el pueblo o asumir que somos rebaño

Frente a esta deriva autoritaria disfrazada de moralidad, hay una elección esencial: o seguimos creyendo en la libertad política, en la responsabilidad cívica, en la competencia de ideas, o aceptamos vivir bajo un régimen tutelado por tecnócratas y comisarios de la virtud. Como enunció Hayek, cuando el poder central asume que sabe lo que es bueno para todos, la libertad individual queda en suspenso.

La democracia en Occidente no nació para ser cómoda sino para equilibrar al poder y proteger al individuo frente al dogma, al partido único, al pensamiento obligatorio. No se trata por tanto de defender a AfD, sino el derecho de millones a votar a quien quieran. El problema no es AfD, el problema es una Europa que ha olvidado su esencia. Que se dice democrática mientras reprime a quienes piensan distinto, ya sea a Orbán en Hungría, a la Fundación Nacional Francisco Franco en España o a AfD en Alemania.

«Cuando se plantea la ilegalización de un partido votado por más de 10 millones de personas, lo que está en juego es la democracia»

Lo que está en juego no es AfD. Lo que está en juego es si aceptamos o no vivir en una democracia auténtica. Porque cuando se plantea la ilegalización de un partido que cuenta con más de 10 millones de votantes, lo que se cuestiona no es su programa político, sino el derecho de millones de ciudadanos a pensar distintamente a lo que se considera oficial. Y eso, se mire como se mire, no es un síntoma de salud democrática, sino una confesión de miedo y decadencia del sistema.

No podemos ser equidistantes. Debemos estar orgullosos de la tradición occidental en el mejor de sus sentidos: político, filosófico, religioso. Una herencia que defiende la razón, el individuo y el derecho a disentir; que no es por cierto con el comunismo ni con ningún régimen totalitario. Y por eso, debemos preocuparnos pues cualquier intento de ilegalizar a AfD es una traición al alma misma de Europa.

«Cualquier intento de ilegalizar a AfD es una traición al alma misma de Europa»

Alemania, como Estado y como nación, tiene en sus manos una decisión histórica. No es sobre AfD. Es sobre sí misma. Y también sobre nosotros y, quizás, también, sobre el futuro del mundo libre.

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