Un tiempo nuevo: la política del sentido común

Ayer se presentó en CEU CEFAS el nuevo libro de Kevin Roberts, presidente de Heritage, con Santiago Abascal, donde llama a recuperar la política del sentido común.
sentido común

«Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo». Quizás ha llegado precisamente el tiempo, es ya el momento, de recuperar en la política el simple sentido común, así podría resumirse el libro de Kevin Roberts, director de la Fundación Heritage. 

Titulado originalmente Dawn´s Early Light, una referencia al himno estadounidense, el texto ha sido traducido y adaptado al español por CEU Ediciones. Su contenido, si bien centrado en el «caso» estadounidense, es aplicable en gran medida a España y otros países, tanto en el diagnóstico que realiza –−cómo es que «tenemos lo que tenemos» en política, pero también en empresas, universidades y un largo etcétera− como hacia dónde y cómo deberíamos movernos −qué política, políticos y ciudadanos necesitamos, qué empresas, qué directivos, etc.−.

El libro de Roberts no es, para empezar, complaciente ni nostálgico: intenta mostrar las causas reales de la situación, las que se encuentran en la cultura que niega lo que somos, no en vano el primer capítulo se titula La conspiración contra la naturaleza. Y puede hasta parecer extremo cuando propone una quema controlada que, como ocurre en la naturaleza, sirva para una regeneración real, no para poner parches o apuntalar lo que ya se ha demostrado muerto. 

Habla del Unipartido como esa gran coalición (en la práctica) donde unos por convicción, otros por pereza, comodidad, falta de visión o, también, incapacidad intelectual… convergen, acabando a veces en un «que todo cambie para que todo siga igual» parafraseando la frase del Gatopardo.

Roberts se sirve de su propia historia familiar, conmovedora y dura, hijo de esa generación del yo de los setenta, también de la devastación de la deslocalización que ha dejado a ciudades enteras arrasadas, a familias sin trabajo, etc. Escribe con una claridad muy de agradecer sobre esa clase empresarial producto de la revolución gerencial a la que le da igual su país porque se debe fundamentalmente al dinero. Explica cómo el corporativismo globalista y el socialismo son funcionalmente lo mismo.  Cuenta también cómo universidades y, además, las escuelas de negocios han contribuido a todo esto. Y también describe la ceguera de los que él llama «conservadores de museo de cera» y la indefensión aprendida que se vive intelectual y socialmente. 

Frente a todo ello propone volver a la realidad, empezando por la familia como prioridad y por recuperar una economía al servicio de esas familias a través una agenda de prosperidad, esto es, de generar riqueza (frente a toda esa retahíla de pamemas y cháchara de ODS, DEI, etc.). Pone ejemplos clarísimos de la situación desesperada en la que se encuentran las nuevas generaciones con lo que es simplemente vital, una casa, en relación a lo que se ganaba y los precios de la vivienda en los 90 y hoy.

En todo el diagnóstico −mucho más complejo que lo que aquí he resumido− y en el plan de acción −más amplio también que lo que aquí menciono− trazado por Roberts se apela a la esperanza y a la unión, también a la magnanimidad: en esta nueva política del sentido común los aliados pueden provenir de donde menos se les espera, no necesitamos ni agoreros ni cobardes. 

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