Veinticinco años sin Guillermo Cabrera Infante

Veinticinco años han transcurrido desde que Guillermo Cabrera Infante partió para siempre hacia la eternidad desde su exilio londinense, lejos de La Habana que supo transformar en un universo literario propio.

Veinticinco años han transcurrido desde que Guillermo Cabrera Infante partió para siempre hacia la eternidad desde su exilio londinense, lejos de La Habana que supo transformar en un universo literario propio. Londres, con su niebla y sus calles infinitas, fue el telón de fondo donde el escritor cubano tejió nuevas nostalgias y reinventó, a golpe de memoria y humor, la ciudad insular que habitaba sus sueños y sus libros.

Cabrera Infante, Premio Cervantes y artífice del inigualable «hablanero», dialogaba con la tradición y la modernidad a través de encuentros imaginarios entre José Martí y William Shakespeare, entre Miguel de Cervantes y la isla perpetua. Su narrativa noctámbula, marcada por el ingenio y la ironía, erigió puentes entre culturas y lenguas, logrando que su obra resonara más allá de las fronteras insulares.

Considerado por muchos y por él mismo, en broma, el más inglés de los escritores cubanos, Cabrera Infante desafió las fronteras idiomáticas con Puro Humo, obra escrita en inglés donde trasladó su inconfundible juego de palabras a un nuevo territorio lingüístico, demostrando que el humor y la brillantez no conocen de lenguas ni de geografías.

Gracias al empeño y la devoción de Miriam Gómez, su compañera y custodio perenne de su legado, parte de la obra póstuma y varias piezas fundamentales han visto la luz en Galaxia Gutenberg, permitiendo que nuevas generaciones descubran la voz insumisa, lúdica e inmortal de aquel Infante maldito que sigue habitando las alturas y los rincones de la literatura cubana e hispanoamericana. Ubícuo y perpetuo.

Recuerdo que aquel día escribí con mi mente: «Hace hoy por fin una de las primeras mañanas de espléndido sol en París, aunque con frío, es una primavera todavía gélida…».

Camino de la Oficina de Correos voy pensando en una estupidez, otra más, que vi ayer en internet: alguien comentaba en un video que Guillermo Cabrera Infante hacía reír al lector cuando escribía, pero que sin embargo jamás se había retratado riéndose. Lo primero es una verdad como un templo, lo segundo es otra falsedad, o una inexactitud de esa persona que pretende conocer a GCI y ni siquiera conoce bien su obra.

Bergsoniana como soy, sé, después de haber escrito tanto sobre la risa -tanto que casi puedo publicar un tratado-, que la risa, la broma, los juegos de palabras de Guillermo Cabrera Infante utilizadas como soluciones líricas y literarias aparecen en su obra con la intención, no de aligerar su contenido, sino más bien de preparar al lector para una reflexión más profunda.

Cuando Guillermo se enseriaba para las fotos, lo hacía probablemente recordando a José Martí, quien, eso sí, jamás se retrató riéndose, la única vez que lo hizo fue con su hijo en brazos.

Yo que conocí bien al autor de Tres Tristes Tigres, de La Habana para un Infante Difunto, de Cuerpos Divinos, por citar solamente tres de sus obras, puedo afirmar que Guillermo se reía siempre, incluso cuando estaba serio, porque se reía por dentro, interiormente, que es como mejor se ríe uno. El que solo se ríe de sus maldades se acuerda, afirma el viejo refrán. Y Guillermo era un refranero de altura y de alcurnia literaria, con esa pátina de alcurnia con la que la calle pule al escritor.

Estuve algunas tardes, lo mismo en Londres, que en París, o en España, con Guillermo Cabrera Infante y con Miriam Gómez, su esposa, y jamás olvidaré esas carcajadas que Miriam le sacaba a Guillermo, y Guillermo a todos nosotros, a mi hija y a mí. Lo siguió haciendo durante mucho tiempo, hasta el final.

Guillermo Cabrera Infante ha sido uno de los escritores cubanos con mayor sentido del humor. Casi siempre, justo en el día de su nacimiento, oigo su carcajada fenomenal, frente a tanta gente que en la actualidad pretende conocerlo, cuando en otros tiempos le huían y lo denigraban a sus espaldas.

¡Qué risa y qué carcajada! ¡La de un escritor!

Veinticinco años sin él, pero acompañada de su obra, que me inspira, enseña y engrandece.

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